Allí abajo

Hace unos días que regresé de Australia, un país al que nunca pensé que viajaría (me parecía ir demasiado lejos geográficamente para encontrarme otro lugar occidental como el del que provengo). Sin embargo, una vez visitado, me ha dejado muy buen sabor de boca, ganas de volver e incluso de vivir allí si algún día inventan el hiperloop y se puede viajar de él a España o a China en cuestión de minutos.

Me saltaré un capítulo más el tema chino, central de esta web, para hablar un poco de las impresiones generales que saqué del Land Down Under. Primero sobre el país en general, y luego de cada uno de los sitios que visité.

De Australia en su conjunto, lo que más me impactó fueron las grandes distancias que hay entre uno y otro lugar. Casi todos los sitios que visité estaban distanciados entre sí cerca de mil kilómetros, que los australianos imagino que sortearán normalmente en avión, pero yo, poco amante del aire y más del suelo, recorrí en autobuses Firefly y Greyhound, la mayor parte de las veces haciendo trayectos de toda una noche, llevado por conductores siempre amabilísimos y que compaginaban su trabajo al volante con el de guía turístico, contando cosas de los sitios que recorríamos. Hice kilómetros y kilómetros de carreteras, y eso que sólo visité lo que sería el cuadrante suroriental del país… un país que nunca caí en que fuera tan similar en tamaño a la no menos gigantesca China (7 millones de kilómetros cuadrados tiene Australia, por 9 de la nación china).

También me impactó, aunque no fuera del todo inesperado, el gran contraste de la Australia costera, la de las grandes ciudades, con verdes parques, un clima agradabilísimo y un nivel de vida que quizá es el mejor que he visto jamás, con la dureza del centro del país, prácticamente deshabitado, infestado de moscas, con un sol de justicia que casi me mata de deshidratación y unos paisajes de tierra roja que, sin haber estado en África, me parecieron lo más similar que puede haber a la sabana. El Outback, que es como los australianos suelen llamar al interior de su nación, es un lugar inhóspito, donde si se te estropea el coche en mitad de una de esas carreteras de rectas interminables puedes estar condenado (no hay cobertura en el móvil para que puedas pedir ayuda, y la próxima gasolinera puede estar a 300 kilómetros) y donde apenas hay nada fabricado por la mano del hombre que no sea la carretera, sus señales y algún que otro bar de carretera perdido. Conviene recordar que la principal ciudad del Outback, Alice Springs, tiene 25.000 habitantes, la mitad que los de mi ya de por sí minúscula ciudad natal de Huesca.

Australia es un país-reserva natural para ver multitud de animalitos (me encontré en libertad o semilibertad canguros, emus, koalas, equidnas, leones marinos, pingüinos, focas…), para sentirte pequeño ante sus grandes y planas extensiones (con lo grande que es Australia, y su montaña más alta apenas mide 2.200 metros de altura) y para aprender a ahorrar, porque es de los sitios más caros que he conocido. Teniendo que renunciar a los hoteles (dormí casi siempre en hostales de habitación compartida e incluso tuve que acampar, algo que nunca había hecho) y reduciendo mis comidas diarias a prácticamente dos, el viaje a Australia ha sido con diferencia el que más me ha costado de todos los que he hecho en mi vida, pero bueno, al que se anime a ir le digo que en casi todos los hostales se pueden encontrar ofertas de trabajo para ganarse unos dólares australianos con los que paliar los muchos gastos (vendimiando, por ejemplo). Comer no es caro, ni tampoco lo es en demasía el transporte, pero el coste de los tours que se organizan a sitios que no puedes visitar fácilmente solo, como parques nacionales, es ridículamente caro.

Dicho esto en general, pasaré a escribir unas líneas de los lugares que visité:


SYDNEY

Mi primera escala en Australia resultó ser una ciudad mucho más monumental de lo que creía, con espectaculares edificios victorianos construidos en el siglo XIX por los británicos. El puerto, donde están los grandes iconos de la ciudad (el Harbour Bridge y la Ópera) se lleva la fama, y con sus magníficas vistas y sus terracitas está justificado, pero también me gustó mucho el Luna Park (un parque de atracciones vintage que imita los que ya prácticamente no existen en la neoyorquina Coney Island), el rápido acceso desde la ciudad a muchas lindísimas playas, o las casas de la clase media, con sus balcones de hierro bellamente forjado. En Sydney, por lo menos ahora que están en verano, todos los jóvenes y jóvenas están morenos, tienen un cuerpo de atleta, modelo o culturista, y podrían protagonizar un anuncio paradisíaco de cerveza. Fue en Sydney donde comencé a aprender la peculiar forma de ser atendido en los restaurantes  (se pide y paga en caja, pero allí te dan un cartel con un numerito para que el camarero te lleve la comida a la mesa) y empecé a entender que lo mejor de la comida australiana son sus desayunos, con un café inmejorable y unos buenos huevos Benedict. En Sydney hay bastantes lugares que recuerdan los inicios de Australia como colonia penitenciaria del Reino Unido, algo que a los australianos durante un tiempo les causaba algo de reparo contar pero que ahora llevan hasta con cierto orgullo.

