Don Quijote de la Manchuria

El post de hoy probablemente es el que escribo con mejor decorado de fondo en los casi ocho años que tiene de vida (estoy en el turístico pueblecico hunanense de Fenghuang). Esto es lo que veo mientras tecleo:

Lo digo por lo que hay tras la ventana, que conste… Las mozas eran guapas pero ya se fueron hace un rato.

Me ocuparé de Fenghuang en posts futuros, porque hoy prefiero hablar un poco de un libro que estoy leyendo a rachas, en las épocas vacacionales: «Las tres Españas del 36», del reconocido historiador Paul Preston. El libro es en realidad una colección de minibiografías de personajes clave en la Guerra Civil española, desde Franco a Manuel Azaña o la Pasionaria hasta Primo de Rivera, su hermana Pilar o incluso Millán Astray (este capítulo, visto con distancia, es quizá el más divertido de todos). El libro me ayuda a conocer una época de la que casi no sé nada, pese a su gran importancia para España: en la escuela, los profesores de Historia, después de haber dedicado meses a la España visigoda, nunca podían acabar el temario y por tanto siempre se dejaban sin explicar los últimos capítulos, precisamente los más importantes para entendernos hoy (Guerra Civil, franquismo, transición…). O quién sabe, igual era parte de le ley de punto final, no remover las cosas…

Decimos que los chinos olvidan su historia reciente (y no digo yo que no sea cierto), pero en España nos pasa tres cuartos de lo mismo, y por eso seguimos siendo los mismos extremistas sectarios de hace casi un siglo (por ambos bandos). Estamos condenados a repetir la Historia porque la hemos olvidado, y seguimos llamándonos los unos a los otros «fachas» y «rojos». Precisamente el libro de Preston rinde homenaje a la «tercera España», los moderados, los que no eran ni fascistas ni comunistas, y que en algunos casos acabaron siendo perseguidos por ambos bandos. Qué complicado es ser neutral.

Pero bueno, me voy por las ramas, ¿de qué va este blog? Ah sí, de China… Pues para regresar al redil me centraré en uno de los personajes a los que Paul Preston dedica uno de los capítulos: Salvador de Madariaga, un hombre que antes de leer este libro apenas conocía, como no fuera porque da su nombre a uno de los premios más prestigiosos de mi gremio periodístico. Vergüenza la mía, no saber casi nada de este enorme personaje.

Madariaga fue uno de los hombres más internacionales de la España dormida de principios del siglo XX. Formado en París, casado con una inglesa, escritor de libros directamente al idioma de Shakespeare, era una figura internacional como la que probablemente no hemos tenido nunca más.

Esa internacionalidad permitió a Madariaga convertirse en el representante de España en la Sociedad de Naciones, el equivalente a las Naciones Unidas que hubo antes de la Segunda Guerra Mundial. Y coincidió que, justo cuando Madariaga era nuestro embajador allí, se produjo la invasión japonesa del noreste de China (1931), lo que nosotros conocemos como Manchuria (aunque a los chinos no les gusta ese nombre). Los japoneses crearon allí un reino títere de Tokio, con el Último Emperador como falso rey, y lo llamaron Manchukuo (de ahí que a los chinos no les guste lo de Manchuria).

El caso es que, según cuenta Preston en su libro, Madariaga fue uno de los más encendidos críticos de la actitud japonesa, y se hizo famoso en las reuniones de la Sociedad de Naciones por la pasión con la que defendía a China y criticaba a Japón, pese a la lejanía geográfica del conflicto. De ahí que se ganara el apodo de «Don Quijote de la Manchuria», un apodo que le iba muy bien porque además, al menos eso dice Preston (que en todos los capítulos hace un profundo estudio psicológico de sus biografiados) era un idealista casi enfermizo, como el caballero de la triste figura.

