Ese invisible fantasma de China

Como ya os conté hace unas semanas, a principios de octubre hice mi último gran viaje por China, de hecho fue el más largo que he realizado por el país, en el que recorrí las provincias de Gansu y Qinghai y la región autónoma de Ningxia, donde se puede todavía respirar el espíritu de las antiguas Rutas de la Seda. Mezcla de culturas (china, tibetana, musulmana, mongol…), bellos paisajes, impresionantes monumentos… una de las mejores experiencias que se pueden tener en el gigante asiático.

Todo fue maravilloso pero no perfecto: me llevé algún disgusto, y hoy os voy a contar uno de ellos, que casi me arruina un viaje que tanta ilusión me hacía, porque con él me quería despedir de China a lo grande.

Uno de los objetivos de ese viaje era visitar la ciudad de Linxia, poco mencionada en las guías turísticas pero que llevaba años llamándome la atención. Ya había pasado por ella hace 12 años, haciendo escala entre el monasterio tibetano de Labrang y la capital de la provincia de Gansu, Lanzhou, pero en aquel entonces sólo fue una parada de apenas unos minutos cambiando de autobús. Pese a lo rápido de aquella escala, vi que Linxia, con sus cientos de mezquitas y su población mayoritariamente musulmana, merecía una estancia más larga, así que en el viaje de octubre la incluí a última hora en el itinerario.

No fue fácil llegar a ella, porque en la etapa anterior a Linxia estuve en un pueblo cercano (Liujiaxia, junto a una espectacular presa del río Amarillo) desde el que no había autobuses hacia mi soñado destino, y sólo se podía llegar en taxi compartido y por una carretera horrorosa, llena de baches y de obras. Sacrifiqué horas de sueño, yuanes y la rabadilla para llegar a Linxia, y finalmente lo conseguí.

Una de las plazas principales de Linxia.

Linxia es una zona donde predomina la etnia Hui, que es musulmana pero de rasgos totalmente chinos (a diferencia de los uigures u otras minorías musulmanas del noroeste). Pese a estar cerca de una zona tibetana como es Xiahe, donde está el monasterio de Labrang, Linxia parece salida de Oriente Medio o Asia Central, aunque con musulmanes de ojos rasgados: hay virtualmente cientos de mezquitas en la ciudad y sus alrededores, es difícil estar en un lugar de la comarca desde el que no se vea un minarete o una cúpula de cebolla como las típicas de los recintos religiosos islámicos. No es de extrañar que a Linxia se la llame a veces “La Meca de China” por esta razón.

Feliz de haber llegado a Linxia, me puse a pasear por ella, cámara en mano (o mejor dicho, móvil dotado de cámara en mano) y empecé a hacer fotos, que es lo que muchos turistas y periodistas hacen, así que yo, que soy las dos cosas cuando viajo, hago el doble. Por supuesto, hice decenas de fotos a las muchas mezquitas del lugar: unas eran de aspecto chino, y otras más arabizadas, como salidas de Oriente Medio o Asia Central.

Entrada de una mezquita de aspecto chino.
Tres mezquitas de aspecto más arábigo en esta foto (de una de ellas sólo se ve un minarete, a la izquierda).

Todo iba bien: los muchos niños del lugar se extrañaban de verme pero eran simpáticos, y la ciudad tenía una zona de callejuelas tradicionales restaurada muy chula y otra sin restaurar no tan bonita pero más auténtica. Los muchos Hui del lugar, con sus gorros y sus velos, daban a la ciudad un aire muy diferente al de otras localidades de China, junto a los minaretes. Uno casi parecía teletransportado a Pakistán o Afganistán. Noté que, a diferencia de otros lugares de China, en las mezquitas de Linxia no podían entrar los turistas, así que no me interné en ninguna, y les hice fotos de lejos.

La cosa se empezó a torcer cuando cometí el craso error de consultar con el móvil a ver qué decía Tripadvisor de Linxia. Tripadvisor es una web de turismo que se basa en votaciones y comentarios de los internautas, y destaca de cada lugar lo más votado por los usuarios: para que os hagáis una idea, en España coloca como el lugar número uno del país para visitar un parque temático de Benidorm (al menos así era la última vez que lo consulté). No hay que tomarse muy en serio Tripadvisor, pero caí en la trampa de las redes sociales y miré en esa web, que me “sugirió” ir a las afueras de Linxia a ver… una mezquita, qué si no. En el barrio de Shitouwa, al oeste del centro de Linxia.

Para llegar a Shitouwa tomé un taxi que me llevó por una calle polvorienta y en obras a la mezquita de marras. No era muy diferente a las 20 o 30 que llevaba vistas, pero lo importante no es el destino sino el camino, así que di por buena la excursión y decidí regresar al centro de Linxia, esta vez andando, porque el taxi ya se había largado. Eran siete kilómetros, una caminata de unas dos horas, pero tenía tiempo, así que me puse en marcha y por el camino seguí viendo templos mahometanos, a los que también hice alguna foto, aunque cada vez con menos ganas porque llevaba ya muchos vistos.

