Cero COVID cueste lo que cueste

Desde hace semanas, todo lo que leo en Twitter y veo en los medios sobre Shanghai es dantesco: niños separados de sus padres por sospechas de casos de COVID en sus familias, gatos en sacos a punto de ser sacrificados porque ha habido coronavirus entre sus dueños, gente rogando de rodillas y con lágrimas que no le lleven a un centro de cuarentena, intentos de suicidio en esos centros… No sé cuántas de estas imágenes serán «falsa propaganda antichina», pero con que sólo la mitad sea cierto, basta para decir que las autoridades chinas han perdido totalmente el juicio con esto de llevar a rajatabla su famosa política de «cero COVID» en un momento en el que la variante dominante en el planeta es la ómicron, notablemente más leve que las anteriores y que prácticamente ha gripalizado la pandemia (aunque continúe el riesgo de que el virus mute a variantes más peligrosas).

Cuesta entender que China siga sometiendo a un confinamiento total (es decir, no puedes salir ni siquiera para hacer ejercicio, pasear al perro o ir de compras) a ciudades enteras a estas alturas, cuando en muchos países ya ni siquiera la mascarilla es obligatoria. Los que defienden estas draconianas medidas sostienen que China ha conseguido así unas cifras de casos mucho menores que las de Occidente, pero las vacunas precisamente se desarrollaron y se inocularon para evitar que vivamos encerrados durante años… ¿Cuánto tiempo más quiere China vivir en 2020?

El confinamiento de Shanghai es quizá el más llamativo por tratarse de la mayor ciudad del país y la más rica, aunque antes hubo otros: Wuhan y muchas otras ciudades de la provincia de Hubei en enero de 2020 (cuando pocos sabíamos que esa experiencia la íbamos a sufrir casi todos en el planeta pocos meses después), Urumqi en julio de ese año, Xian en 2021, Shenzhen el pasado marzo… El de Shanghai lo estamos conociendo en todo su dramatismo, en parte, por lo que nos cuentan los muchos extranjeros que hay en esa ciudad. Entre ellos mi colega Víctor Escribano, corresponsal de Efe en la ciudad, quien lleva dos años sin poder ir a España y ha vivido los confinamientos chinos de principios de 2020, el español de la primavera de ese año, y el actual de Shanghái: lo que ha tenido que aguantar el pobre. Su Twitter estos días es imprescindible para conocer lo mucho que pasa por la cabeza de un confinado en las actuales circunstancias.

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