Al museo de los anillos

No todo aquí en Ginebra va a ser esperar lo que diariamente dice la OMS sobre el coronavirus (al que mal rayo le parta), así que hace unos días fui a Lausana para ir a un lugar que tenía muchas ganas de conocer, pero que en mis frecuentes viajes de trabajo a esa ciudad vecina aún no había podido conocer hasta ahora: el Museo Olímpico.

Situado junto al Lago Lemán, y en la misma ciudad donde se encuentra el Comité Olímpico Internacional (COI), el museo, pequeño pero lleno de información, repasa la historia de los Juegos Olímpicos antiguos y modernos (sobre todo estos últimos) pero además muestra lo imbricados que están en la historia contemporánea mundial.

Afectados por las guerras mundiales, los boicots políticos de la Guerra Fría, el terrorismo o los movimientos políticos y sociales (desde el nazismo en Berlín 1936 al black power en México 1968 o el comunismo en Moscú 1980 o Pekín 2008), recordar los Juegos es rememorar la historia reciente de la humanidad. Disfruté mucho, por ello, de los pequeños vídeos que se muestran de cada cita olímpica estival e invernal: combinan hazañas deportivas con el contexto histórico de cada año, y al verlos todos, aprendes más historia que con un manual universitario.

El museo presta atención a todos los Juegos Olímpicos de los siglos XIX, XX y XXI, aunque me pareció que los de Pekín 2008 (quizá por ser los que viví con mayor intensidad) eran recordados con especial nostalgia. En el museo hay por ejemplo una preciosa maqueta del Estadio del Nido que casi vi nacer, una de las pocas que hay de estadios olímpicos (yo creo que deberían estar todos, así como se guardan todas las antorchas y medallas de cada Juego Olímpico).

También se muestra, en la zona dedicada a las ceremonias inaugurales, uno de los míticos tambores con los que empezó el espectáculo de Zhang Yimou para abrir Pekín 2008.

Si no recordáis aquel espectacular momento, porque -glubs- ya han pasado casi 12 años desde entonces, os lo recuerdo con este vídeo:

Una de las salas más populares del museo es aquella en la que se guardan cual reliquias objetos de célebres atletas, desde las zapatillas de Jesse Owens a la camiseta con la que Usain Bolt voló en el Estadio del Nido en 2008.

Para los visitantes chinos, quizá lo más preciado es el bañador de la mítica y bella saltadora de trampolín Guo Jingjing, uno de los atletas chinos con más medallas olímpicas (cuatro de oro y dos de plata, aunque su compañera Wu Minxia le gana por poco).

Vecinos de China, los coreanos que vayan a Lausana pueden admirar la camiseta del equipo unificado de surcoreanos y norcoreanos que compitió en la disciplina de hockey sobre hielo en los pasados Juegos Olímpicos de invierno, los de Pyeongchang 2018 (os recuerdo que los siguientes son en Pekín, con suerte para entonces se habrá pasado ya la mierda del coronavirus y se podrán celebrar en paz).

Para los amantes de lo insólito, quizá lo más chulo sea ver la flecha con la que Antonio Rebollo encendió el pebetero de los Juegos de Barcelona 92… (en realidad fue un truco, la flecha no aterrizó en el pebetero, pero todos nos lo creímos).

O el bañador con el que Eric «la anguila» Moussambani, el legendario nadador que compitió para Guinea Ecuatorial en Sidney 2000 sin haber estado jamás en una piscina olímpica. Recordemos que pese a ello finalizó la prueba entre aplausos, y nadó los 100 metros en 1:52, casi el doble de tiempo que el penúltimo peor de aquellas Olimpiadas y consiguiendo la peor marca en esa disciplina en toda la historia de los Juegos.

Segundo bañador expuesto que muestro en cosa de una semana (el anterior pertenecía a Mao). Debe ser que tengo ganas de que llegue el verano con su playita, sus helados, y sus virus extirpados de la faz de la Tierra porque ya hace demasiado calor para que vivan.

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