Entonces llegó el primer susto: un automóvil paró y dos hombres me empezaron a preguntar que qué hacía yo por allí. Les dije que era un turista y que estaba paseando. Entonces siguieron las preguntas: que por qué fotografiaba mezquitas, que de dónde venía, que a dónde iba… finalmente me pidieron el pasaporte. No tenían ningún uniforme ni placa alguna, pero yo ya me he visto como periodista en más de un caso así en China, así que sabía que tenían algún tipo de autoridad local y tras hacerme un poco de rogar decidí mostrarles el pasaporte. Le hicieron una foto, siguieron las preguntas, y al fin me dejaron ir. Para mostrarles que no estaba molesto o asustado por la situación (cuando me han pasado estas cosas he intentado tomármelo con naturalidad, suele ser lo mejor) les pregunté si podían llevarme al centro de Linxia para ahorrarme la caminata de siete kilómetros, pero me dijeron que no, que tenían otros asuntos que lidiar, así que cada uno nos fuimos por nuestro camino.

Caminé otro rato más y al cabo de un rato regresó la pareja de policías, o de secretas, o lo que fueran, y me dijeron que habían cambiado de opinión, que me llevaban al centro. Me pareció que se estaban poniendo un poco pesados ya, pero en fin, acepté la invitación y me llevaron a un sitio más céntrico (os anticipo, antes de que sigáis leyendo, que todo esto no va a terminar en tragedia, más bien en surrealismo, no os asustéis).

Ya en el centro de Linxia, me despedí de estos dos señores, y decidí que Linxia se estaba poniendo un poco chungo para mí, así que era hora de ir tomando el autobús de vuelta a Lanzhou, a poder ser parando antes en una cafetería que había visto horas antes y que era el primer establecimiento de este tipo que veía en 10 días por esos mundos de la China profunda. Me dirigí hacia esos objetivos… y otra vez me pararon, esta vez unas cuatro o cinco personas, rodeándome. Estaba claro: había cundido entre las autoridades de Linxia la voz de que un turista sospechoso andaba suelto, y ya no me iban a dejar en paz.

Otra vez muchas preguntas, que dónde iba, quién era, qué hacía allí, y finalmente me explicaron que en Linxia no se podían hacer fotos de mezquitas y que me pedían amablemente que las borrara de mi móvil. El jefe del nuevo grupo, sonriente pero estricto, me dijo que él y yo iríamos viendo las fotos tomadas en mi móvil una a una y él iría escogiendo las que tenía que borrar. Aquí llegó el primer momento surrealista del incidente: él y yo mirando fotos, él escogiendo cuáles borrar, y yo intentando regatear: “oiga, pero ésta no, que la mezquita se ve muy pequeña”, “ésta no, que es un templo budista”, “ésta no, que es muy bonita”… Me dejó algunas, como habéis podido ver, en las que el templo mahometano se veía a lo lejos. Sólo se salvó de la “quema” de fotos dominadas por mezquitas la cuarta foto de este artículo, porque la compartí antes en Wechat, el Twitter chino, y luego la pude recuperar de allí.

Borramos al final decenas de fotos, y el muy taimado se aseguró de que las eliminara también de la papelera del iPhone, que era un truco con el que contaba yo. Pensé que ya con este borrado selectivo me libraría finalmente del acoso policial, pero no: gran parte de los que me rodeaban se marcharon pero se quedaron un chico y una chica, éstos sí uniformados como policías, y me dijeron que me “acompañaban” a la estación de autobuses. Vamos, que si no fuera porque yo ya tenía antes la intención de irme pronto de Linxia, podría decirse que me estaban “deportando” de la Meca de China…

Aquí hubo nuevos detalles surrealistas que quitan hierro a este incidente. Porque yo, que como ya os dije antes intento reaccionar a estas cosas con naturalidad, les dije que ningún problema en irme pero que si no les importaba que pararía antes en la cafetería que antes os mencioné. Me dijeron que vale, pero que me acompañaban a ella también, y que montara en su automóvil para trasladarnos al establecimiento , cosa que hice. El vehículo no tenía indicativos policiales ni sirena, y en la parte de atrás, donde me senté yo, había dos botellas de Coca Cola y varios peluches: me pregunté si la pareja de policías le había decomisado el auto a alguien con hijos, o si no tenían presupuesto para coches patrulla y tenían que llevarse el suyo de casa. Al llegar a la zona donde estaba la cafetería, se quitaron la chaqueta policial y me dijeron: “ahora ya estamos de descanso”. Bobadas: se quitaban el uniforme para no alarmar a la gente al verles acompañando a un turista guiri a tomarse un café, pero me seguían de cerca.

