De mínima a máxima democracia
con curiosas coincidencias

Este domingo Suiza celebra elecciones federales para escoger a los parlamentarios que luego designarán un nuevo gobierno para el país. No son lo más excitante del universo (ni siquiera dentro del país, donde vota menos de la mitad de la población desde hace más de 40 años), pero son una buena excusa para analizar un sistema que es tenido como uno de los más democráticos del mundo, algo que para mí, que he estado 17 años viviendo en uno de los menos democráticos (el chino) me choca bastante y me motiva alguna que otra reflexión.

Los suizos votan cuatro veces al año, porque además de las elecciones normales, cada trimestre se convocan diversos referendos para apoyar iniciativas populares, dar luz verde a determinadas políticas gubernamentales a nivel local, cantonal o federal, etc. Este año las fechas de referendum han sido sólo tres, ya que la cuarta se ha sustituido, como cada cuatro años, por las actuales elecciones parlamentarias. Tanta votación explica en parte que los suizos, irónicamente, voten poco: como os decía, desde 1975 la composición del parlamento y por ende del gobierno es elegida por menos de la mitad de los votantes, lo que actualmente se traduce en que alrededor de 2,5 millones de personas tienen en sus manos la elección de un gobierno para un país de 8 millones. Además les hace poca ilusión eso de ir a los colegios electorales a meter la papeleta en la urna, así que casi todos lo hacen por correo.

Los chinos, en contraste, son uno de los pueblos que menos ha votado en su historia. Ya no sólo es que en el actual régimen comunista no lo hagan, sino que tampoco lo hicieron mucho en los regímenes anteriores: obviamente se votó poco o nada en los milenios imperiales, pero tampoco en la República de China que hubo entre 1911 y 1949 hubo apenas votaciones en los años 20, 30 y 40, o si las hubo, tenían prácticamente un candidato único del Kuomintang. Cosa curiosa y poco conocida: las primeras elecciones de la historia en China se celebraron en 1909, cuando aún regía el imperio Qing.

Conviene recordar que en la China actual hay elecciones a nivel local, en aldeas pequeñas y consideradas oficialmente como un «experimento» para en un futuro lejano aplicarlas a instancias mayores. Normalmente tienen sólo candidatos comunistas (a veces se presenta algún independiente, aunque suelen presionarles para que se retiren a última hora).

Como veis, se trata de dos sistemas netamente opuestos, aunque, ironías de la vida, ambos países han acabado teniendo una suerte de «heptarquía» que con una composición partidista similar controla los designios estatales desde los años 40.

Así, en Suiza la jefatura de Estado no está en manos de una sola persona, sino de siete que conforman el Consejo Federal.

Actual Consejo Federal suizo. Uno de ellos es el presidente (Ueli Maurer en 2019), pero ese puesto se rota cada año y oficialmente la jefatura del Estado sigue siendo de todo el Consejo, no sólo del presidente. Al menos como veis tiene poder para sostener el móvil y hacer el selfie oficial.
Primer Consejo Federal, en 1848. Me da la impresión de que había dos gemelos.

Al otro lado de Eurasia, en China el poder real lo tiene el Partido Comunista, y dentro de él el máximo órgano de poder es el Comité Permanente del Politburó, que aunque ha tenido un número diferente de miembros a lo largo de la historia de la República Popular, actualmente también está formado por un septeto.

Actual Comité Permanente. Hay que matizar que estos últimos años se dice que en este comité ha acumulado mucho más poder que sus antecesores el secretario general del Partido y presidente (Xi Jinping), así que hay muchas dudas de que siga habiendo este poder «a siete».

En cuanto a los 70 años de inmovilidad en uno y otro país, son por causas diferentes: en China, como sabemos, hay un régimen de partido único desde 1949 (con algún partidillo pequeño en la Asamblea Nacional Popular con mero carácter decorativo), lo que explica de sobra la falta de cambios en el país asiático. En Suiza ocurre lo contrario: hay muchos partidos, ninguno despunta demasiado sobre los otros en cuanto a votos (suelen recibir cada uno entre el 15 y el 25 por ciento de las papeletas), y por ello desde 1943 más o menos el Consejo Federal es un gobierno de coalición entre derechas e izquierdas (España, donde ni siquiera partidos de izquierda son capaces de coaligarse, debería aprender de esto, ver que no existen «pactos contra natura» en la política).

Los cuatro partidos de la «gran coalición» son, de izquierda a derecha, los conservadores, los socialistas, los liberales y los democristianos. No os lío mucho con siglas y nombres oficiales, porque cambian entre el alemán, el francés y el italiano, y uno se puede volver loco.

Que esta coalición gobierne se traduce en que el Consejo Federal de a siete ha tenido desde los años 40 (con algunas excepciones, ha habido cortos periodos con tres y cinco partidos en la coalición) miembros de estos cuatro partidos (actualmente hay dos conservadores, dos socialistas, dos liberales y un democristiano). Entre 1959 y 2003 la estabilidad fue tal (con dos socialistas, dos liberales, dos democristianos y un conservador todo ese tiempo) que llamaron a esa composicion la «fórmula mágica».

Algo de mágica sí que tiene, porque hay que hacer encaje de bolillos para componer el Consejo Federal actualmente: no sólo tiene que estar representado el fragmentado espectro político de los votantes, sino que también debe haber número similar de mujeres y hombres (ahora hay cuatro consejeros y tres consejeras, pero ha habido años en los que hubo cuatro mujeres), evitar que un cantón tenga más de un consejero, intentar que haya francoparlantes y germanoparlantes (actualmente también hay italoparlantes), etc.

En las actuales elecciones, parece que el partido más votado, con algo más del 25 por ciento de los votos, va a ser el conservador, que en los últimos años ha adoptado algunas líneas populistas de derechas en plan Trump o Le Pen. Las «víctimas» de esta retórica son la Unión Europea y la inmigración, vistas por ese partido como amenazas a la prosperidad e independencia de Suiza.

En este anuncio electoral de los conservadores se muestra a una «manzana» suiza (imagino que simbolizando a Guillermo Tell) siendo agujerada por gusanos que tienen tanto la bandera de la UE como los colores azul (liberales), rojo (socialistas), naranja (democristianos) o el verde del partido idem, que podría compararse con el Podemos español. Como veis, no hay mucha sutilidad.
Los inmigrantes, simbolizados como un pulpo malvado (pero cuqui a la vez) que extiende sus tentáculos sobre las verdes praderas suizas.

Hay que decir que estos mensajes algo radicales se han visto más, no sé por qué, en la parte germanoparlante de Suiza (Zúrich, Berna, etc) que en la francoparlante (Ginebra, Lausana…), donde los candidatos han preferido mostrarse como trabajadores que se arremangaban la camisa para currar por la «libertad y seguridad» del país.

En Zúrich, por cierto, vi vandalismos a los carteles de los candidatos conservadores, como éste:

Como veis, el Joker, que es la mejor película del lustro y la mejor de superhéroes que ha habido y habrá, se ha colado en la campaña. Y lo de «idioten», que yo pensaba que era pseudoalemán de Mortadelo y Filemón, me hace mucha gracia.

Para terminar este post, atiendan a los carteles de los comunistas en Ginebra: la estética maoísta es más que clara. Un buen colofón para finalizar este complicado intento de comparar la política suiza con la china.

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