China vs Trump:
cuatro años indigestos

Basándome en las encuestas preelectorales, algo que desde hace años es un grave error, me figuré que a estas alturas de semana ya estaríamos hablando del final de la presidencia de Donald Trump, así que tenía pensado dar un repaso a lo que supuso su mandato para las relaciones entre China y Estados Unidos. No contaba con que el sistema electoral estadounidense es totalmente demencial, así que aún no sé si mi post de hoy debe terminar con un punto final o con un «continuará». Repasemos por tanto lo que cuatro años presididos por un troll han supuesto a las relaciones entre los dos países más poderosos del mundo, sin tener todavía claro si habrá o no cuatro más.

Donald Trump ya usó el enfrentamiento contra China como uno de sus principales vehículos para llegar al poder, en la campaña electoral de 2015-16 contra Hillary Clinton. Aunque se recuerda más su famosa promesa de construir un muro contra México, el argumento que más usó en sus mítines, y que seguramente le dio muchos votos, fue el de que China estaba robando puestos de trabajo a Estados Unidos y que él los recuperaría. Haría America Great Again a costa de que China fuera Small Again.

Trump ganó por sorpresa los comicios y las tensiones entre China y Estados Unidos durante su mandato comenzaron antes incluso de que Donald jurara el cargo, en enero de 2017. Un mes antes, la presidenta de Taiwán, Tsai Ing-wen, muy enfrentada con China, llamó a Trump para felicitarle por su victoria electoral, y éste aceptó su llamada, en la que era la primera conversación directa entre los presidentes de EEUU y Taiwán en casi 40 años. El gesto probablemente se debió más al desconocimiento de un novato Trump de la política exterior norteamericana que a un deliberado intento de enfurecer a China, pero decididamente marcó un mal comienzo.

Pese a estos antecedentes, que parecían anunciar un periodo muy tormentoso, lo cierto es que el primer año de presidencia de Trump no fue especialmente malo para China. Él y Xi Jinping se dieron una oportunidad, pensaron que quizá conociéndose personalmente podrían limar décadas de diferencias, aprovechando por ejemplo que la política internacional de Trump no iba a estar demasiado basada en el poder militar o la supuesta defensa de los derechos humanos, cosas que durante décadas han provocado choques entre Pekín y Washington. Así, para empezar el sondeo mutuo, Trump recibió a Xi en abril de 2017, en su lujosa y gramaticalmente incorrecta residencia de Mar-a-Lago, en Florida.

Meses después, en noviembre de 2017, era Trump quien realizaba su primera y hasta ahora única visita a China como jefe de Estado, donde recibió un tratamiento que ningún otro presidente estadounidense había disfrutado: Xi Jinping le ofreció una recepción en la Ciudad Prohibida, el Palacio Imperial, cuando normalmente los líderes extranjeros se tienen que conformar con la frialdad del Gran Palacio del Pueblo o la del recluido complejo de Zhongnanhai. Fue más simbólico que otra cosa, pero supuso el mejor momento de las relaciones Trump-Xi.

Trump en aquel entonces dirigía sus iras exteriores más bien hacia Kim Jong-un, al que llamaba «Rocketman» mientras éste amenazaba con bombardear la isla de Guam. Curiosamente, al año siguiente, 2018, cambiaron las tornas: Trump mantuvo un histórico encuentro con Kim en Singapur (que seguramente la diplomacia china ayudó a propiciar) pero recuperaba sus amenazas de campaña contra China y empezaba a preparar millonarios aranceles contra las exportaciones chinas al mercado estadounidense.

La mayor agresividad de Trump hacia China coincidía con la llegada de dos halcones a su entorno más cercano: Mike Pompeo, actual secretario de Estado, y sobre todo John Bolton como asesor nacional de seguridad. Bolton, un peligro para la humanidad andante que en su fuero interno desearía declararle la guerra a todos los países miembros de la ONU.

En marzo de 2018, daba comienzo a lo que se ha dado en llamar la guerra comercial China-EEUU. Trump anunciaba entonces aranceles por valor de 50.000 millones de dólares hacia productos chinos importados por EEUU. China contraatacó con aranceles similares en abril, sobre todo a productos de industria pesada, agrícolas y ganaderos (carne de cerdo, soja), pensando en perjudicar especialmente a los estados del interior de EEUU, los que más votaron a Trump en 2016. La bola de nieve se fue agrandando con más y más aranceles ese año y el siguiente. El dibujo de dos contenedores chocando fue el emblema oficial de esta guerra que, dicho sea de paso, no derramó sangre ni disparó con drones, por lo que ojalá hubiera más de éstas y menos de las otras.

La guerra comercial empeoró cuando Trump decidió atacar a uno de los gigantes tecnológicos chinos, Huawei, primero pidiendo la detención en Canadá de la presidenta de la compañía, Meng Wenzhou, y luego incluyendo a la firma en una lista negra de empresas que forzaba a firmas como Google a dejar de cooperar con ella. La persecución de Trump a las tecnológicas chinas, ante el temor que tiene EEUU a que China lidere el sector que más dinero mueve en la economía actual, continuó este año 2020 con la censura estadounidense a la red social china Tik Tok.

