De la guerra comercial
a la guerra sucia

Desde principios de este mes China está en los titulares de la prensa mundial muy a su pesar, por la detención en Canadá de la directora financiera de Huawei, Meng Wanzhou, a petición de Estados Unidos. Huawei es la principal compañía de móviles de China, así que el escándalo sería equivalente al que se hubiera montado si Tim Cook, el jefe de Apple, hubiera sido detenido, digamos, en Tailandia por petición de Pekín. Meng tiene en teoría por encima de ella a su padre, fundador de la firma, pero en la práctica es la que corta el bacalao en la gigantesca marca, que en España ya conocéis desde los años en que el Atlético de Madrid empezó a lucirla en sus camisetas.

Meng  ha sido puesta hoy en libertad condicional, aunque sigue a la espera de un juicio en el que le podrían caer hasta 30 años de cárcel por la presunta venta ilegal de tecnología a un país embargado por EEUU como es Irán. China, siempre tan velada ella, ha optado por no montar excesivamente en cólera contra Washington sino que lo ha hecho contra Ottawa, y prueba de ello es que, en clara represalia maquiavélica, hoy las autoridades chinas han detenido a un activista canadiense de una ONG que trabajaba en China.

Ninguna de las partes lo va a admitir, pero cuesta creer que todos estos asuntos estén aislados unos de otros, y que éstos a su vez no tengan nada que ver con la guerra comercial que China y Estados Unidos mantienen desde mediados de este año porque Donald Trump decidió empezarla. Trump no sería feliz en un mundo tranquilo y pausado: necesita crispar permanentemente para poder cumplir sus objetivos políticos y saciar sus obsesiones psicológicas, es en realidad el más digno heredero de la «guerra continua» que en su día pregonaba Mao Zedong, especialista también en liarlas muy pardas. La cuestión es que ahora el conflicto chino-estadounidense ha entrado en un nuevo nivel mucho más bronco, porque de tasas y aranceles estamos pasando a hablar de cárceles y detenidos, entre ellos una de las personas más ricas y poderosas de China como es Meng.

Varias circunstancias parecen girar alrededor de esta nueva y mucho más sucia escaramuza entre Pekín y Washington. La primera es que la Administración de Trump, que fue la que ordenó a las autoridades canadienses la detención -y esa orden ni siquiera pasó antes por los oídos del primer ministro canadiense- parece estar poniéndose nervioso ante la pasividad con la que los chinos se toman el conflicto y ha optado por aumentar la apuesta para ver si Pekín claudica algo. No se me ocurre una manera de actuar más opuesta que la de Trump y los líderes comunistas chinos: el primero quiere ser siempre el protagonista, generar polémica en redes sociales y medios, pues considera que es poniendo nervioso al adversario como puede lograr acuerdos ventajosos, los mismos de los que presumía en su libro «The Art of The Deal». Los chinos, por el contrario, firmarían por pasar anónimamente desapercibidos todos los días del año, sus declaraciones serían más intensas si las escribiera un bot de Twitter, y su estrategia es la de cansar por aburrimiento al adversario o socio. No sé qué puede salir de un enfrentamiento con rivales tan antagónicos.

Otro aspecto del órdago que ha lanzado Estados Unidos esta vez está en el hecho de que es el sector tecnológico donde más se están enfrentando chinos y norteamericanos desde hace años (continuas acusaciones mutuas de ciberespionaje, feroz propaganda de la prensa estadounidense contra la tecnología china, etc). La economía norteamericana, todavía la primera del mundo pero perdiendo ventaja con la china, está viendo como la potencia oriental le alcanza usando precisamente los productos que hicieron ricos a los estadounidenses en las últimas tres décadas: chips, ordenadores, móviles, y ahora robótica o inteligencia artificial… No creo que a Trump le haga demasiada gracia ver que Huawei, una firma china prácticamente desconocida hace un lustro, se esté acercando a Apple o a la surcoreana Samsung en los primeros puestos de ventas en el planeta.

Detener a Meng, creo que ha pensado Trump, puede sembrar dudas entre millones de consumidores, como ya lo han hecho en años anteriores las acusaciones -nunca del todo demostradas- de que los aparatos de Huawei son usados por el régimen comunista para espiarnos (ni que fueran la NSA o Facebook, vamos). No parece ningún secreto que se busca rodear de malas vibraciones la marca para que caigan sus ventas y se beneficien competidoras como Apple. Una estrategia suicida, teniendo en cuenta que muchos móviles con manzana se ensamblan en China, que China es uno de los principales mercados de esa marca, o que los chinos ante este tipo de conflictos con el exterior enseguida te organizan un boicot para causarte millones en pérdidas, como bien saben Japón y Corea del Sur cuando han tenido altercados con Pekín.

Tampoco vengo aquí para defender a capa y espada a Huawei, una firma que, como muchas grandes fortunas en el país asiático, tuvo opacos comienzos (su fundador, como tantos otros creadores de multinacionales chinos, era un alto oficial del ejército hace unas décadas y se valió de sus conexiones con el poder para medrar). De hecho, escribo esto con un Mac y desde hace casi 10 años sólo uso móviles Apple. Pero Trump, un día más, se ha excedido deteniendo a una alta directiva de una marca competidora de la que fundó Steve Jobs, escudándose en un tema político y comercial que habitualmente no genera arrestos tan mediáticos. Y también se han excedido los chinos al usar de cabeza de turco a un infortunado activista canadiense. En resumen, que esta guerra comienza a apestar.

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