Frankenstein, hijo del volcán

Una de las primeras cosas que hice al llegar hace unos meses a Ginebra fue visitar la estatua que hay en el centro de la ciudad en honor al Monstruo de Frankenstein. No está en la ciudad suiza por capricho: Mary Shelley, la creadora de ese personaje, lo ideó en tenebrosas noches que vivió en Ginebra junto a otros escritores de la época, y la culpa de que las noches fueran tenebrosas la tuvo, en parte, un volcán asiático, situado a miles de kilómetros de allí.

Sí, no se parece al Monstruo de Frankenstein típico de las películas, con tornillos en una cabeza cuadrada, pero es que el personaje del libro es muy diferente del que fue adaptado por el cine.

En 1815 se produjo la que según los expertos es quizá la mayor erupción volcánica de la historia terrestre y la más mortífera, en la isla indonesia de Sumbawa, donde el volcán Tambora petó a lo grande. La erupción causó unos 10.000 muertos instantáneamente, y se calcula que en días posteriores mató a otras 70.000 personas en la zona por hambre y enfermedades derivadas de la catástrofe.

El volcán en la actualidad (antes de la erupción sería más alto y su agujero no tan grande).

Los efectos de esa erupción no se quedaron allí: la enorme masa de cenizas que liberó esa explosión en la atmósfera terrestre se extendió por buena parte del planeta durante meses, contribuyendo a que el año siguiente, 1816, tuviera menos luz solar de lo habitual y fuera así uno de los más fríos de la historia reciente en muchos países. Se le conoció como el año sin verano.

Y precisamente en el verano de ese año sin verano, Lord Byron invitó a varios escritores ingleses amigos suyos a pasar una temporada en la casa que tenía en las afueras de Ginebra, junto al lago Lemán. Entre los invitados estaban Percy Shelley (conocido por su poema Ozymandias) y su esposa Mary Shelley. La idea de Lord Byron era seguramente pasear con sus invitados por el lago y hacer alguna excursión por las montañas suizas, pero por culpa del volcán de las narices les llovió casi todos los días y acabaron por pasar gran parte del tiempo en la mansión del lord, celebrando tertulias literarias (esta historia la cuenta la película española Remando al Viento, por cierto).

En esas veladas interminables y algo oscuras los pensamientos también eran algo tétricos, por lo que Lord Byron propuso a los presentes que cada uno inventara una historia de terror para intentar asustar al resto. Algunos respondieron al reto, entre ellos Mary Shelley, que en esas noches cenicientas (por la ceniza del volcán, quiero decir) ideó los primeros bocetos de lo que años después sería «Frankenstein o el moderno Prometeo», novela también conocida como Frankenstein a secas. Aunque no podemos decir que Drácula naciera también en esas noches ginebrinas con ceniza indonesia (la leyenda transilvana es mucho anterior) sí podemos apuntar que otro invitado en las veladas de Lord Byron, John Polidori, escribió la historia «El Vampiro», ideando el arquetípico chupasangres de la época romántica que acabaría inspirando años después e Bram Stoker en su mucho más conocida novela.

El volcán Tambora también tuvo efectos en la pintura de la época: el también británico William Turner se inspiró en los extraños anocheceres que las cenizas creaban aquellos años en Inglaterra para pintar algunos de sus cuadros, siendo importantes pasos del artista en su camino hacia una obra que en el siglo XX inspiraría a escuelas tan importantes como el expresionismo o el arte abstracto.

Otros efectos no fueron tan estéticos: muchos países de Europa, EEUU, India o China perdieron sus cosechas durante varios años, lo que llevó a muchos lugares a sufrir las peores hambrunas del siglo XIX. Murieron miles de cabezas de ganado y también muchos caballos, lo que indirectamente también llevó, dicen algunos historiadores, a que los inventores comenzaran a idear los primeros rudimentos de las futuras bicicletas, a falta de animales de tiro. En el sur chino, la desesperación llevó a cultivar opio, hasta entonces algo muy mal visto en el país, dando origen a lo que hoy es aún la principal zona mundial de producción de heroína, el «Triángulo de Oro» que se extiende por Birmania, Laos y Tailandia.

Ya supimos en 2010, con la erupción del volcán islandés Eyjafjallajökull (nueve años después sigue siendo impronunciable) que estas montañas humeantes son las reinas del efecto mariposa: dos siglos antes, el Tambora indonesio sentó las bases para que ahora un monstruo de piedra adorne las calles de Ginebra.

2 Comentarios

  1. Muy interesante el artículo. Me has recordado, efectivament, la erupción del Eyjafjallajökull, ya que me afectó personalmente (aunque no fue tan grave como una hambruna!). Ese mismo día tenía que volar a Londres para asistir a un concierto de Dee Dee Bridgewater en el Barbican, pero naturalmente el avión no salió y me tuve que quedar en casa (y lo peor: fui a currar, pese a haberme pedido libre el día). Conseguí recuperar la pasta del vuelo y hasta el hotel reservado se portó bien y no me hizo ningún cargo. A la Bridgewater, lamentablemente, no he tenido oportunidad de escucharla después.

    • A mí me pilló en Macao, donde conocí a unos belgas que por culpa del volcán se habían quedado más días de la cuenta allí y se estaban gastando toda la pasta en los casinos. No creo que Islandia les indemnizara por su ludopatía…

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