Por lo visto, en la Sociedad de Naciones de aquel entonces (en la que no estaba Estados Unidos, todo sea dicho) los países más «guerreros» eran los «pequeños» de Europa, y se hablaba de una especie de club de países gallitos que protestaban con más energía en las reuniones. Entre ellas estaba España, y también Suiza, Dinamarca, Holanda, Suecia o Bélgica. Este último me recuerda que fue un belga quien por aquel entonces hizo otro gran alegato en favor de China y contra Japón: el dibujante Hergé, con su álbum de Tintín «El Loto Azul» (mi favorito desde pequeño, mucho antes de cultivar interés por China).

Los alegatos de Madariaga cayeron en oídos sordos. La mayor parte de los delegados de países «fuertes», como Francia o Reino Unido, le tenían mucho aprecio a Madariaga pero pensaban que su idealismo olvidaba la realidad y era impracticable. De hecho, a veces hasta el ministro de Asuntos Exteriores español de la época se molestaba porque Madariaga fuera tan llamativo en la Sociedad de Naciones (lo que hizo, sin embargo, que España fuera por una vez algo en una organización internacional) y a veces fuera por libre en sus opiniones, sin consultar a sus superiores. Hasta Azaña dice en sus diarios que a España no le interesaba nada ganarse la animadversión del Japón, y que Madariaga iba a su bola.

Pues eso, que en consecuencia, Japón se fue de rositas. Algo similar ocurriría poco después cuando Italia invadió Abisinia (Etiopía): Madariaga lo condenó, pidiendo mano dura, y Europa miró para otro lado, para evitarse problemas. Después llegaron invasiones más cercanas, las de Checoslovaquia, Austria y Polonia por parte de Alemania, y ya no hubo vuelta atrás. Quizá si se hubiera escuchado antes a Don Quijote de la Manchuria en los años 30 podría haberse evitado el terror de los 40.

PD: Mientras escribía esto la vista me ha cambiado…

1 Comment

  1. Enviado por elenuchi4
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    que risa me entro cuando empece a leer la entrada. El comentario de debajo de la foto se sale. Tiene muy buena pinta ese libro de las tres espanas.

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    Enviado por BARA
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    Muy interesante…nunca he oído sobre este señor ( quizás me disculpa que sea checa ). El libro tiene muy buena pinta, gracias por la recomendación!

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    Enviado por Leonardo
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    Muy interesante.

    By the way, Fenghuan se aprecia de noche y con tapones en los oidos para no escuchar los KTV’s de fondo…
    Enjoy Zhangjiajie !, y no dejes de visitar la montaña Tianmen y su pasarela de cristal…

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    Enviado por ChinoChano
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    Leonardo: y qué me dices de los djembés de día… ¡si aquello parece el Congo Belga! Qué ruidosa puede ser China…

    BARA, Elenuchi: Preston es uno de los mejores historiadores de España, el ser británico le da una distancia que hace más creíbles sus escritos que muchos de historiadores españoles contemporáneos (aunque él suele tirar por la izquierda, eso sí).

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    Enviado por Kailing
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    Como bien dices de Preston (yo recuerdo que habia otro britanico tambien famoso alla por los 80 -90 pero no me sale el nombre) a veces son los historiadores de fuera los que mejor comprenden (en el sentido original de la palabra) la historia del pais. Muchos Chinos, como muchos espanoles, no lo aceptan; si no eres de aqui no nos entiendes, tienes segundas intenciones, eres incapaz de comprender la idiosincrasia, «Spain (China) is different»… cuando lo que suele ocurrir es que a muchos nativos no ya el arbol, sino la mera hoja les impide ver el bosque.

    Como suelen decir verdades, a estos los de izquierdas los consideran de derechas y los derechas de izquierdas; basicamente nos desmontan de nuestras leyendas ideologico-historicas.

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    Enviado por ChinoChano
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    Además de Preston son famosos hispanistas británicos Hugh Tomas y Raymond Carr, todos especializados sobre todo en la historia contemporánea. Uno de los libros de Carr lo tuve que estudiar yo en la universidad.

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