La bella que saltó en la bestia

Los Juegos Olímpicos de invierno siguen en Pekín a todo tren, y esta semana está totalmente prohibido que cualquier blog, web, cuenta de Twitter o similar con tema chino no trate sobre Gu Ailing, así que voy a cumplir con mis obligaciones y hablaros de esta esquiadora chino-estadounidense, aunque soy consciente de que ya debéis haber escuchado mucho sobre ella.

Gu, con tan sólo 18 años, ha ganado el oro en big air, una rama del esquí acrobático que acaba de incorporarse al programa olímpico. La esquiadora ha dado con ello una de las primeras victorias a la anfitriona China, que no es tan buena en los deportes invernales como en los estivales.

La plata fue para Francia y el bronce para Suiza, así que en donde vivo (alrededores de Ginebra) también hubo celebraciones.

Gu Ailing (también conocida como Eileen Gu) tiene dos particularidades que la han convertido en la gran protagonista de esta primera semana de Juegos: la primera es que es muy guapa. Tanto que ha salido ya, con su corta edad, en decenas de portadas de revistas de moda, anuncios publicitarios y otros muchos saraos extradeportivos.

Parte del secreto de su belleza está en lo exótico de su cara: Gu es hija de padre estadounidense y madre china, y ese mestizaje se le nota claramente en la cara, que a veces te puede parecer occidental y otras asiática, según por donde la mires: es como Keanu Reeves, pero además sabe sonreír.

La segunda cosa que ha dado notoriedad a Gu es que aunque nació en Estados Unidos (concretamente en San Francisco, centro histórico de la migración china en el país) ha decidido defender los colores de China. Esto, en el actual momento de tensiones entre las dos grandes potencias, se ha transformado en un arma arrojadiza en la prensa y en las redes sociales: algunos estadounidenses la consideran una traidora, mientras que algunos chinos la han convertido en un orgullo nacional instantáneo.

Política aparte, lo cierto es que la situación legal de Gu es todo un misterio, porque China no admite la doble nacionalidad, así que la chica tendría que tener ahora pasaporte chino, habiendo renunciado con ello al estadounidense, que, seamos honestos, es bastante mejor de tener en este mundo. ¿Es seguro que Gu ha tomado este paso? ¿O China ha hecho con ella una excepción y le deja tener una especie de doble nacionalidad que oficialmente no reconoce? En fin, incógnitas que siguen ahí porque ni China ni ella han querido aclarar estos puntos.

La victoria de Gu no sólo ha sido muy comentada incluso fuera de China por el aspecto político, sino también por el lugar donde se produjo: la competición se desarrolló en las «ruinas» del gigante siderúrgico chino Shougang, en las afueras occidentales de Pekín, en un antiguo paisaje industrial reconvertido en parque y en el que enormes chimeneas que parecían las de la central atómica de Springfield (aunque no eran en absoluto nucleares) proporcionaban un inédito fondo a los saltos de los esquiadores acrobáticos.

La propia Gu es la que aparece saltando en estas fotos.

Este escenario tan original ha despertado diversas reacciones: algunos lo han visto feo, incluso se han atrevido a decir que era «distópico», perfecto para una ciudad tan célebre por su contaminación como es Pekín. Sin embargo, también ha habido fervientes defensores, entre los que me encuentro: convertir una fábrica altamente contaminante como era Shougang en un parque deportivo y de recreo es precisamente un buen gesto de cara al medio ambiente.

Aquella enorme fábrica fue cerrada y movida a las afueras precisamente de cara a los anteriores JJOO pequineses, los de Pekín 2008, como parte de las promesas de las autoridades por mejorar el medio ambiente local. Yo hablé de ella por aquel entonces en este blog, comentando que la gran avenida de la ciudad, la que se conoce como Chang’An cuando pasa por Tiananmen, llevaba precisamente a estas factorías en su extremo oeste.

Antes y después.

No es la primera vez que un paisaje industrial se reconvierte en Pekín: también tenemos el famoso distrito 798, en el noreste de la capital, que fue a principios de este siglo la meca del arte contemporáneo chino y hoy se ha gentrificado y es un nido de cafeterías caras, galerías carísimas e instagrameros. El pasado industrial también es pasado, y no hay por qué enterrarlo.

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