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Esta semana he viajado fugazmente a Wuzhen, uno de esos pueblos de canales y casas tradicionales que hay en el este de China, porque allí se disputa un duelo filosóficamente muy importante para el ser humano: Ke Jie, el mejor jugador del mundo de go, disputa tres partidas con AlphaGo, una inteligencia artificial diseñada por Google que parece que le está dando una buena paliza.

Ke Jie ya ha perdido las dos primeras partidas, y la última -la de la honrilla, esperamos, porque yo voy con los humanos- se disputa el sábado. Este torneo se pinta como el “duelo definitivo” de AlphaGo frente al hombre, después de haber ganado ya en 2015 al campeón de Europa (otro chino, Fan Hui, aunque nacionalizado francés) y en 2016 al 18 veces campeón del mundo, Lee Sedol, de Corea del Sur. Ya hablé de aquellas partidas el año pasado, en este post.

No desestiméis el asunto si no sabéis jugar al go (yo tampoco sé) o si no os interesan los juegos de mesa. El go es lo de menos, es sólo un símbolo, una metáfora de algo que se está viviendo actualmente y que va a cambiar el mundo: el desarrollo de la inteligencia artificial. El duelo entre Ke Jie y AlphaGo es el duelo entre los hombres y los cerebros electrónicos que los humanos estamos ya creando, con capacidad para mejorar y desarrollarse ellos solos.

Google decidió desarrollar un simulador de juego de go debido a la complejidad de este juego originado en China hace 2.500 años. Al tener un tablero tan grande (19 x 19, frente al 8 x 8 del ajedrez) las posibilidades de movimiento son mucho mayores (más que átomos hay en el universo, de hecho), y el hecho de que las fichas blancas y negras del go tengan todas el mismo valor y no puedan moverse dificulta que un cerebro electrónico pueda calcular exactamente valores y posibilidades de victoria. En resumen, es un juego complejísimo y muy intuitivo, menos lógico que el ajedrez, por lo que desarrollar computadores que lo puedan dominar ha requerido un desarrollo tecnológico que no se tenía, por ejemplo, hace exactamente 20 años, cuando un ordenador (Deep Blue) fue capaz de ganar por primera vez al número uno mundial del ajedrez (Garri Kasparov en aquel entonces).

Pero AlphaGo no sólo es más potente que Deep Blue: es algo más, un tipo de máquina completamente diferente. Deep Blue tenía almacenados los datos de cientos de miles de partidas de ajedrez para calcular matemáticamente cómo ganar a Kasparov. AlphaGo, en cambio, ha ido aprendiendo a jugar con el tiempo, casi desde cero, hasta convertirse en los tres años de “vida” que tiene en un maestro capaz de vencer a los grandes cerebros de este juego, gracias a similares esquemas que los que los humanos tenemos para aprender (ensayo-error, repetición de lo que nos va bien y evitar repetir lo que nos fue mal…). Es lo que se define por inteligencia artificial, un campo que según hemos visto en tantas películas a lo mejor acaba bien (vimos a robots que amaban en “El Hombre Bicentenario” o “A.I.”) o quizás mal (vimos robots que destruían al hombre en “Terminator”, “Matrix” o “Yo, Robot”). Todas esas películas nos fascinan, quizá porque hablan de algo más actual de lo que pensamos.

No es fácil entender el aprendizaje de una máquina con el juego del go, ya que muchos no lo practicamos y por ello sólo vemos muchas fichas blancas y negras desparramadas sin sentido aparente en un tablero de madera. Pero es más sencillo verlo con anteriores inteligencias artificiales diseñadas por DeepMind, el laboratorio que desarrolló AlphaGo. Por ejemplo, la que crearon para jugar al típico juego de romper ladrillos de toda la vida:

Es interesantísimo, pero da hasta un poco de miedo: a los 10 minutos de empezar a jugar, esta inteligencia artificial (o este algoritmo, que es como más exactamente se define a este tipo de creaciones) casi no sabe devolver la pelota. Al cabo de dos horas, sin embargo, ya las devuelve casi todas. Y lo mejor llega al cabo de cuatro horas, cuando además ha aprendido un “truco” para romper ladrillos de forma más rápida: hacer un túnel en uno de los lados. El mismo aprendizaje que un chaval adicto al Arkanoid, vaya.

