Cita con CITES

Desde el pasado sábado, y hasta finales de mes, se celebra en Ginebra la conferencia mundial CITES, que igual no os suena mucho pero es un importante convenio internacional que desde 1975 regula el comercio de especies amenazadas o en peligro de extinción. La conferencia debería haberse celebrado en el mes de mayo en Colombo, la mayor ciudad de Sri Lanka, pero pocos días antes tanto esa localidad como otras de la isla sufrieron los horribles atentados del Domingo de Resurrección, se tuvo que cancelar deprisa y corriendo la gran cita, y Suiza se ofreció a ser sede improvisada si le daban unos meses de preparación, algo que al parecer es algo que los suizos ya han tenido que hacer más de una vez.

La conferencia reúne a unos 3.000 personas entre políticos, diplomáticos, científicos y lobbistas (asociaciones de cazadores incluidas) para analizar si unos animales necesitan mayor o menor protección, porque en la conferencia también a veces se pide relajar las limitaciones al comercio si se entiende que un animal ha aumentado en número de ejemplares. En esta ocasión, por ejemplo, algunos países africanos piden que el comercio de marfil de elefante africano, o de trofeos de caza del emblemático animal, se permita tras años de prohibición. México solicita por su parte que se pueda comerciar limitadamente con la piel del cocodrilo americano, algo que durante décadas ha estado prohibido. En el polo opuesto, se va a solicitar limitar el comercio de productos relacionados con las jirafas, de muchos pequeños reptiles que se venden en internet como mascotas (como las iguanas de cola espinosa) o de determinados animales marinos como la holoturia (también conocida como pepino de mar), que en los restaurantes chinos es uno de los manjares más caros de la carta. El CITES también regula el comercio de plantas, así que se discutirá por ejemplo si relajar el comercio de madera de palo de rosa, al parecer preciadísima para la confección de guitarras y violines pero que al parecer está ahora prohibida.

China es un inmenso motor de las decisiones que a lo largo de los últimos años va tomando el CITES, porque su enorme apetito por las materias primas de origen animal, dada su enorme población y el enorme uso que da a todo tipo de partes de animales tanto en su gastronomía como en la medicina tradicional. El caso del pepino de mar es un buen ejemplo (el año pasado, por cierto, murieron millones de ejemplares de esta especie a causa de una ola de calor en aguas del sur de Asia) pero también por ejemplo el uso de colmillos de animales tales como el jaguar o el guepardo para elaborar determinados fármacos tradicionales, prohibido terminantemente por CITES pero que al parecer florece por el hecho de que es más fácil sacar de contrabando esos dientes que las pieles de esos felinos, ya desde hace más de 40 años muy difíciles de ver en peletería o en alfombras horteras.

Animales como el caballito de mar también estuvieron cerca de su extinción por el uso del animal en medicina china, y en el caso del marfil, el consumo chino (y el japonés, al parecer Japón tiene las mayores reservas de marfil del mundo) ha movido un enorme tráfico ilegal en el que han sido sospechosos hasta gobiernos de países africanos que en sus aviones presidenciales se dijo que llevaron colmillos elefantinos. China incluso importa muchos colmillos de mamut, un animal extinto hace miles de años pero del que hay muchos ejemplares congelados en Siberia, por lo que los rusos, aprovechando que el cambio climático ayuda deshelando la estepa, están vendiendo mucho marfil de mamut a los chinos. En la reunión CITES se va a solicitar incluir al mamut en la lista de animales cuyo comercio debe ser prohibido o al menos limitado, cosa que de hacerse (deberían votarlo al menos dos tercios de los estados miembros) sería histórico, pues nunca una especie ya borrada de la faz de la tierra ha sido incluida en los protocolos de CITES. La reunión es interesante, y dará que hablar.

POSTDATA: No es que sea exactamente lo mismo, pero el fin de semana El País ha publicado un interesante artículo en el que se hablaba de cómo el consumo chino de carne uruguaya se ha vuelto tan grande que las carnicerías del país suramericano están empezando a quedarse sin producto local y teniendo que vender vacuno brasileño o argentino, lo que debe ser poco menos que un sacrilegio en Uruguay. Me confieso parte del problema, porque en los dos o tres años últimos que viví en Pekín comí muchísima carne uruguaya, que pedía a través de Wechat y me mandaban a casa (era una empresa uruguaya, por cierto). Mi principal razón para comprarla, y supongo que la de muchos chinos, es que la carne china es de infimísima calidad: sólo hay que poner un filete oriundo en la sartén, y ver toda el agua que suelta por el clembuterol o cosas peores que le dan al ganado. 

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