La lucha que une a todos
separa a China y EEUU

En estos días tan excepcionales, viviendo circunstancias que nunca habíamos vivido, es difícil tener la mente fija en un asunto… de repente te cuentan que decenas de ancianos han muerto de coronavirus en un centro de mayores, al minuto siguiente te han cancelado la Eurocopa o Eurovisión por primera vez en la historia, luego aparecen las cuentas oficiales con miles de nuevos casos en Italia y España, aún no has cogido aire y te dicen que 25 millones de personas se pueden quedar sin empleo en la crisis que se avecina incluso venciendo al coronavirus… en un sólo día tienes que digerir decenas de titulares que en circunstancias normales darían para un mes de tertulias. En fin, está claro que estamos en un año para la Historia, quién sabe si el del fin de una era y el comienzo de otra, como tanto le gusta decir al presidente Xi Jinping.

El coronavirus está afectando a tantos países y de tantas maneras que es imposible seguirlo todo, incluso teniendo la OMS a cinco kilómetros de casa (su recinto está también casi en cuarentena, pues hasta allí ha habido casos de COVID-19). Pero en fin, labor de esta web es acordarse de China de vez en cuando y contar lo que pasa allí, y las noticias que de allá proceden estos días inyectan optimismo por el descenso de casos y la progresiva vuelta a la normalidad en ciudades como Pekín o Shanghái. Sin embargo, lo que está lejos de normalizarse, y más bien se está deteriorando, es la relación entre China y EEUU con la crisis coronavírica de fondo. Mientras en el resto del mundo parece que nuestras diferencias políticas e ideológicas se han aparcado porque todos estamos asustados y estamos intentando no contagiarnos ni contagiar, las grandes potencias están usando esta emergencia global como una nueva excusa para pelearse una y otra vez, y en esta ocasión la pelea es cultural.

Ya comentamos aquí hace unos cuantos posts (parece que hayan sido años, pero no ha pasado ni un mes) la expulsión de tres periodistas del Wall Street Journal por la publicación de un artículo en ese diario con el titular «China es el verdadero enfermo de Asia», que como recordaréis tenía connotaciones históricas (se usaba para vilipendiar al debilitado Imperio chino a finales del XIX y principios del XX) y causó ira entre lectores chinos y políticos comunistas.

Lo que siguió a esa medida, que no podemos decir que fuera sin precedentes (en la última década China había expulsado a casi una decena de reporteros, muchos de ellos de medios estadounidenses) fue una mucho menos difundida por el mundo, pero en mi opinión igual de deplorable: las autoridades estadounidenses anunciaron que reducirían en un tercio las visas para periodistas de medios oficiales chinos acreditados en EEUU (CCTV, Diario del Pueblo, Xinhua, Radio Internacional de China y China Daily) lo que en la práctica suponía la expulsión de 60 profesionales chinos de territorio estadounidense. Se puede debatir si la prensa oficial china es periodismo de verdad o no, pero lo que es indudable es que los que trabajan en ella sí son periodistas, algunos de ellos sometidos a mucha presión por la censura y la autocensura, y como reportero que soy siento su expulsión de la misma manera que la de los occidentales expulsados de China.

Y como ocurrió en la guerra comercial con las tarifas que alternativamente iban imponiéndose chinos y estadounidenses en plan bola de nieve, en esta guerra informativa la cosa está lejos de terminar, como se vio ayer, cuando China tomó represalias contra la represalia estadounidense y anunció la expulsión de todos los periodistas de los diarios New York Times, Wall Street Journal y Washington Post (creo que esto afecta a 13 reporteros más), además de mayores limitaciones para la revista Time y la emisora Voice of America. Llama la atención que se haya «salvado» la tan criticada en China CNN, pero el caso es que las televisiones estadounidenses no se han visto afectadas por el castigo de Pekín.

A esta guerra informativa le acompaña otra batalla de tuits encabezada por el tuitero compulsivo Donald Trump y sus acólitos, que han decidido referirse una y otra vez al coronavirus causante del COVID-19 como el «virus chino», un derogatorio término que, por cierto, también usó uno de los primeros políticos españoles que dio positivo por el coronavirus, el ¿voxiano? ¿voxero? Ortega Smith.

En China, y hoy también en la OMS, insisten en que no debe usarse un término étnico para referirse a esta pandemia, señalando que tampoco se habla, en buena lid, de la «gripe norteamericana» para referirse a la gripe A de 2009. En fin, esto en España lo conocemos bien, a todos nos duele que una de las enfermedades más letales de la historia, la gripe de 1918, se llame injustamente «gripe española», pero qué le vamos a hacer, tampoco creo que afecte demasiado a nuestra imagen internacional, sobre todo pasado ya un siglo de que aquella influenza hiciera estragos.

Los chinos también están cargando mucho las tintas en esta batalla cultural, como demostró recientemente uno de los portavoces de Asuntos Exteriores chino, Zhao Lijian, al aludir a una de las muchas teorías conspiranoicas que circulan últimamente en redes sociales, más falsas que un duro de madera, según la cual el coronavirus fue llevado a Wuhan por soldados estadounidenses en octubre del año pasado, cuando se disputaron en esa misma ciudad las Olimpiadas Militares. Con la montaña de informaciones reales traumáticas que cada jornada tenemos que leer desde que empezó esta crisis, ¿para qué demonios aderezarlas con bulos?

4 Comentarios

  1. La culpa de todo es del gobierno chino. Si hubieran tomado medidas al principio, en lugar de mirar para otro sitio o silenciar a los médicos que descubrieron el virus, no estaríamos en esta situación. Se hubiera podido contener a tiempo.

    Quien va a pagar todos los transtornos que el virus está causando? Ellos? Alguien les tendría que decir que ya está bien, que estamos en un mundo globalizado, no en 1950.
    Al final se irán de rositas, como siempre.

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