Se trata, por tanto, de un concepto muy diferente al de los softwares programados, que ya sabes lo que van a hacer siempre. Lo que construye AlphaGo evoluciona y mejora de forma análoga a como mejora un ser vivo. Google lo está mostrando a través de juegos, para que sea más sencillo de ver por la gente, pero en realidad esto acabará llegando a lugares mucho más áridos y complejos, como la medicina, la química, la física, la ciencia en general. Y lo que salga de allí, dicen, aún no lo podemos imaginar.

Sin embargo, hay sombras en todo ello, como nos han mostrado ya algunas películas de Hollywood aunque fuera de forma ingenua, y cómo también señalaron los expertos de Google en los márgenes del actual torneo de go. Uno de los problemas que nace de una inteligencia artificial que evoluciona es que será más difícil de arreglar: si a un software programado para repetir las cosas una y otra vez le entra un virus, lo puedes reprogramar para que se “cure”. Sin embargo, a una inteligencia artificial que no es la misma que tú comenzaste, que ha ido evolucionando y aprendiendo, no es tan fácil “curarla”, porque una reprogramación la llevaría al principio, perdiendo todo el aprendizaje. Esto y otros dilemas que a veces salen de lo tecnológico para llegar a lo filosófico se han debatido estos días en Wuzhen, entre partida y partida de go.

Rollos epistemológicos aparte, asistir a estas partidas para mí ha sido una gran ilusión, porque aunque soy un zote para los grandes juegos mentales, me atrae mucho la épica que los rodea, ésa de los torneos sobre tableros en los que casi se puede ver a los competidores echando humo por las orejas y los grandes contrincantes se comportan a veces de forma errática. Sobre todo pasa en el ajedrez, claro está: en los últimos meses leí con pasión la biografía de Bobby Fischer en los soberbios artículos que EJ Rodríguez le dedicó en  Jotdown y la disfruté como un enano. También me encantó el programa que Informe Robinson le dedicó a los grandes duelos Karpov-Kasparov, que a mí me pillaron demasiado pequeño como para seguirlos en el momento en que se produjeron.

En el actual torneo de go, Ke Jie recuerda un poco a esos grandes genios del ajedrez. Su aspecto de empollón, su aparente sufrimiento frente al tablero (mientras lo mira se revuelve, retuerce sus manos, pone muecas extrañas…) y su pasión al hablar de las partidas (frente a un algoritmo, no lo olvidemos) en las ruedas de prensa posteriores a cada derrota me recuerdan algo a esos grandes duelos ajedrecísticos, en los que a priori parece no estar pasando nada pero en realidad hay un combate mental de alto voltaje a punto de explotar. En el de esta semana, un duelo de millones de bites contra millones de neuronas.

Vestíbulo del lugar donde se disputan las partidas. Esos puffs desparramados le dan al sitio ese genuino “toque Google”.

Las partidas de esta semana se llevaron a cabo en una sala superexclusiva en la que los periodistas, ni que decir tiene, no podíamos entrar, para no distraer a Ke Jie, pero las seguimos en lugares no menos fascinantes: dos salas, una en chino y otra en inglés, donde comentaristas expertos en go iban transmitiendo la partida. Sin tener demasiada idea del juego, tengo que deciros que me resultó admirable ver a esos locutores hablar sin parar durante cuatro o cinco horas (las partidas pueden durar hasta seis) de un juego de fichas blancas y negras estáticas en el tablero. Los cuatro comentaristas de la versión inglesa, que actuaban en parejas, se iban turnando de vez en cuando para descansar, y era increíble verlos allí, inasequibles al desaliento. Os pongo las dos partidas que ha habido hasta ahora a continuación: si os gusta el go, las disfrutaréis, y si no estáis iniciados en el juego, al menos podréis apreciar como yo la loable tarea de los locutores y los nerviosos gestos de Ke Jie.

ACTUALIZACIÓN (2-6-2017): AlphaGo ganó también la tercera partida, como se esperaba. China Daily retrató así el duelo:

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