Eternamente Liu

Es curioso, pero el fin de semana pasado, cuando yo comenzaba mi carrera como atleta, fue también el momento elegido por otro compañero de gremio, el inmenso Liu Xiang, para poner fin a la suya. En realidad Liu Xiang, el saltador de vallas de Shanghai, el mejor atleta masculino de la historia de China, no corría desde los Juegos Olímpicos de Londres 2012, pero su adiós oficial no ha sido hasta ahora, dicen que por compromisos con compañías publicitarias que le obligaban a estar teóricamente en activo 10 años (desde su salto a la fama mundial en 2004 hasta ahora, más o menos). Su despedida, entre lágrimas, fue en la misma ciudad donde comenzó a correr, Shanghai, y aprovechando que ese día su patria chica acogía la Liga de Diamante.

A mí me da mucha pena, entre otras cosas porque con su retirada, la del baloncestista Yao Ming hace un tiempo y la de la tenista Li Na hace tan sólo unos meses, se pone fin a una gran generación de deportistas mediáticos de la China en la que yo he vivido, ésta de principios de siglo XXI. Me preguntáis deportistas famosos de la China actual, en activo, y así a bote pronto no se me ocurre ninguno.

La carrera de Liu Xiang es, además, la que más me apasiona de los tres deportistas mencionados. Hace poco se supo que se va a rodar una película de Li Na, pero yo no me explico cómo a nadie se le ha ocurrido hacer también una de Liu, una historia de grandes éxitos y enormes fracasos que quedaría perfecta en celuloide. Quizá es poque Liu Xiang siempre fue un hombre discreto, no hizo tantos anuncios como las otras estrellas deportivas chinas e incluso en los mejores y peores momentos de su carrera intentó evitar las cámaras.

Pese a esa timidez, Liu ha dado enormes momentos para la historia del deporte de China, momentos que a veces han inspirado posts en este blog. Recordemos algunos de ellos, primero los buenos y luego los malos, porque además así se sucedieron cronológicamente:


Atenas 2004: Liu Xiang, que no partía como favorito pero sí como posible revelación, gana el oro olímpico. Un enorme hito para un atleta asiático, en una prueba que como casi todas las de velocidad está desde hace décadas monopolizada por corredores de raza negra. El tiempo en el que corrió la final, además, sigue siendo el récord olímpico (12,91 segundos).


Lausana 2006: El vallista shanghainés bate el récord mundial, con un tiempo de 12,88, que aún a día de hoy es la tercera mejor marca de la historia. Liu ostentaría el récord hasta 2008, en que se lo quitó su gran rival psicológico, el gafotas cubano Dayron Robles (digo psicológico porque en realidad han disputado muy pocas finales juntos, como conté en uno de los posts antes linkeados).


Osaka 2007: En Japón, un país siempre muy simbólico para los chinos, Liu sigue construyendo su leyenda y gana el Mundial. En una perfecta progresión, pues en los Mundiales de París 2003 había sido bronce, y en los de Helsinki 2005 logró la plata.


Pekín 2008: Comienza a estropearse la hasta entonces perfecta historia de Liu. En los Juegos Olímpicos disputados en su “casa”, y ante decenas de miles de espectadores que habían ido prácticamente a verle sólo a él, Liu no puede ni siquiera correr la primera de las series calificatorias, ya que se resiente de una vieja lesión que en realidad siempre le ha estado doliendo. Liu se va por la puerta de servicio, y toda China se la pasó llorando ese día (si buscáis en YouTube o YouKu podréis encontrar un montón de vídeos de aficionados chinos recordando ese día con poemas tristes y músicas fúnebres).


Daegu 2011: Tres años han pasado ya desde el desastre de Pekín. Liu ha estado todo ese tiempo entre médicos, operaciones, y disputando carreras de segundo nivel para no forzarse mucho. Tras la travesía por el desierto, está otra vez en forma y listo para dar al menos su última gran carrera, su canto del cisne. Es la final del Mundial, y al lado está su eterno rival, Dayron Robles. La carrera es triste y a la vez legendaria: Liu corre como si tuviera 10 años menos, la borda, pero llega la última valla y… a Dayron se le cruza el cable, lo agarra, y arruina a ambos. Increíble, épico y poético, aunque fuera un final tan infame. Dayron fue descalificado y Liu al menos se llevó la plata, su último gran metal. Pese a todo, se abrazaron.


Londres 2012: Un final de película, digno de esta historia. Liu sabe que ya no está para ganar, pero al menos va a intentarlo. Vuelve Liu a unos Juegos Olímpicos, esta vez no quiere irse cobardemente como en Pekín, y correrá como sea. Otra vez la primera carrera de calificación, salen los atletas y… se da el trompazo padre con la primerísima valla. Entonces Liu se levanta, se muerde el orgullo y yendo a la pata coja, llega como puede hasta la última de las vallas y le da un beso, como diciendo que nunca más correría (y así fue, realmente). Dios, ya estoy oyendo música de violín de fondo.


En fin, que se me ponen los pelos como escarpias. Lo de Liu a mi entender está al nivel de Maradona o George Best, es de esas historias deportivas que no sólo son grandes por lo alto que llegaron, sino también por lo bajo que cayeron. Liu al menos no cayó en las drogas o en el alcohol, sólo se cayó en algunas vallas. Adiós Liu Xiang, los que hemos vivido en China estos años nunca te olvidaremos.

1 Comment

  1. nviado por nobleza baturra
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    Este post me ha gustado especialmente, Antonio. Se le ve buen chaval, quizás demasiado, y también se ve que entre sus compañeros era bien querido (y envidiado!).
    Tras su marcha, solo quedas tú para tomar el relevo. Ánimo!

    ~~~
    Enviado por ChinoChano
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    Se hará lo que se pueda, ¡para Río 2016 me veo aún con pocas posibilidades, pero en Tokio 2020 iré a por todas!

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