BLUE MOUNTAINS

En las Montañas Azules, supuestamente cercanas a Sydney, comencé a aprender que las “escapaditas” a sitios naturales en las afueras de las grandes ciudades australianas suponen recorrer como mínimo 100 kilómetros, otra señal de las grandes distancias del país. En las Blue Mountains fue también donde primero comprobé que en el campo australiano hay muchas, muchísimas moscas, y son inasequibles al desaliento: en mi caso, estaban empeñadas en posarse en los cristales de mis gafas y pasear por ellos constantemente. Las Blue Mountains, por lo demás, son un parque natural, considerado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, en el que se aprecia la gran belleza de los bosques de eucaliptos, aunque en España sea un árbol al que le tengamos algo de manía por su abusivo uso en la repoblación de los montes del norte de nuestro país.

MELBOURNE

Una ciudad que pensé que tendría menos Historia que Sydney (que fue la primera fundada por los británicos) pero que al final resultó tener también un enorme patrimonio victoriano, en su caso gracias a que vivió en el siglo XIX una fiebre del oro con la que la ciudad se enriqueció. Con más rascacielos que Sydney, dicen además que es la ciudad con mejor calidad de vida del mundo, aunque yo me quedo con la urbe sidneyesa, que tiene más playas y no me causa alergias (tuve un brote alérgico rarísimo en Melbourne, algo que no me había pasado nunca). En Melbourne estuve demasiado pronto, pocos días antes de que empezara el Abierto de Australia, pero ya advertí que es un sitio donde el deporte ocupa un lugar privilegiado, no en vano su zona de estadios de tenis, criquet, rugby y otros deportes es casi casi el centro neurálgico de la ciudad. Me gustaron algunas fricadas del lugar, como la veneración que tienen a un bandolero de la época de la fiebre del oro llamado Ned Kelly, que vestía una armadura de acero durante sus correrías (armadura que se expone en la biblioteca local). O el hecho de que en uno de sus parques tengan una supuesta casa del Capitán Cook, el mítico navegante que inició la colonización británica de Oceanía, y que fue trasladada piedra a piedra desde Reino Unido hasta allí, una ciudad que Cook jamás visitó porque ni siquiera existía en vida del marino. La supuesta casa de Cook es un poco timo, porque en realidad era de sus padres y el famoso capitán sólo la usó cuando visitaba a sus progenitores, pero allí la tienen en Melbourne, muy orgullosos.

PHILIP ISLAND

Si en Sydney mi excursión a las afueras fueron las Blue Mountains, en Melbourne escogí Philip Island, el lugar más al sur del planeta en el que he estado, ya cerca de Tasmania. Allí vi la casi obligada procesión de los pingüinos, ya que cada noche miles de estos pájaros patosos desembarcan en la playa de la isla y se meten tierra adentro para reunirse con sus crías. Allí vi los primeros canguros y koalas del viaje, aunque en un mini-zoo para niños, un entorno bastante controlado donde hasta tenían un demonio de Tasmania.

ADELAIDA

No entraba en mis planes iniciales de viaje, pero descubrí que era la ciudad de donde salen los autobuses haca el interior del país, el “Centro Rojo”, así que allí pasé unos días. Es una ciudad de aspecto mucho más modesto que Sydney o Melbourne, sin rascacielos y con poca gente hasta en su centro, pero también tiene su encanto. Por ejemplo, en sus grafitis, como se ve en la foto, aunque en general el arte urbano es fantástico en todas las ciudades y pueblos de Australia, cuidadísimo. En Glenelg, la playa local, me apunté a un tour para nadar con delfines que resultó ser una actividad más peligrosa de lo que aparenta: yendo a remolque de barco de los que organizaban el tour tragué mucha agua, una chica tuvo un ataque de pánico y por poco se ahoga, y los delfines debieron oler nuestro miedo porque muy pocos se acercaron a nuestro buque.

KANGAROO ISLAND

La excursión a las afueras de Adelaida fue a una bonita isla con leones marinos y focas que está a “poco más” de 180 kilómetros de la ciudad. También es típico en Adelaida ir a ver viñedos y bodegas, pero pensé que a alguien de una vieja tierra del vino como es España no se le ha perdido nada en el nuevo mundo vinícola australiano. En Kangaroo Island, irónicamente, no vi a ningún canguro, pero sí alguno que otro en la costa que hay frente a esa isla. Aunque Australia está repleta de estos marsupiales por todas partes, no son tan fáciles de ver, por lo menos ahora en pleno verano austral, porque con el calor se pasan el día escondidos y sólo suelen salir a campo abierto al anochecer. El tour a Kangaroo Island lo tuve que hacer “disfrazado” de turista chino, porque todos los tours en inglés estaban completos ese día y les dije que no me importaba hacerlo en mandarín, que lo chapurreaba un poco.

