Golpe de China en la ONU

Saludos a todos después de unas semanas sin postear, ya que estuve de viaje por Italia, huyendo de los primeros fríos del otoño ginebrino. Durante mi ausencia pasó algo muy importante relacionado con China en la sede europea de Naciones Unidas en Ginebra, así que procedo a contarlo.

Todo empezó cuando, como os explicaba hace un mes, la ONU publicó, no sin dificultades, un informe sobre la situación de los derechos humanos en Xinjiang que dejaba en muy mal lugar a China, hasta el punto de abrir la posibilidad a que en esa región se estuvieran cometiendo crímenes de lesa humanidad. El informe se publicaba poco antes de que comenzara una de las tres sesiones anuales del Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas, la reunión en la que durante unas cuatro o cinco semanas se debaten en Ginebra todo tipo de problemas relacionados con las libertades fundamentales.

La reunión comenzó el 12 de septiembre con el morbo de saber si el informe iba a desatar amplias discusiones y condenas en el Consejo o no. En el día inaugural, ya dio la impresión de que no iba a ser así: la alta comisionada en funciones, Nada Al-Sharif (Michelle Bachelet acababa de dejar el cargo y su sucesor, Volker Turk, aún no lo ha asumido plenamente) apenas trató la cuestión de Xinjiang en su discurso inaugural. En las intervenciones subsiguientes de los países miembros de la ONU, los occidentales sí mencionaron el informe, pero no el resto, y hubo un notable silencio por parte de los países de mayoría musulmana (éstos siempre han estado del lado de China, pero quizá se creyó que el informe de Xinjiang cambiara algo sus posturas).

Transcurrieron varios días de debates en los que la cuestión de China pareció dejarse a un lado, hasta que finalmente los países occidentales movieron ficha presentando una propuesta de resolución sobre Xinjiang, aunque con una petición muy modesta: sólo querían que se celebrara un debate especial sobre los derechos humanos en esa región, y ni siquiera en la sesión de septiembre-octubre, sino en la próxima, que será en marzo de 2023.

La propuesta de resolución, como todas las que se presentan en el Consejo de Derechos Humanos, debía votarse al final de la sesión, es decir, la semana pasada. Votaban los miembros del Consejo, que son 47 países (no los cerca de 200 miembros de la ONU, sino una selección de éstos que se va renovando cada año). Y el resultado fue muy sorprendente y ajustado: el NO a la celebración del debate se impuso por 19 votos en contra, 17 a favor y 11 abstenciones.

El resultado es especialmente importante si se tiene en cuenta que normalmente las propuestas de resolución SIEMPRE resultan aprobadas, ya que los países que las patrocinan no lo hacen a la ligera, antes de hacerlo intentan asegurarse de que van a obtener los votos suficientes para salir adelante, o de lo contrario es un golpe a su prestigio y al del propio consejo. Ésta es de hecho la segunda vez que una resolución fracasa en los 16 años de historia del Consejo (la anterior fue el año pasado, cuando falló el proyecto para renovar el mandato de observadores de la ONU en Yemen).

En este caso, los promotores de la resolución, occidentales en su mayoría, al parecer contaban con que las naciones africanas se abstendrían, como suelen hacer en resoluciones «delicadas», pero como puede verse, muchas se pusieron del lado de China y votaron en contra: Camerún, Costa De Marfil, Eritrea, Gabón, Mauritania, Namibia, Sudán. Con esos votos, los de sus aliados habituales (Venezuela, Cuba, Bolivia…) y alguno más, Pekín ha conseguido una victoria diplomática inesperada precisamente cuando Occidente quería aumentar la presión contra ella en el seno de la ONU.

Esta victoria diplomática además muestra unas Naciones Unidas cada vez más divididas entre dos visiones de los derechos humanos: la occidental, la que pone la Carta del 1948 como principal texto a cumplir, y la que lidera China, que argumenta que «cada país puede tener su propia visión de los derechos humanos», que criticar las violaciones en otras naciones es una «injerencia en sus asuntos internos» y que son más importantes los derechos económicos y sociales que los individuales (por ejemplo, que es más importante sacar de la pobreza a la población que darle prensa libre).

Esa visión, honestamente, significaría llevar a la ruina el Consejo de Derechos Humanos, del que la misma China es actualmente miembro, convirtiéndolo en una asamblea de debates vacuos, generalistas y obvios, en plan «debatamos lo malo que es el racismo sin poner ejemplos». En fin, la batalla ideológica continuará en marzo de 2023.

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