De villano neoyorquino
a semidiós chino

El pasado fin de semana jugaba su último partido como profesional el base estadounidense Stephon Marbury, que este mismo mes va a cumplir 41 años. Lo hizo en una ciudad, Pekín, que le ha entronizado de una forma que muy pocos deportistas del mundo podrían imaginar, ni siquiera estrellas como Messi o Cristiano Ronaldo.

Marbury, emocionado en su retirada.

La historia de Marbury nos habla de lo excesiva que puede ser China, de lo que puede llegar a idolatrar a alguien, y también de cómo puede cambiar ese alguien el curso de su vida. Marbury, criado en una modesta familia en el barrio neoyorquino de Brooklyn, abrigó desde niño el sueño de triunfar en la NBA, pero el destino le aguardaba un pequeño giro de guión.

Marbury sí logró llegar a la mejor liga de baloncesto del mundo, eso no se puede negar: en 1996 debutó en la NBA de la mano de los Minnesota Timberwolves, y pasaría más tarde por otros equipos como los New Jersey Nets o los Phoenix Suns, siendo seleccionado para el All Star en 2001 y 2003. En 2004 llegaba lo que quizá parecía el culmen de su carrera: Marbury era fichado por los New York Knicks, el equipo de su ciudad natal, donde tenía al alcance de la mano ser la gran estrella.

Sin embargo, las cosas se torcieron en la Gran Manzana, donde Marbury, con pinta de tener mucho carácter y bastante ego, chocó con un entrenador que tampoco le iba a la zaga, una vieja leyenda del basket como era Isiah Thomas. Marbury y Thomas no congeniaron, el segundo decidió dejar al primero en el banquillo en momentos importantes, y Stephon, muy molesto, se rebeló y prácticamente se declaró en huelga. El conflicto dio a Marbury fama de problemático y malcarado, y la prensa de la época no le ayudó demasiado a mejorar esa imagen.

“¡Sacadme de aquí!”, titulaba la prensa neoyorquina, dando a entender que Marbury quería largarse de los Knicks como fuera.
“Todo para vosotros”, decía con despecho la misma prensa neoyorquina, cuando Marbury se marchó finalmente a los Boston Celtics (donde tampoco duraría mucho).

Malas experiencias en Nueva York y Boston minaron a Marbury, quien llegó incluso a plantearse un año sabático alejado del baloncesto, a finales de la década pasada, pero llegó una oferta inesperada: un club chino no demasiado importante, los Brave Dragons de Shanxi, quería ficharle. Harto de sus problemas con entrenadores y prensa en la NBA, el base americano cruzó el Pacífico en 2010 y probó suerte en tierras chinas. La tuvo, o se la ganó…

No fue sin embargo en las ásperas tierras de Shanxi donde Marbury explotó, sino en el equipo al que emigró la temporada siguiente, un club un poco mejor en prestigio e historial pero que nunca había ganado nada, los Beijing Ducks. A este equipo le daría la gloria que nunca habían tenido, ganando con él las ligas de 2012, 2014 y 2015.

Con estos títulos, en los que Marbury fue pieza fundamental e indiscutible líder del equipo, el jugador ascendió al olimpo deportivo de China. Inauguró estatuas en su honor junto al pabellón de los Ducks…

Ese mismo estadio destinó una parte del recinto a acoger un museo en honor del jugador, que seguramente será uno de los pocos deportistas en China que tiene una exposición permanente dedicada sólo a él…

Fue imagen de los sellos de correos chinos…

Y el año pasado hasta protagonizó una película china basada en su experiencia en el país, llamada “Mi segunda casa” y por la que creo que incluso le dieron premios al mejor actor en algún festival de cine.

En la alfombra roja del Festival Internacional de Cine de Pekín.
Cartel de la película.

Pero hay mucho más… ha recibido la tarjeta de residencia permanente en China (algo que se da a muy pocos extranjeros, en general científicos o investigadores), Pekín le otorgó la llave de la ciudad, le han permitido comprar un club deportivo chino (los Beijing Lions, que juegan fútbol americano en pista cubierta), ha salido en la Gala de Año Nuevo de la televisión nacional, le han hecho un musical, le condecoraron, le nombraron ciudadano modelo de China…

Entre tanto honor, quizá la única espinita de los últimos años es que Marbury no ha podido, como deseaba, acabar su carrera en los Beijing Ducks, y el año pasado, tras agrios desacuerdos que volvieron a dejar claro que es un tipo con carácter, se marchó del equipo donde fue divinizado, aunque sin alejarse demasiado, porque fue fichado por el equipo “pequeño” de la capital, los Beijing Flying Dragons, con los que ha disputado ésta su última temporada, también en la división de honor.

Marbury es sin duda el deportista extranjero que más éxito ha tenido en China, donde al paso que va lo veo en pocos años asistiendo como miembro de la Conferencia Consultiva Política (una especie de Senado) a las reuniones anuales de la Asamblea Nacional Popular, en el Gran Palacio del Pueblo, acompañado de su colega Yao Ming.

Para despedirse, Marbury os canta a continuación, junto a otros guiris, “Beijing huanying ni” (“Pekín te da la bienvenida”), la canción oficial de los JJOO de 2008, y creo que lo hace de corazón, porque a nadie le ha dado Pekín una bienvenida tan gorda como a él. Gracias Marbury por darnos triunfos, seguro que seguirás triunfando en los otros negocios que te apañes en China.

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