Diez años de falsos viajes

Aunque no celebro mucho las Navidades (influye que las suelo pasar lejos de España y que no tengo niños) por estas fechas sigo religiosamente desde hace años dos tradiciones a través de Facebook: la primera es felicitar a todos el día en que las Navidades oficialmente terminan, el 7 de enero, y la segunda es bromear en el día de los Inocentes con que me han cambiado de destino y tengo que irme lejos.

Todo comenzó el 28 de diciembre de 2009, tal día como hoy de hace 10 años, cuando coloqué este breve texto en mi muro:

Desde aquel «paso» por Kabul, he intentado no fallar a esta cita con la broma desconcertante: en el Día de los Inocentes de 2010 mi empresa me «envió» a Chile, en 2011 a la remota Isla Pitcairn, en 2012 a Groenlandia, en 2013 a Estambul (donde mi blog iba a pasar a llamarse «TurcoTarco»), en 2014 a las islas Diaoyu/Senkaku… En 2015 hice una broma completamente opuesta y dije que Pekín me había dado permiso de residencia a cambio de que me convirtiera en ciudadano permanente en China, esto es, que no dejara nunca el país. En 2016 dije que trabajaría en La Meca como corresponsal del diario vaticano, L’Observatore Romano. En 2017 mi destino ficticio fue la no menos ficticia Tabarnia, muy de moda en aquel entonces. En 2018, como ese año sí que me trasladé en la vida real (de China a Suiza) decidí no liarla más y bromeé no con un traslado de mi persona sino de mi blog, que a partir de entonces sería escrito en japonés y se dedicaría al shintoísmo. Este año he vuelto a la tradición más clásica de cambiar de lugar de trabajo y mi supuesto nuevo destino, aunque sea más falso que un duro de madera, ha sido la isla Sentinel del Norte, famosa porque sus pobladores no dejan a nadie del exterior que se acerque a ella (tres lo han intentado en los últimos 15 años, y no han vivido para contarlo).

En fin, que con este jaleo puedo hasta elaborar un mapa de adónde me llevaron las inocentadas.

Lo irónico de estas inocentes bromas es que en el fondo de ellas residía cierta verdad: mi deseo de viajar, de dejar China, a la que estuve atado durante muchos años pensando a veces con cierta angustia que me sería casi imposible dejarla, porque allí tenía mi trabajo, mis rutinas y, en resumen, mi vida. Muchas veces algunos crédulos lectores -o auténticas víctimas por vivir en países donde el 28 de diciembre no se gastan bromas, así que me disculpo ante ellos- me felicitaban, se alegraban de mi nueva aventura, y en el fondo sentía envidia por ese falso Antonio que se iba a un falso lugar. No es que no me gustara vivir en China, ya sabéis que nunca fue así y siento en algunos aspectos haberla dejado, pero a veces me sentía un poco atado en demasía a ella. Eso me angustiaba un poco, pues si algo aprecio es la libertad de movimiento, una de las más genuinas formas de libertad, aunque para tenerla sean necesarios bienes preciados y escasos como son el tiempo y el dinero.

Me da en la nariz que el 28 de diciembre de 2020 volveré a inventarme un destino imaginario, pero al cumplir 10 años de esta tradición, me pareció interesante repasar su trayectoria, y espero que no os haya parecido un asunto muy chorras.

Y ahora, con vuestro permiso, os dejo, porque tengo que hacer la maleta: una tribu sentinelesa me espera, y tienen muy mal vino cuando se impacientan.

2 Comentarios

  1. pues creo que un año estuve a punto de enviarme como corresponsal a la Luna, pero me pareció excesivo… claro, como ir a las Sentinel del Norte es más creíble…

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