El taiwanés más nipón

Tras dos semanas de descanso regreso a esta web con ganas de retomar algo de la actualidad china, aunque por lo que veo ésta no ha sido muy apasionante últimamente: como en el resto del mundo, la nación asiática sigue enzarzada en la lucha contra el coronavirus y también en garantizar un seguro retorno a clase de cientos de millones de colegiales chinos. Dado que no hay nada muy nuevo, voy a retomar un asunto que ocurrió a finales de julio y que dejé pasar entonces: la muerte de Lee Teng-hui, el primer presidente democrático que tuvo Taiwán.

Lee, que falleció el 30 de julio con 97 años, medró en la política taiwanesa en los años 70 y 80, durante la presidencia de Chiang Ching-kuo, quien había heredado el control de Taiwán de su padre Chiang Kai-shek, histórico líder de la República de China que se refugió en la isla tras perder la guerra civil con Mao Zedong. En el periodo de Chiang Ching-kuo, aún dictatorial pero que fue suavizando las formas algo fascistas de su padre (quien como Franco y Mussolini se hacía llamar generalissimo), Lee Teng-hui fue ministro de agricultura, alcalde de Taipei y vicepresidente, por lo que a la muerte del hijo de Chiang Kai-shek heredó de forma casi natural la presidencia de la isla.

Bajo su mandato, que duró 12 años (1988-2000), se puso fin a la ley marcial en Taiwán, y al calor del movimiento prodemocracia que empezó a principios de los 90 en la isla (el bellamente bautizado movimiento de los lirios salvajes) se convocaron las primeras elecciones democráticas en 1996, que él mismo ganó, convirtiéndose no sólo en el primer mandatario democrático de Taiwán sino también en el primero que había nacido en la isla. Sus antecesores, Chiang padre e hijo, como tantos históricos del hasta entonces partido único Kuomintang, eran refugiados procedentes de la parte continental china tras la guerra.

Una de las cosas que más llamaban la atención de Lee Teng-hui era su gran proximidad a Japón, un país que ya no sólo en China, sino también en la misma Taiwán o en otras partes de Asia Oriental es normalmente visto con animadversión por las invasiones y colonizaciones que perpetró en el siglo XX. Para Lee, sin embargo, Japón era algo diferente, porque no sintió tales invasiones: cuando él nació, en 1923, Taiwán era colonia nipona desde hacía 30 años, porque Tokio arrebató la isla a Pekín en la guerra chino-japonesa de 1894-95.

Un joven Lee posa vestido con una armadura de kendo, arte marcial japonés que practicaba.

Lee fue un japonés más en sus años de infancia y juventud: su padre trabajaba para la policía colonial de la isla, su hermano murió en la Armada nipona, y él estudió en la Universidad Imperial de Kioto. Se decía que hablaba japonés mejor que mandarín, y viajó en numerosísimas ocasiones al archipiélago vecino, incluso en sus últimos años de vida, cuando ya apenas podía moverse. Llegó incluso a visitar el santuario Yasukuni de Tokio, un lugar muy polémico porque en él se rinde homenaje, entre otros, a criminales de guerra japoneses de la Segunda Guerra Mundial. Si en China ya se arma la de dios es cristo cuando ese lugar es visitado por políticos japoneses, imaginaos lo que pasó cuando lo hizo Lee, ya como expresidente, en 2007. En su caso, se debe matizar que el Yasukuni también rinde homenaje a su hermano fallecido con la Armada nipona, entre otros muchos caídos en las guerras japonesas de los siglos XIX y XX.

Otra curiosidad de Lee es el abanico de partidos políticos en los que militó: en su juventud llegó a estar brevemente vinculado al Partido Comunista de China, después la mayor parte de su carrera política la tuvo con el Kuomintang, el gran dominador en Taiwán hasta este siglo, y finalmente se marchó de ese partido para dar su apoyo expreso a formaciones de talante independentista, aunque él en sus últimos años dijo que no era partidario de la independencia plena de la isla. Un viaje político completo, el de Lee.

De su presidencia, quizá lo que más se recuerda fue la crisis de los misiles que China y Taiwán protagonizaron en los años 1995 y 1996, precisamente cuando él estaba dándose a conocer en Occidente como el campeón de la democracia isleña. Todo comenzó con una inocente visita de Lee a Nueva York, tras la que China lanzó varios misiles en aguas del Estrecho de Formosa, alguno de ellos a menos de 100 kilómetros de costas taiwanesas. Ante ello, Estados Unidos, aliado histórico de la isla, respondió aumentando su presencia en la zona y haciendo que la joya de su Armada, el portaaviones USS Nimitz, atravesara el mismísimo estrecho de la discordia. La cosa con el tiempo se enfrió pero fue uno de los momentos en que China y Taiwán han estado más cerca de una guerra. Esperemos que no vuelva a ocurrir, aunque con el triángulo Xi-Tsai-Trump tampoco es que vivamos los mejores momentos de distensión en la zona.

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