Hiroshima a flor de piel

Mi reciente viaje a Japón fue especialmente inolvidable porque, además de toda la belleza natural que pude disfrutar (como os mostré en recientes fotos), estuve en Hiroshima, una ciudad para siempre unida a la tragedia, en la que se sienten emociones muy fuertes cuando visitas los lugares que recuerdan que fue allí donde se probó la primera bomba atómica contra seres humanos. Hay quien dice que visitar lugares vinculados a grandes tragedias de este tipo (Hiroshima, Auschwitz…) es de morbosos: yo creo que todo el mundo debería hacerlo, para aprender los graves errores que nuestra especie ha cometido a lo largo de la Historia y, además, para ver que incluso tras las catástrofes la vida sigue para los supervivientes y las ciudades pueden resurgir de las cenizas. Hiroshima es hoy una de las ciudades más grandes de Japón, con más de dos millones de habitantes, jardines bellísimos, gran vida nocturna…

La vida siguió para los supervivientes de una bomba que mató a aproximadamente 350.000 personas el 6 de agosto de 1945, pero la ciudad de Hiroshima conserva aún muchos recuerdos de aquel aciago día. El más famoso es el A-Dome, un antiguo edificio del gobierno provincial que antes de la bomba ya era uno de los símbolos de la ciudad (por su “exótico” aspecto europeo, ya que lo había diseñado un arquitecto checo) y tenía una bonita cúpula de cobre con el mismo color verde que la Estatua de la Libertad neoyorquina. Esa cúpula se fundió con la bomba, pero el resto del edificio quedó bastante en pie, y se conserva más o menos como quedó:

La foto muestra cómo era el edificio antes del bombardeo.
Un anciano de los muchos que hay por la zona que recuerda el bombardeo (algunos supongo que serán supervivientes, o familiares de víctimas) explica a escolares japoneses la historia del edificio.

El A-Dome fue además el edificio que quedó en pie más cerca del hipocentro de la bomba, es decir, el punto exacto donde ésta estalló (no lo hizo en el suelo sino cuando estaba a 600 metros de altura, ya que de esta manera su poder de destrucción aún era mayor).

Maqueta del Museo Memorial de la Paz, donde se muestra a escala dónde estalló la bomba. En la sombra que la bola roja hace en el suelo, a la izquierda, está el A-Dome.

El hipocentro exacto de la bomba de Hiroshima, el punto sobre el que la bomba estalló, está una calle situada unos 50 metros al este del A-Dome, en un lugar de lo más anodino que hoy ocupa un hospital, pero donde hay una placa que recuerda esto (en la ciudad hay muchísimos carteles que cuentan cosas del bombardeo y los efectos horrorosos que causó en cada lugar). A esta placa también acuden muchos niños en viajes del colegio, y me fijé que siempre había un escolar, quizá el delegado de la clase, que leía un texto en cada grupo. Quizá algo sobre la paz o contra las armas nucleares, pues la abolición de éstas es una bandera que desde 1945 han tomado con fuerza tanto Hiroshima como Nagasaki.

La calle del hipocentro.
Hospital actual, con la placa conmemorativa al pie.

Cuando me fui de Hiroshima, el avión sobrevoló la ciudad y pude ver con claridad tanto el sitio donde está el A-Dome como la calle de al lado sobre la que la bomba estalló, y también el famoso puente en forma de T que era el principal objetivo del Enola Gay, el bombardero B-29 que lanzó la mortífera arma.

Silueta de Hiroshima, una ciudad surcada de canales y puentes, vista desde el avión.

La bomba falló por unos 50 o 100 metros su objetivo exacto, pero vamos, con el potencial destructor que tenía, quemando y pulverizando prácticamente todo lo que había a varios kilómetros a la redonda, dio un poco igual.

El A-Dome es bastante famoso fuera de Japón, pero hay otros edificios que aguantaron en pie tras el bombardeo. Uno de ellos es una antigua sede de un banco que hoy también es un pequeño museo al que apenas va nadie, pero que es muy interesante: al entrar se ven mostradores de banco antiguo, y se cuenta cómo la entidad, de forma casi increíble, abrió y ofreció servicios bancarios, mal que bien, al día siguiente del bombardeo.

En las paredes del interior del banco -donde no hubo ningún superviviente, los que abrieron al día siguiente eran de otras sucursales del país- todavía pueden verse algunos de los efectos que causó la bomba. Por ejemplo, hay varias marcas en paredes de madera de los cristales que volaron y se clavaron en ellas (mucha gente murió así, cortada por los cristales y los escombros que al saltar por los aires se convertían en metralla).

