China aleja del volante

A mis casi 45 años, me estoy estrenando en el mundo del automóvil: tengo carnet de conducir desde hace dos décadas, pero justo después de sacármelo me fui a trabajar a China, un lugar donde muy pocos extranjeros conducen. De vuelta por Europa, vivo en un país como Francia, bastante apegado a los coches (vida más suburbana que en España, mucho centro comercial en las afueras, etc) así que me ha tocado finalmente comprar un auto, dar clases de repaso de conducir, y ya estoy motorizado.

China me alejó de los coches durante 20 años, hasta el punto de que llegué a pensar que jamás manejaría uno fuera de la autoescuela. Diversos factores contribuyeron a que en Pekín no tocara ningún volante: para empezar, la amplitud de sus carriles bici, que convierte esa ciudad en una de las más aptas para ir en ese vehículo o en moto eléctrica, tanto para ir al trabajo y de compras como para hacerse excursiones por toda la capital. Con los años, además, Pekín hizo más y más esfuerzos para que la gente dejará los coches, cuando empezaba a tener unos atascos ciclópeos: desarrolló rápidamente su metro hasta convertirlo en el más largo del mundo (y eso que cuando llegué allí en 2001 era una birria), abarató su precio, etc. El precio igualmente barato de los taxis chinos y la aparición en los últimos años de servicios de alquiler de bicicletas y de alternativas locales a Uber hizo aún más impensable que algún día tuviera coche.

Pese a ello, en la mitad de mi estancia en Pekín me llegué a plantear la posibilidad de conducir allí, entre otras cosas porque salí brevemente con chicas que sí tenían coche y me gustaban las excursiones que hacíamos con ellos, aparte de que hasta llegué a ser copropietario sui generis de un auto chino que ni siquiera sabía manejar, por circunstancias que no vienen al caso.

Sin embargo, en China el carnet de conducir español, y creo que cualquiera procedente del extranjero, no es válido, hay que sacarse uno allí, y aunque por lo menos en aquel entonces bastaba con aprobar un examen teórico (que creo que podías dar en inglés o hasta en español) siempre me pareció un proceso fatigoso que nunca inicié, porque el lugar de los exámenes estaba bastante lejos del centro.

Tampoco ayudó mucho a animarme la mala fama que tienen los conductores chinos: en el país con más fallecidos por accidentes de tráfico del mundo, donde hace apenas 20 años casi nadie tenía carnet de conducir fuera de taxistas y chóferes, las normas de educación vial y circulación todavía no están muy consolidadas, ni entre peatones ni entre conductores. Ya he dicho aquí muchas veces que los pasos de cebra en China jamás son respetados por los vehículos (incluso pitan al peatón que intenta pasar por ellos cuando ellos están acercándose), y me temo que los stop y los ceda tampoco son muy cumplidos. Es habitual ver en los medios chinos noticias de accidentes causados por un conductor que tras pasarse un desvío en una autopista, ha decidido ir marcha atrás para cogerlo, causando el caos y la destrucción. Por no hablar de los propietarios de coches de lujo en las grandes ciudades, que creen que las calles son su circuito privado de las 500 millas de Indianápolis.

También hay que recordar que, debido a las grandes distancias de China, no es demasiado razonable usar el coche para ir a muchos lugares del país, y más ahora que tienen una red de trenes de alta velocidad tan buena y metros en casi todas sus grandes urbes.

Por estas y otras razones, China para bien o para mal me alejó del coche, y ahora Francia y Suiza, aunque les ha costado dos años, me han acabado convenciendo de que debo tener uno (eso sí, viene de Asia, que es un Toyota). Espero llevarlo con prudencia y que durante mi época con moto eléctrica en Pekín no se me haya contagiado excesivamente la mala forma de conducir de muchos chinos.

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