Cuando Cervantes quiso
un Instituto Cervantes en China

Lo que hoy voy a contar aquí se relata muchísimas veces al año en el Instituto Cervantes de Pekín, en numerosas conferencias, discursos, tertulias… pero creo que fuera de esa limitada comunidad quizá no es tan conocido, por lo que creo que está bien divulgarlo por aquí y de paso recordármelo a mí mismo.

En 1615, 10 años después de haber publicado Don Quijote de la Mancha con enorme éxito, y un año antes de morir, Miguel de Cervantes lanzó una segunda parte del famoso libro (hoy ambas partes suelen editarse juntas, y muchos críticos consideran esta segunda parte mejor que la primera). Tanto éxito había tenido el primer Quijote que un escritor llamado (o con el apodo de) Alonso Fernández de Avellaneda había publicado en 1614 una segunda parte sin permiso de Cervantes, intentando aprovecharse del éxito del original de 1605. El Manco de Lepanto, dicen, escribió su segunda parte precisamente como respuesta y venganza al «Quijote de Avellaneda», para que la gente no asociara el apócrifo al suyo.

Al principio de la segunda parte de su Quijote, Cervantes escribe un prólogo y una dedicatoria al conde de Lemos, quien en esa época fue su mecenas y el de otros escritores, en los que lanza bastantes dardos a Avellaneda. Esos dardos, curiosamente, mencionan a China. Os pongo el párrafo concreto donde aparece el lejano imperio Ming, en el que entre paréntesis y con negrita he hecho algunas notas aclaratorias:

…es mucha la priesa (prisa) que de infinitas partes me dan a que le envíe para quitar el hámago (mal sabor) y la náusea que ha causado otro don Quijote que con nombre de Segunda parte se ha disfrazado y corrido por el orbe. Y el que más ha mostrado desearle ha sido el grande emperador de la China, pues en lengua chinesca habrá un mes que me escribió una carta con un propio (un mensajero), pidiéndome o por mejor decir suplicándome se le enviase, porque quería fundar un colegio donde se leyese (se enseñase) la lengua castellana y quería que el libro que se leyese fuese el de la historia de don Quijote. Juntamente con esto me decía que fuese yo a ser el rector del tal colegio.

Los expertos en la magna obra de Cervantes opinan que lo que cuenta el escritor castellano en esta introducción a su segunda parte es una mentira como un templo, o mejor dicho, un ejemplo del ácido humor que muestra en todo el Quijote el gran padre de la literatura española. En el prólogo de la primera parte, Cervantes había asegurado (también de forma exagerada) que el «preste Juan de las Indias» había admirado su obra. Avellaneda, en su prólogo (más que prólogos aquello eran ajustes de cuentas, en una época donde los escritores aún se daban más puñaladas que ahora), se había reído de la presunta soberbia de Cervantes por creer que su obra pudiera interesar en la India, así que ahora Cervantes «contraatacaba» subiendo la apuesta y diciendo que aún más lejos, en China, le estaban leyendo.

Lo que gusta mucho en el Instituto Cervantes de Pekín, y por eso allí se repite tanto la anécdota, es que el escritor complutense, en unas líneas, hable de «un colegio donde se leyese la lengua castellana» del que él mismo podría ser rector, según presunta oferta del emperador chino de la época. La justicia poética quiso que aunque Cervantes lo decía en broma, siglos después hay en efecto un «colegio» donde se enseña el español en China, y que para colmo lleva su nombre: el Instituto Cervantes de Pekín, parte de una red global, inaugurado en 2006.

Ésas líneas preliminares del Quijote hablando de la oferta del emperador a su persona son gloriosas, pero las que siguen son igualmente memorables, porque Cervantes allí desata su humor cínico al máximo:

Preguntéle al portador si Su Majestad le había dado para mí alguna ayuda de costa (propina). Respondióme que ni por pensamiento.

—Pues, hermano —le respondí yo—, vos os podéis volver a vuestra China a las diez o a las veinte (leguas por día) o a las que venís despachado, porque yo no estoy con salud para ponerme en tan largo viaje; además que, sobre estar enfermo, estoy muy sin dineros, y, emperador por emperador y monarca por monarca, en Nápoles tengo al grande conde de Lemos (su mecenas), que, sin tantos titulillos de colegios ni rectorías, me sustenta, me ampara y hace más merced que la que yo acierto a desear.

Es decir, Cervantes le viene a decir al supuesto emperador chino (en realidad inexistente) que como no le pague el viaje y un sueldillo por enseñar español en la China, no tiene la más mínima intención de irse tan lejos, pues está «muy sin dineros» y le dan igual los «titulillos» del emperador. De paso, aprovecha para señalar que quien le mantiene, y por tanto quien realmente le importa, no es el soberano chinesco, sino el conde de Lemos, abierto destinatario de esa dedicatoria. Genio y figura.

PD: Yo también quiero hacer una dedicatoria de este texto, aunque su calidad no llegue a la suela de los zapatos de la cervantina:

Se lo dedico a los mendrugos que hace unos días vandalizaron la estatua de Cervantes en San Francisco (EEUU), con la esperanza de que sus  lobotomizados cerebros puedan en un futuro lejano ser donados a la ciencia para así tener un mejor conocimiento de la estupidez humana.

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