También hay un colegio cerca en el que uno de los edificios aguantó en pie, y que se convirtió en una especie de hospital de campaña. En las paredes de ese hospital de emergencia muchos supervivientes escribieron mensajes para intentar comunicarse con sus familiares en caso de que hubieran sobrevivido, y esas pintadas aún se conservan. El lugar también es famoso porque en ese edificio sobrevivieron unos niños que en el momento del bombardeo estaban en su sótano, cambiándose de zapatos.

Interior del colegio, lleno de ofrendas de homenaje.

Las guirnaldas de colores que veis en la foto están hechas de grullas de papel, de origami, y son también un símbolo de la ciudad, ligado a la triste historia de Sadako, una niña que sobrevivió a la bomba atómica pero, como muchos otros supervivientes, desarrolló problemas físicos debido a la radiación. Diagnosticada con cáncer, Sadako pensó que para poder curarse tenía que hacer grullas de papel sin parar, puesto que una leyenda japonesa atribuía a esos animales el poder de la inmortalidad, así que en sus últimos meses de vida comenzó a doblar y doblar papelitos, y mucha gente de todo Japón junto a ella, como muestra de solidaridad. Sadako falleció para desolación de Hiroshima y del resto del país, pero su memoria sigue viva con miles de grullas de papel de colores en muchos monumentos de la ciudad, para recordarla a ella y a quienes sufrieron por la bomba atómica años, décadas después de que Japón firmara la paz.

Muchas de las cosas que os he escrito y bastantes más se cuentan en el Museo del Memorial de la Paz, que se encuentra cerca del A-Dome, en la zona que quedó más arrasada por la bomba atómica, hoy convertida en un parque con decenas de monumentos de homenaje a las víctimas. El museo, es de obligada visita -vuelvo a insistir, no para ser morboso, sino para no dar la espalda a la Historia- pero también es muy duro. Te va a dejar muy mal cuerpo: se cuentan las historias de las últimas horas de vida de muchos niños, se muestran sus pertenencias, hasta hay una lengua que se le cayó a un enfermo por la radiación. Se cuenta la historia de Sadako, y hasta hay una de esas supuestas “sombras de la bomba atómica”, paredes en las que se ve lo que parece una silueta de una persona que probablemente quedó reducida a cenizas por la explosión, y sus cenizas se pegaron al cemento como una sombra. Todo contado con bastante neutralidad, sin demasiadas menciones a Estados Unidos, que fue el que tiró la bomba atómica, e incluso pidiendo perdón, a la salida del museo, por los crímenes que Japón cometió en aquella guerra, que no fueron pocos.

Monumento de una madre resguardando a un niño de la “lluvia negra”, una lluvia oscura y radiactiva que cayó en Hiroshima durante los días posteriores al bombardeo.

Como sabréis, este año Barack Obama se convirtió en el primer presidente de EEUU en visitar Hiroshima, un punto muy oscuro para la Historia norteamericana (ya hablamos de esto hace unos meses en este mismo blog). He de decir, un poco a mi pesar pero también algo enternecido, que en Hiroshima siguen recordando con cariño esa visita: en el museo, por ejemplo, se vende a los turistas el discurso que dio Obama, encuadernado, y se guardan las dos grullas de papel que el presidente americano hizo -qué mañoso, el tío- para recordar a Sadako, como hacen muchos visitantes de Hiroshima. Hasta hay tiendas que todavía tienen merchandising de esa visita (que por cierto, va a ser correspondida pronto por el primer ministro japonés, Shinzo Abe, ya que a finales de este mes va a Pearl Harbor).

Hiroshima es hoy día una bonita ciudad japonesa, rodeada de montañas verdes, con la preciosa isla de Miyajima, tranvías vintage en sus calles y hasta un castillo. Nunca se podrá desligar del horror atómico y radiactivo, pero al menos ha intentado seguir adelante, mirando al futuro sin olvidar el pasado. Al menos, que sirva para recordar a la humanidad que una bomba que mata indiscriminadamente cientos de miles de personas en un segundo no tiene justificación ninguna. Ojalá el A-Dome hubiera podido conservar para siempre su brillante cúpula verde. Al menos, en la Avenida de la Paz de Hiroshima (sí, en esta ciudad todo tiene alusiones al pacifismo), hay una estatua que intenta revivir ese sueño con luces.

1 Comment

  1. Enviado por Paloma Chen
    (Contacto Página)
    Justamente acabo de leer “Hiroshima”, de John Hersey, uno de los textos de periodismo mejor escritos de la historia. Lo recomiendo para saber más sobre algunos de los supervivientes de Hiroshima (las consecuencias que acarrearon el resto de su vida, etc)

    ~~~
    Enviado por ChinoChano
    (Contacto Página)
    Gracias por la recomendación!

Deja un comentario

Tu dirección de correo no será publicada.