China y Gorbi, it’s complicated

La noticia relacionada con China más importante esta semana de seguro es la publicación de un informe de la ONU muy crítico sobre las políticas de Pekín en Xinjiang, pero dejadme que guarde mis comentarios sobre este sesudo tema para el fin de semana, que tendré más tiempo, y que hoy dedique unas breves líneas a Mijaíl Gorbachov, el gran líder soviético fallecido también esta semana, recordando sus lazos con el gigante asiático, que son muy importantes pero no del todo amigables.

Gorbachov y su esposa Raisa, en su juventud, de vacaciones por Francia.

Gorbachov, creo que se ha dicho muchas veces esta semana, es visto de forma muy diferente en Occidente, donde es considerado el gran prohombre que puso fin a la Guerra Fría, y en Rusia, donde lo tienen por un nefasto político que no supo mantener la URSS y dejó la economía rusa tiritando (aunque el que la remató seguramente fue su catastrófico sucesor, Boris Yeltsin). Por cierto, lo de que puso fin a la Guerra Fría, a estas alturas, es bastante discutible, porque con Putin este concepto podría perfectamente ser recuperado, y más en el próximo invierno, en el que no sé si vamos a tener calefacción.

En China, como en Rusia, prima la imagen negativa de Gorbachov, hasta tal punto que los líderes comunistas están obligados a estudiar desde hace años con gran pasión sus políticas al frente de la URSS, entre 1985 y 1991, para NO repetirlas: se le considera el gran ejemplo a no seguir, la fórmula perfecta para hundir un régimen comunista. Es algo irónico teniendo en cuenta que la famosa perestroika de Gorbachov, su fallido proyecto de reconversión económica de la URSS, probablemente estuvo influida por la no menos famosa reforma y apertura puesta en marcha por Deng Xiaoping pocos años antes, a finales de los 70.

Gorbachov y Deng, en 1989.

Gorbachov acompañó su célebre perestroika con su igualmente famosa glasnost, una política de transparencia y mayor democratización. Allí es donde los líderes chinos creen ver uno de los grandes errores del exlíder soviético, y ello se traduce en el hecho de que Pekín combina décadas de entusiasmo por abrirse económicamente al mundo con una persistente cerrazón. Férrea censura de los medios e internet, mínimo espacio para la crítica, y ninguna opción a corto, medio o largo plazo para que haya partidos que compitan con el comunismo, elecciones libres u otras importaciones del liberalismo democrático occidental.

Gorbachov, por otra parte, sí es reconocido en China como el líder soviético que intentó reconciliar a Moscú y Pekín tras décadas de animosidad: partidario del diálogo con Occidente, Mijaíl también miró a Oriente con similar talante, y en mayo de 1989 se convirtió en el primer líder de la URSS en 30 años que visitaba de forma oficial China, un país que desde la muerte de Stalin había considerado a los soviéticos un enemigo aún más peligroso que los estadounidenses.

Sin embargo, esta histórica visita quedó muy eclipsada por el hecho de que coincidió precisamente con las protestas estudiantiles de Tiananmen, iniciadas en abril de aquel año y sangrientamente reprimidas a principios de junio. De hecho, gracias a la visita de Gorbachov, muchos periodistas internacionales pudieron conocerlas in situ (algunos reporteros de la época incluso mostraron su sorpresa por que fueran tan multitudinarias y activas), lo que contribuyó a que la protesta se conociera mucho más en el mundo: téngase en cuenta que todavía no habían caído los gobiernos comunistas de Europa occidental, aunque estaban a pocos meses de hacerlo. Algunos de los periodistas que llegaron a Pekín para cubrir la visita de Gorbachov prácticamente se olvidaron de ella, se enfocaron mucho más en el movimiento de protesta, y se quedaron para cubrirlo hasta que semanas después, cuando Gorbachov ya se había ido de China, fue desmantelado a tanque limpio.

Es posible que la visita de Gorbachov fuera un catalizador de las tensiones en esas protestas, que durante semanas habían sido mal que bien toleradas por las autoridades: para los líderes chinos, que tantos medios internacionales las retrataran supuso cierta «pérdida de cara», y les sentó mal que un viaje oficial que ellos querían destacar como símbolo de reconciliación entre Pekín y Moscú apenas recibiera atención. Por tanto, empezaron  sentir un gran rechazo hacia los estudiantes, y empezó  cundir la idea de que había que desalojarlos de la plaza costara lo que costara. A China esto le pasa muy a menudo, quieren que el mundo les mire por cosas positivas pero de repente en las mismas fechas pasa algo malo en el país que distrae la atención y echa al traste su propaganda.

Gorbachov pudo incluso influir personalmente en el ánimo de los estudiantiles, tras dejar caer en algunos discursos durante su visita a China que su «glasnost», su política de transparencia y apertura política, no sólo económica, eran el gran camino para mantener el comunismo.

Estudiantes pequineses en 1989.

Sabemos de sobra que en este punto se equivocó con su URSS, ésa de la que fue el primer y último presidente. ¿Pasaría lo mismo con China, o su vía comunista proseguiría con libertad de prensa y mayor apertura política, aunque no llegara a ser un sistema multipartidista? Va a ser difícil que lo sepamos a corto o medio plazo, y más ahora que nos dirigimos a la perpetuación de Xi Jinping, en el Congreso de octubre, como gran líder vitalicio del régimen comunista. Un régimen que si llega a 2024, cosa que no parece difícil, podrá vanagloriarse de haber durado más que el soviético en el que se inspiró (1917-1991), al que Mijaíl puso fin.

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