China, los hermanos de Marx

Hoy se cumplen 200 años del nacimiento de Karl Marx, filósofo al que en España le solemos traducir el nombre para llamarle “Carlos Marx”, un honor que se suele reservar a reyes y papas pero que al pensador de Tréveris también le concedemos. Creo que es porque decir en voz alta “karlmarx” en español es harto difícil y lesiona tu lengua, inténtalo y verás. Este hombre fue padre de unas teorías políticas que casi en el ecuador exacto de este bicentenario (en 1917) desembocaron en la Revolución de Octubre y desde allí, como un tsunami, afectarían a los rincones más insospechados del planeta durante todo el siglo XX. En los años 90 de ese siglo, con la caída de la URSS, se entendió en muchos lugares que el marxismo había fracasado, pero lo cierto es que hoy día sigue siendo la ideología que supuestamente inspira los gobiernos de Cuba, Laos, Vietnam, Corea del Norte y China. China no es el más veterano de estos cinco supervivientes (Ho Chi Minh llevó el comunismo al norte de Vietnam en 1945, cuatro años antes que Mao), pero digamos como dato curioso que si el actual régimen chino llega hasta 2024, para el que queda ya muy poco, el país podrá presumir -o lamentarse, diré con esa equidistancia que nos impone la sociedad actual- de haber defendido el marxismo durante más tiempo del que lo hizo la Unión Soviética.

Con motivo de este bicentenario, China celebró ayer una ceremonia por todo lo alto en honor al pensador alemán, en la que Xi Jinping pronunció un discurso donde aseguró que Marx era el más grande filósofo de la era moderna (se nota que no conoce a Paulo Coelho). Un gran retrato de Marx colgaba del lugar donde normalmente se muestran el escudo nacional de China o la hoz y el martillo.

En cierto modo, el gran homenaje sorprende, porque en China, al menos la de los años que llevo aquí, Marx tampoco parece una figura especialmente reverenciada. No hay, que yo sepa, calles o plazas en su nombre en Pekín o Shanghái, su retrato no se cuelga en lugares públicos (ahora eso es coto privado de Xi, mientras que Mao está en algunos negocios privados o cuelga del retrovisor de los taxistas) y dudo que muchos chinos, especialmente los jóvenes, hayan leído el Manifiesto Comunista, y eso que se lee en una tarde. Parece ser que el presidente Xi está intentando recuperar su figura, para darle cierto empaque ideológico a su gobierno, frente al pragmatismo de Jiang Zemin o el confucianismo de Hu Jintao.

Con el aniversario, y su celebración a lo grande en China, surge de forma natural la pregunta de si realmente esta República Popular, pese a la retórica de sus líderes o a la bandera casi totalmente roja que tiene, sigue siendo hoy por hoy un país comunista, un país marxista.

Muchos dirán que cómo puede ser marxista un país en el que por las avenidas de Pekín casi cada día te pasa a toda velocidad un Ferrari, un Lamborghini o un McLaren de un tuhao (que es como llaman los chinos a los nuevos ricos horteras). Que cómo se puede venerar al padre de El Capital en el Shanghái de los cientos de rascacielos y las luces de neón, en el país donde grandes multinacionales tecnológicas como Alibaba, Baidu o Tencent ya rivalizan con las de Silicon Valley. Yo, ante esto, disiento, porque no creo que el marxismo tenga que estar necesariamente asociado a la pobreza. La igualdad social que pregonaba no necesariamente significaba que la dictadura del proletariado estuviera hundida en la pobreza, sólo defendía que se repartiera la riqueza (y que conste que en China hay mucha desigualdad social). Otro debate sería el de si el comunismo puede ser mejor generador de riqueza e innovación que el capitalismo: yo diría que ha demostrado sobradamente que no, excepto en el campo de los videojuegos, donde el más vendido de todos los tiempos lo creó en Moscú un soviético en la Academia de Ciencias de la URSS.

Otros argumentos en contra de que haya marxismo en China tendrían más peso, por ejemplo el que subraya que los trabajadores chinos no tienen el poder que Marx proponía con su ya mencionada “dictadura del proletariado”. En China hay un sindicato único, supeditado obviamente al Partido Comunista, y las huelgas son escasas, salvo que la censura nos las esté escondiendo. Las únicas que se han conocido en los últimos años se han producido siempre en fábricas de empresas extranjeras en territorio chino (como en plantas de ensamblaje de Honda), por lo que parecían más un enfrentamiento entre Pekín y Tokio que entre trabajadores y patronos. De todos modos, tampoco creo que hubiera demasiada libertad sindical en la URSS: los desheredados son utilizados en el principio de las revoluciones, y olvidados cuando éstas se institucionalizan, me temo.

No sé muy bien qué argumentos usa el Gobierno chino o sus politólogos para defender que su país sea el depositario del marxismo que Occidente mira ya como una reliquia del pasado. Tengo mis dudas de que en China se analice el pensamiento de Marx, creo que como mucho se lee y se recita sin profundizar mucho en él. En realidad, me parece que China sólo amerita a Marx que influyera a los primeros fundadores del Partido Comunista de China, entre ellos Mao, y después argumenta que la aplicación pura del marxismo en este inmenso país era imposible y se tuvo que cambiar poco a poco hasta que se volviera casi irreconocible.

Mao, sin ir más lejos, no pudo construir la revolución desde una China industrializada y a partir de obreros de fábricas, como pedía el filósofo germano, sino en un país poco menos que feudal y levantando a los campesinos. Cuando intentó la industrialización acelerada, en el Gran Salto Adelante, cometió el que probablemente es el mayor fracaso económico de la historia, al causar como efecto secundario una hambruna con decenas de millones de muertos. A partir de Deng Xiaoping, lo que quedó del comunismo, no sé si ya del marxismo, fue el mantener un Estado fuerte y con planificación económica quinquenal, aspectos que continúan hoy en día, aunque la iniciativa privada y la liberalización del mercado van creciendo poco a poco (y seguramente van a hacerlo más en los próximos años, para frenar la guerra comercial con Estados Unidos).

Marx seguramente nunca pensó que sus ideas se aplicarían en la realidad, o si lo pensó, no las concibió implantadas en gigantes en su momento subdesarrollados como Rusia o China, sino en países pioneros de la industrialización como el Reino Unido, Alemania o Francia. Pero son las vueltas que da la Historia. La estatua en su honor que desde hoy adorna su Tréveris natal no la esculpieron manos alemanas, británicas o rusas, sino chinas. Quizá porque China es la que aún le venera, o quizá porque ofrecía los precios más baratos.

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