Antes de que Donald hiciera lo que hizo, escribí esto:

El próximo viernes asume la presidencia de Estados Unidos el ínclito Donald Trump. Creo que ni con la investidura del icónico Obama en 2009 había habido tanta expectación, y no es para menos: las salidas de pata de banco del político neoyorquino tanto en su campaña como tras su victoria hacen prever que su presidencia sea movidita, algunos incluso dicen que catastrófica. Y estando en sus manos el país más poderoso del mundo, eso nos puede salpicar a todos.

En China, cómo no, estamos muy pero que muy expectantes, y preocupados, claro. Trump ha dedicado a China muchísimas de sus declaraciones más polémicas: ha dicho que China le ha estado robando trabajos y dinero a los estadounidenses durante años, que podría usar Taiwán como arma de negociación comercial, que los chinos no han hecho nada por apaciguar a Corea del Norte, que China va a pagar caro, que va a aprender a respetar a esa America que Donald va a hacer great again… En fin, que China, como Meryl Streep, no está en su lista de cosas favoritas.

Pero de momento, seamos realistas, a China la irrupción de Trump en la Historia le ha servido al menos para una cosa positiva: este país ya no es el malo malísimo de las noticias. Se le sigue criticando por las muchas cosas malas que hace su Gobierno, sí, pero ahora la gente anda más preocupada por Trump y por los Estados Unidos, y China casi que ha recibido una ración gratuita e inesperada de «soft power». A mí esto, en el fondo, me gusta: siempre me ha parecido que en Occidente se ven grandes peligros en países como China, Irán o Corea del Norte cuando a veces el verdadero problema para todos, el caldo de cultivo para grandes calamidades está en Estados Unidos, que con su intervencionismo en Oriente Medio alimentó el yihadismo o con sus políticas neoliberales nos sumió en una crisis de una década. Por fin la gente vuelve a recordar qué es EEUU y cuál es nuestra principal preocupación: me da pena que sólo lo tengamos en cuenta cuando hay presidentes republicanos, pero en fin, algo es algo.

Pues lo dicho, que China ha bajado en el ránking de malosos. No hay más que ver el papel que hoy mismo ha tenido el presidente chino en el Foro de Davos: presentado como la estrella de las conferencias (las ha inaugurado él), ha tranquilizando a muchos inversores internacionales defendiendo que hay que luchar contra el proteccionismo que parece anticipar Trump. Todo ha sido un poco teatrero, porque cuando quiere, China es también soberanamente proteccionista, pero en este mundo a veces cuenta más la puesta en escena que la realidad.

En los últimos días, en fin, las tensiones por la pronta llegada de Trump al poder están creciendo. Los periódicos chinos han publicado artículos de opinión bastante alarmantes, hablando de que si Trump y sus amigos -como Rex Tillerson, el nuevo secretario de Estado- ponen en práctica las bravatas que han lanzado hacia China, los dos países se encaminan hacia la guerra. Global Times hasta se puso a teorizar si chinos y estadounidenses usarían armas nucleares. Pero no nos alarmemos demasiado: todo eran frases condicionales, hipotéticas, y esos diarios no son exactamente el Gobierno chino.

Creo que merece la pena esperar un poco antes de entrar en pánico o montarse en un cohete rumbo a la Estación Espacial Internacional para huir de este presunto caos que nos llega. Es verdad que si Trump pone en práctica lo que ha dicho, vamos hacia el desastre. A guerras, si no militares, comerciales. Pero recordemos que los políticos casi nunca cumplen sus programas, lo cual normalmente es para mal, pero en este caso podría ser para bien. Obama no fue tan bueno como muchos pensaban, y seguramente Trump no será tan malo, porque la realidad le impondrá ciertos límites. El Congreso, el Senado, la prensa, la comunidad internacional, las empresas, los países que tienen deuda americana (como China)… Hay muchos contrapesos posibles, Trump es sólo un presidente.

Otro punto que permite aunque sea un jirón de optimismo es su origen empresarial. Trump es un magnate, hace política como hace negocios -de ahí su estilo impetuoso, es el de un hombre de empresa con un fajo de billetes en la mano y sin ganas de perder el tiempo con diplomacias- y es posible que China, a priori una de sus principales «víctimas», se sienta cómoda haciendo negocios con él, porque si algo le gusta a los chinos es negociar, regatear. Quizá China podría encontrar en Trump un socio más sencillo de entender que Obama: menos interesado en derechos humanos y en política a lo grande, sólo en hacer dinero sin mirar nada más. En el fondo Trump y los chinos podrían llevarse bien, aunque al principio estén saltando chispas. El hecho de que una de las primeras personalidades mundiales que se ha reunido con Trump sea el millonario chino Jack Ma, el dueño de Alibaba, da pistas sobre el rumbo que podría tener la «diplomacia» chino-estadounidense en los próximos años. Ofrece dinero y puestos de trabajo a Trump, como Jack Ma ha hecho, y te podría dejar tranquilo.

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