Lo de ir a la cafetería fue un error: yo a esas alturas ya estaba agobiado y hasta las narices de Linxia (aunque llevaba horas con cara de póker para que no se me notara) y me quería ir cuanto antes, pero el empleado de la cafetería era seguramente el tipo más lento en servir cafés al este de los Urales. Esperar ese café fue un calvario. Finalmente llegó, nos montamos en la peluchera (palabra que me acabo de inventar uniendo “peluche” y “lechera”) y me dejaron en paz cuando vieron que ya me había comprado el billete a Lanzhou. Al café me invitaron (y ellos se tomaron dos machiattos que no les gustaron nada), al billete de bus no.

En el viaje de vuelta no dejaba de darle idems al asunto y me puse a pensar qué había desencadenado todo este desagradable incidente. ¿Fueron los dos tipos del principio? ¿O algún vecino musulmán al que no le gustó verme haciendo fotos en barrios apartados y lo contó o incluso denunció a las autoridades? Nunca lo sabré, y por supuesto no estuve nunca en posición de preguntarles. Dichosas mezquitas, por qué tuve que hacerles fotos… sentado en el bus desarrollé cierta aprensión a esos recintos islámicos, que además seguía viendo sin parar desde la ventanilla del vehículo, porque como os dije al principio en esa comarca hay cientos, no dejaba de ver una y ya divisaba la siguiente.

Intenté distraerme con el móvil, pero justo ese día, en el grupo de Wechat de los periodistas españoles acreditados en China (Wechat también se puede usar como un Whatsapp, vale para todo) empezaron a hablar, casualidades de la vida, de mezquitas. Era mi sino ese día. Me aterraba pensar que al llegar a Lanzhou me estuvieran esperando más policías o secretas, pero afortunadamente no fue así (si se hubiera dado el caso, hubiera dado por terminado el viaje por las Rutas de la Seda y emprendido el regreso hacia Pekín). Esa misma noche intenté sin éxito recuperar las fotos borradas con softwares de pago que busqué en internet (menudo timo) y me puse a escribir esta historia, aunque no la he publicado hasta semanas después, cuando ya he salido de China.

La anécdota no es grave: he tenido alrededor de media docena de ligeros encontronazos con autoridades en mis 17 años en China (aunque cierto es que nunca antes me habían obligado a borrar fotos) y afortunadamente nunca acabaron en violencias o deportaciones, que en casos extremos pueden darse. Lo mío es una menudencia, pero creo que refleja bien cómo en China puedes pasar fácilmente de la normalidad a la pesadilla casi sin darte cuenta, una situación que afecta mucho más a los ciudadanos chinos que a nosotros los extranjeros. Puedes llevar una vida apacible en un sitio bonito y aparentemente acogedor como Linxia, y de repente las autoridades pueden comenzar a ejercer una presión al principio pequeña pero creciente por cuestiones que uno puede pensar que no son ilegales ni problemáticas.

Así empiezan muchos chinos a tener problemas con las autoridades que pueden convertirse en una pesadilla y convertirles en “disidentes” sin que ellos lo hayan planeado jamás o sin que conozcan siquiera qué es eso de la disidencia: un día les afea la conducta un voluntario del Partido de la zona residencial donde residen de forma inesperada (¿por recoger fondos para alguna causa? ¿por meterse en algún asunto religioso? ¿por escribir algo inconveniente en internet?), al siguiente la policía les invita a “tomar el té”, y la bola de nieve puede irse agrandando inexorablemente hasta que semanas después pueden ser detenidos sin que su familia tenga que ser avisada ni se presenten cargos públicamente contra él.

Lo mío no fue nada, y ser extranjero, aunque me hiciera más sospechoso, en el fondo me protegía, pero un chino, al que además le suelen ocultar con censura los “problemas” en los que están metidos otros de sus compatriotas, puede un día encontrarse de frente con una represión paulatina que le hará desconfiar desde entonces de todo, como yo desde aquel día “desconfié” de las mezquitas.

Echaré mucho de menos muchas cosas de China, pero desde luego una de ellas jamás será su invisible fantasma de censura y represión, oculto entre sonrisas y peluches. Cuando regrese a ella, confío en que haya sido eliminado de la faz de ese territorio.

4 Comentarios

  1. Vengo oyendo estos meses lo de los campos de concentración chinos y ahora leo esto. No puedo evitar relacionarlo, ¿qué opinión te merecen esas noticias? ¿Crees que puede guardar relación con lo que te ha ocurrido?

    • No lo sé, lo que sí me ha parecido entender tras esta experiencia es que allá donde hay zonas de influencia islámica, el mal rollo con las autoridades chinas es más que posible, ya no sólo en sitios habitados por uigures. Los policías que me invitaron al café me dieron a entender que lo que me había pasado podría pasarme también en Ningxia, sitio a donde tenía planeado ir una semana después (cosa que hice), aunque en realidad en Ningxia mi mayor problema fueron las dificultades para encontrar hotel más que encontronazos con las autoridades (en Zhongwei, la ciudad de Ningxia donde estuve, no vi ninguna mezquita, quizá eso ayudó).

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