Pese a estas tensiones, en enero de 2020 -tres meses después de que Trump echara con cajas destempladas a Bolton de la Casa Blanca, no sé si es casual o no- Estados Unidos y China firmaban un acuerdo que se antojaba el principio del fin de dos años de guerra comercial.

Pero entonces llegó el doctor, manejando el cuatrimotor… dos semanas después de que se firmara el acuerdo, la OMS declaraba una emergencia internacional por una enfermedad que entonces ni siquiera tenía nombre, detectada inicialmente en la ciudad china de Wuhan y de la que entonces no había ni cien casos fuera de ese país. El mundo se dirigía, sin saberlo aún, a su peor pandemia en un siglo, y ésta iba a afectar muy negativamente a las relaciones entre China y Estados Unidos.

La pandemia estalló en EEUU a finales de marzo, unas semanas después que en Europa, pero pronto se convirtió en el país más golpeado por ella. Trump (uno de los casi 50 millones de casos confirmados de COVID en el mundo) adoptó el discurso más agresivo contra China en sus cuatro años: empezó a llamar a la enfermedad «virus chino» (cosa que sigue haciendo, y con él todo el populismo de derechas mundial), pero además acusó a la OMS de estar vendida a China y rompió relaciones con ella. No ayudó que la campaña electoral comenzara en Estados Unidos: Donald necesitaba atacar para defenderse de las acusaciones de mala gestión de la pandemia, que no sólo él sino muchísimos líderes mundiales han tenido que afrontar, y China y la OMS se convirtieron en su chivo expiatorio favorito.

Las tensiones entre China y EEUU debido al coronavirus han ido acompañadas de muchas otras en este año caótico: los dos gobiernos han ordenado expulsiones mutuas de periodistas, y cierres mutuos de consulados (el chino de Houston y el estadounidense de Chengdu). Escenas que parecían enterradas con la Guerra Fría reaparecían, simbolizando el creciente roce entre la potencia ascendente china y la quizá decadente de EEUU, aunque tampoco hay que darla aún por acabada, como tampoco a Trump.

Estos cuatro años, como vemos, han sido en general muy tensos, seguramente porque Trump se siente cómodo en la crispación contra todos, y ha favorecido ese clima de cabreo infinito, que no en vano le dio el poder. Este Mourinho de la otra Casa Blanca tensaba la cuerda un día con China, al día siguiente con la prensa, y al otro contra quien hiciera falta, con tal de distraer a la opinión pública y mantener la adrenalina al máximo en sus votantes.

¿Ha sido malo Trump para China? Pues seguramente sí, y los chinos, como muchos otros ciudadanos del mundo, tienen la sensación, no sabemos si engañosa o no, de que si Trump deja la presidencia podremos dormir mejor, que todo se relajará un poco. Pero en el fondo, tener a Donald de presidente no le ha ido del todo mal a China: para empezar, en estos cuatro años el régimen comunista ha perdido para muchos el título de «malo oficial del universo» y éste pasó a la Administración Trump, enfrentada ahora a la UE, Rusia, China, la ONU, la OMC y muchos más. Xi Jinping incluso acabó en muchas cumbres y foros dando la injustísima imagen de ser el abanderado del libre comercio y la fraternidad planetaria, pero fue en parte porque Trump le dejó.

Además, Trump demostró en cuatro años que la política exterior, para bien o para mal, le importaba un comino, o mejor, le parecía un estorbo, y eso permitió a China destensar las cosas en zonas estratégicas como el Mar de China Meridional, que la Administración Obama, con una pésima jefa diplomática como fue Hillary Clinton, intentó convertir en el Oriente Medio del siglo XXI. De hecho, es posible que unos EEUU presididos por Joe Biden vuelvan a meter presión en esa zona, e incluso en la cuestión de los uigures, dado el tradicional mayor interés del Partido Demócrata en la influencia estratégica exterior de EEUU y las cuestiones de derechos humanos.

Hubo sin embargo intentos de que Trump se metiera de lleno en la política china el pasado año, cuando muchos manifestantes hongkoneses, demostrando un desconocimiento total de la historia de las intervenciones estadounidenses en el mundo, pedían abiertamente a Trump que les «liberara»… verlos es quererlos.

Trump intentó inmiscuirse en ese asunto lo menos posible, como en muchos otros fuera de las fronteras de su querida Great Again América, aunque en este hipertenso año 2020, como parte de su aumento de agresividad ante China, dictó la orden que eliminaba el estatus especial de Hong Kong, lo que seguramente perjudicará sobre todo a la economía hongkonesa en particular, más que a la china en general.  Una vez más, los que iban a ser «liberados» por EEUU han sido los más perjudicados. ¿Nos «liberaremos» el resto de Trump antes de enero? Veremos.

2 Comentarios

  1. Lo más lamentable es que el país que más se ufana en demostrar que la democracia es él, no consiga contar los votos de una forma civilizada y nombrar al sujeto que los norteamericanos han querido que sea su presidente, el que sea. Mal ejemplo y buena excusa para otros…

    • Es de locos, no es normal que un país desarrollado e influyente tarde cinco días en dar resultados definitivos. Es de república bananera, e indignante teniendo en cuenta lo influyente que es esta elección para todo el mundo. Por favor, que mejoren su sistema de conteo o nos vamos a volver tarumbas cada cuatrienio.

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