La agitada vida de Anna Chennault

El pasado 30 de marzo moría en Washington (unos periódicos dicen que a los 92 años, otros que a los 94) Anna Chennault, un interesantísimo personaje que yo no conocía antes de leer su obituario en la web de la BBC, aunque tras esa lectura lamento profundamente no haber sabido nada de ella hasta ahora. Su historia es tan fascinante, y tan de película, que cuesta creérsela. Además, en sus últimos años de vida nuestras vidas se cruzaron durante unos escasos minutos, pero yo no sabía entonces nada de su portentosa biografía y perdí la oportunidad de entrevistar a un personaje digno de entrada larga de Wikipedia (web de la que he sacado algunos datos para escribir hoy).

Anna Chennault parece el nombre de una actriz de la nouvelle vague, pero en realidad es el de una mujer que nació en el Pekín de los años 20, y a la que sus padres llamaron primero Chen Xiangmei. Su padre era un diplomático al que cuando se le asignó trabajar en un consulado en México llevó a su familia a Hong Kong en 1935, porque no podía permitirse que todos fueran a América y temía que en Pekín les pillara la inminente invasión japonesa. En Hong Kong la madre de Chen murió en 1938 y la hija, aún adolescente, se tuvo que hacer cargo de sus cinco hermanas más pequeñas. En éstas les pilló la invasión nipona de Hong Kong (1941), así que ella y sus hermanas huyeron a la China no ocupada aterrorizadas por el ejército japonés, que en los primeros días tras la conquista de Hong Kong declaró que todas las mujeres de la ciudad podían ser violadas por los soldados imperiales como “agradecimiento por liberarlas”.

En China, Chen y sus hermanas vivieron años en la pobreza más absoluta, pero lograron estudiar y ella acabó convertida en reportera de guerra para la Agencia Central de China (¡reportera de agencia, qué oficio más honorable!). Aprovechando sus conocimientos de inglés adquiridos en Hong Kong, la agencia le encargó entrevistar al general Claire Chennault (el nombre de pila engaña un poco, pero era un hombre, que conste). Ese encargo le cambiaría la vida.

Claire Chennault estaba a cargo del escuadrón aéreo de los Tigres Voladores, un famosísimo grupo de aviadores estadounidenses que con base en Yunnan (la provincia del sur de China limítrofe con Birmania y Laos) fue el principal apoyo de EEUU a China contra los japoneses durante toda la Segunda Guerra Mundial. Chennault es un reconocidísimo héroe de guerra para los chinos.

Los Tigres Voladores, que pese a su nombre parecían más bien tiburones.

Chennault y Chen se conocieron merced a esa entrevista, aunque quizá ayudados también por que una de las hermanas menores de la periodista trabajaba como enfermera para los Tigres Voladores. Fuera como fuera, la cerilla del amor se encendió. Chennault era 30 años mayor que ella, estaba casado y tenía ocho hijos, pero cuando el general volvió a Estados Unidos se llevó consigo a la corresponsal, se divorció poco después y se casó con ella en 1947, teniendo la pareja dos hijos.

Con esto ya tendríamos suficiente para una película del Hollywood clásico de los 40, una especie de Casablanca a la oriental, pero Chen, que tras el matrimonio cambió su nombre por el de Anna Chennault, estaba sólo empezando su periplo: vivió muchísimas más vicisitudes. Para empezar, las que implicó el hecho de que su marido viviera en Louisiana, un lugar que en aquellos años era muy racista, hasta el punto de que no se permitían las bodas interraciales y teóricamente en la zona residencial donde tenía el general su mansión no se permitía la entrada a personas que no fueran de raza blanca. De todos modos, Anna pudo superar las trabas sociales, ayudada seguramente por su fuerte personalidad y también por la fama de su marido.

El general Chennault, fumador empedernido, murió de cáncer de pulmón en 1958, y Anna quedó a cargo de la familia pero también de las empresas de su marido, que tras la guerra se había dedicado al transporte aéreo de carga. Además heredó la incipiente carrera política de éste, que en la posguerra se convirtió en una suerte de lobbysta a favor de la República de China (exiliada en Taiwán tras ser derrotada por los comunistas de Mao en 1949). La joven viuda, con 35 años, dejó la húmeda Louisiana y se mudó a Washington.

