Chinos y uigures a la caza del relato

Al no estar ya en China, este mes de marzo que ya casi acaba me he “perdido” el plenario anual de la Asamblea Nacional Popular, reunión de algo más de semana y media que todo periodista acreditado en Pekín ha cubierto en alguna ocasión. Esta reunión es importante (en ella el Gobierno chino repasa los 12 meses anteriores y se prepara para los 12 venideros), pero tan repetitiva, árida y alienante año tras año, que puedo decir en confianza que es una de las cosas que menos voy a echar de menos de las tierras chinescas.

No obstante, a partir de ahora, si sigo en Ginebra, me tocará cada mes de marzo una “reunión anual” similar en cuanto a la retahíla de reuniones y ruedas de prensa que desata, e incluso es más larga aún: se trata del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, que suele celebrar por estas fechas el principal plenario del año y repasa la situación de las libertades fundamentales en todo el mundo, iniciando debates de todo tipo entre delegaciones de diversos gobiernos.

Este año, el de mi primer y espero que no último consejo, se han tratado centenares de temas, desde la situación en Venezuela y Nicaragua a las tensiones entre Israel y los palestinos en Gaza, las guerras en lugares como Siria o el Yemen o puntos calientes como Corea del Norte, Irán o Arabia Saudí. China, por supuesto, también ha sido materia de muchos debates, sobre todo por la situación de los uigures en Xinjiang.

Este pueblo musulmán del noroeste de China, ya básicamente en Asia Central, ha ocupado numerosos titulares en los últimos meses porque medios de comunicación, ONGs, exiliados y huidos aseguran que China desde hace un tiempo, con la excusa de combatir los brotes de yihadismo terrorista que proliferaron en la zona hace cosa de una década, ha decidido emprender una masiva campaña de reeducación de toda o buena parte de la población uigur, que incluye encierros de centenares de miles de personas durante meses en instalaciones donde se aplican métodos bastante drásticos, que incluyen obligar a los uigures a renegar de la religión musulmana o al menos de ciertas prácticas. China asegura que es una exageración interesada, que se trata de programas de desradicalización que han tenido como fruto un descenso de los incidentes armados y atentados que allá por 2014 y 2015 sacudieron el país. Como en toda polémica, hay dos posturas enfrentadas, pero lo bueno que tiene Ginebra es que aquí hay lugar para escuchar las dos.

El más claro ejemplo de esto se produjo en los primeros días del consejo, cuando se celebró en la sede de la ONU en Ginebra una conferencia sobre Xinjiang. Se trataba de lo que se conoce aquí como “side event”: en los días del consejo hay centenares de charlas patrocinadas por ONGs y lobbys, sin carácter oficial, pero que se celebran en las mismas instalaciones de Naciones Unidas, a pocos metros de la sala donde se celebra el consejo oficial (la sala de las estalactitas de Barceló, por cierto). Esos eventos están abiertos a prensa, delegaciones y a todo aquel que tenga acreditación para entrar en los recintos de la ONU.

La conferencia, patrocinada creo recordar por una ONG estadounidense, reunió a varios activistas uigures que contaron su versión de los hechos. En ella incluso se proyectó en la pared un mapa que separaba como si fueran países independientes a Xinjiang, Tíbet y hasta Mongolia Interior, algo que creo es bastante audaz dentro de las Naciones Unidas. Y me parece que no gustó demasiado a algunos asistentes, porque los ponentes dijeron que debido a ciertos “desacuerdos” no iban a usar más proyecciones en esa charla. Al término de ella, un chino que había asistido encendió el micro de su mesa para decir, en voz alta, que todo lo que se había dicho era en su opinión una barbaridad sin sentido (este tipo de intervenciones-protesta son relativamente frecuentes aquí).

Lo curioso de todo esto es que a la salida de esa misma sala de conferencias, y en ese mismo día, esperaba en los pasillos del Palacio de las Naciones, a escasísimos metros, una exposición organizada por el Gobierno chino en la que se mostraban uigures y chinos conviviendo juntos entre sonrisas, el tipo de información propagandística que se puede ver en Pekín. Hasta el lenguaje y las tipografías eran iguales que los que se usan en las muestras políticas de China, casi me sentía de nuevo allí.

Como veis, en Ginebra los chinos tienen que hacer frente de forma más abierta a las polémicas que en su país apenas son tratadas abiertamente. En realidad, le ocurre a muchos otros países, por lo que este consejo a veces es incómodo para los gobiernos pero por otro lado les hace enfrentar sus fantasmas cara a cara.

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