COOBER PEDY

De Adelaida al centro del país, donde están Alice Springs y Uluru, hay 1.500 kilómetros, demasiado lejos para hacerlo en un solo trayecto de autobús, así que hice parada en este famoso pero diminuto pueblo minero, donde gente de todo el mundo se asentó a lo largo del siglo XX en busca de ópalos, la piedra preciosa australiana por antonomasia (vendida en todos los sitios turísticos del país, junto a las botas Ugg). Coober Pedy es un sitio realmente peculiar: perdido en el medio del desierto, hace tanto calor que la gente vive bajo tierra, en el único sitio donde se está fresquito, así que sus hoteles, sus casas-museo, sus iglesias, casi todo está a uno o dos metros en el subsuelo, usando galerías que excavaron los propios mineros. El lugar me trajo memorias de uno de los pocos tebeos de Spirou y Fantasio que he leído, “Aventura en Australia”, que gira precisamente en torno al mundo de los mineros de ópalos. Y por supuesto me recordó al ambiente apocalíptico de Mad Max en la Cúpula del Trueno, una de las pelis australianas más famosas, que se rodó allí. Ya quedan pocos buscadores de piedras preciosas de la zona, pero muchas de las minas y las casas donde vivieron se han reconvertido en pequeños museíllos muy divertidos. Mención honorífica para el dueño del hostal donde me alojé, un tipo muy cascarrabias pero muy gracioso que se parecía a Mike, el mafioso vejete de Breaking Bad y Better Call Saul.

ALICE SPRINGS

Alice Springs, en el centro casi matemático geométricamente hablando de Australia, es como dije al principio una ciudad más pequeña que Huesca, pero turística por ser la base de exploración del Outback. En sus afueras tiene, como se ve en la foto, dos montañas enfrentadas que los locales llaman el desfiladero de Heavitree, y que me recordaron, no sé por qué, al Salto del Roldán que tenemos en las afueras de Huesca. En Alice Springs fue donde vi a los aborígenes australianos más en su salsa, normalmente en grupos, sentados en la acera o en los parques, inmunes al calorazo, a veces pintando cuadros con esos puntitos y espirales característicos de su arte, para vendérselos a los turistas. La relación de Australia con los aborígenes es complicada: sufrieron mucha discriminación y violencia en los inicios de la colonización que los australianos blancos intentan ahora paliar contando en museos y otros lugares públicos las matanzas o injusticias que a veces se cometieron. Lo hacen a través de películas y documentales en los que tienen que advertir a los propios aborígenes que en ellos sale gente fallecida, porque parece ser que para los originales pobladores australianos la muerte es un tabú bastante gordo y les disgusta mucho ver fotos o vídeos de gente que ya no está con nosotros, o siquiera oír sus nombres.

De Alice Springs no guardo demasiado buen recuerdo, porque en el único día completo que pasé allí intenté darme un paseo en bici por sus desérticas afueras, no me avituallé lo suficientemente bien, y acabé en un inhóspito paraje donde, sin agua, por poco desfallezco de deshidratación (acabe teniendo que beber dos o tres litros de agua de una charca). Cuando más desesperado estaba, vi que algo se movía entre los matorrales y pensé que era un dingo que iba a acabar conmigo, pero tuve suerte y acabó siendo un canguro que se me cruzó a un par de metros de donde yo estaba, en una especie de premio de consolación a mis desdichas.

ULURU

Mi destino final fue el más famoso lugar de Australia, todo un topicazo, pero por algo es tan conocido y visitado: siendo en realidad poco más que una gigantesca roca roja, tiene un duende especial, puedes sentir que es un sitio mágico. No es de extrañar que para los Arrernte, los aborígenes locales, sea un lugar sagrado, tanto que te prohíben fotografiar muchos de sus rincones, o mantienen en secreto algunas de las leyendas que para ellos hay escritas en sus cuevas o en sus paredes. El lugar es único en muchos aspectos: el celo de los aborígenes porque apenas se construya nada en sus cercanías hace que los pocos hoteles y hostales que hay en la zona estén prácticamente camuflados entre los matorrales, así que te sientes solo en la naturaleza e invadido por ella. Me ayudó a ello el hecho de que tuviera que comprarme una tienda de campaña en Alice Springs y plantarla en el camping de Uluru, porque al haber poquísimo alojamiento no me quedó más remedio que iniciarme en el hasta entonces para mí desconocido mundo de la acampada. Fue un buen sitio para comenzar: un camping invadido por los conejos en la noche, y con un cielo estrellado casi cegador, en el que vi, como no, la Cruz del Sur, símbolo de la bandera australiana y otras muchas del hemisferio sur.


Y esto fue lo que me dio tiempo a ver de Australia. Me hubiera gustado llegar hasta la costa norte, y así completar el gran eje vertical del país que los primeros pioneros del Outback cruzaron en camello (Adelaida-Darwin), pero tres semanas no dieron para tanto. También me faltó Queensland, en el noreste, donde por lo visto están las mejores playas del país, las selvas tropicales más exhuberantes y la Gran Barrera de Coral, pero no soy el típico turista alemán que tiene seis meses de tiempo y dinero para ir a Australia, así que tendré que dejarlo para la próxima ocasión, si se presenta. O irme para allá como estudiante de inglés, como vi que hacen muchos sudamericanos.

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