Allí, Anna Chennault se convirtió en la cara más conocida de los estadounidenses de origen chino y en una suerte de símbolo de la política de Washington para con China y Taiwán: un personaje que el Washington Post bautizó como “Mariposa de Acero” y que Nixon rebautizó como “Lady Dragon”. Defensora a ultranza de la República de China frente al régimen comunista de Mao, Anna se convirtió en una cara conocidísima de la política de Washington, pero también fue una de las grandes figuras de la vida social de la capital, donde se hicieron famosas sus recepciones en el apartamento que tenía en el edificio Watergate (sí, el que dio nombre al famoso escándalo de Nixon). Anna, dicen, fue la primera china recibida en la Casa Blanca, donde los presidentes estadounidenses la recibieron en múltiples ocasiones, siendo JFK el primero en hacerlo.

Con Kennedy.
Con Nixon y Kissinger, los grandes responsables de que China y EEUU reiniciaran lazos diplomáticos (para disgusto de Anna).
Con Bush padre (pero creo que la foto es de antes de que fuera presidente, en su época como pseudorepresentante diplomático de EEUU en China antes de que hubiera embajada).
Con Reagan.

Su influencia en la política estadounidense, como una de las principales caras de los asioamericanos de EEUU, fue notable, y aunque en general Anna tuvo un perfil conservador y marcadamente anticomunista, acabó adoptando diferentes caras. Comenzó haciendo campaña por Nixon antes de que éste llegara a la presidencia, y en esa época hay un oscuro pasaje en su biografía en el que se dice que Anna intervino en las conversaciones de paz entre Vietnam del Norte y del Sur en París para intentar arruinarlas y que eso beneficiara electoralmente a Nixon. Su idea era la de que EEUU había abandonado a China dejándola en manos de los comunistas, y que no debía repetir ese “error” en Vietnam.

Pese a su anticomunismo, años después Reagan envió a Anna a una misión pseudooficial a China para acercar lazos entre Pekín y Washington, y allí ella tuvo un histórico encuentro con Deng Xiaoping. Tras ese viaje Anna moderó su postura hacia la China popular.

Ayudada por el hecho de que no tenía cargos políticos oficiales, Anna pudo hacer de puente de EEUU tanto con China como con Taiwán. La periodista y lobbysta puede presumir de haberse reunido con mandatarios de los dos territorios enfrentados: fue amiga de Chiang Kai-shek, némesis de Mao que montó en Taiwán un gobierno en el exilio que aún perdura, y de su hijo Chiang Chin-kuo, que heredó la presidencia de su padre en los 70 y 80.

Anna con Chiang hijo.

En China, su oposición al comunismo y su apoyo a Taiwán sorprendentemente nunca importaron demasiado, eran compensados por el hecho de ser la viuda de un héroe de guerra tan querido como el general Chennault y por el orgullo que a los chinos les daba que una mujer nacida en Pekín tuviera tanta influencia entre los presidentes estadounidenses. No es de extrañar por tanto que cuando el actual presidente chino, Xi Jinping, organizó en 2015 una entrega de condecoraciones a héroes de la guerra contra Japón (o a sus familiares), Anna fuera una de las invitadas y condecoradas.

Y allí es donde os contaba que mi vida se cruzó brevemente con la de la gran Anna Chennault, porque yo estuve -como periodista, obviamente, no como condecorado- en esa ceremonia de entrega de medallas, celebrada en el Gran Palacio del Pueblo, y hasta hice una foto de ella entre veteranos de la II Guerra Mundial, ignorando que estaba a pocos metros de un personaje casi legendario (pese a esos pocos metros, la foto es muy borrosa, ya me perdonaréis).

Anna Chennault dejó este mundo la semana pasada, legando una interesante y aún no del todo conocida vida de la que si os interesa saber más podéis hacerlo echando un vistazo a la biografía que de ella escribió hace unos años Catherine Forslund. Descanse en paz, que en este mundo vio de todo.

2 Comentarios

    • Sí, es una vida fascinante, es muy guai encontrarse de vez en cuando con personajes así de los que no se sabía nada.

Deja un comentario

Tu dirección de correo no será publicada.




Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.