La última batalla en la muralla

Cuando nos imaginamos la Gran Muralla, el más famoso monumento de los chinos, la solemos asociar a antiguas guerras de ese pueblo contra mongoles, manchúes o tártaros. Sin embargo, lo cierto es que la Gran Muralla también fue escenario de batallas mucho más modernas, incluso en la antesala de la Segunda Guerra Mundial. Los chinos lucharon codo con codo para que por ella no cruzaran los japoneses en su avance hacia el sur, en el año 1933, pero no consiguieron frenarlos.

Aquella lucha es conocida en China como la Batalla de Rehe, se prolongó durante los cinco primeros meses de aquel año, y para la República de China liderada por Chiang Kai-shek supuso una dolorosa derrota por lo simbólico de caer en el bastión defensivo de la civilización que dominó durante siglos Asia. Conviene recordar que entonces el Kuomintang tenía dos frentes abiertos: los japoneses en el noreste y los comunistas de Mao en el sur.

El detonante de la batalla fue el plan japonés de conquistar lo que entonces era la provincia china de Rehe, con capital en la bella Chengde, la antigua residencia veraniega de los emperadores. El imperialismo nipón ya había creado en el noreste chino el Estado de Manchukuo (territorio al que siempre hay que acompañar de la palabra “títere”, sobre todo si hablas de él con un chino), y quería anexionar a éste la zona de Rehe, ya muy próxima a Pekín. Mientras en el palacio real de Manchukuo en Changchun tenían convencido al Último Emperador Pu Yi de que le habían recuperado el antiguo reino de sus ancestros, los japoneses atacaban a las fuerzas chinas próximas a Pekín y éstas se veían obligadas a refugiarse en la vieja Gran Muralla. Por cierto, ya que nombro a Pu Yi, pido un minuto de silencio para recordar al recientemente fallecido Bernardo Bertolucci, que tan bien nos contó la vida del emperador-ciudadano en su oscarizada “El Último Emperador”.

La Gran Muralla, situada en lo alto de montañas ya de por sí difíciles de subir, acabó siendo como en siglos anteriores un buen refugio para los chinos frente al invasor, y se consiguieron algunas victorias parciales en tramos como el de Gubeikou (cerca del cual yo grabé hace unas semanas mi vídeo de despedida de China). En el fondo, se utilizaron técnicas que ya se aplicaban en tiempos de la dinastía Ming (1368-1644), como el traslado de tropas por los adarves de la muralla para mantener la defensa y confundir a los atacantes. Pero los japoneses estaban mejor armados que los chinos -algunos de ellos contaban sólo con espadas, también como en los tiempos dinásticos-, contrarrestaron las ancestrales tácticas antiasedio chinas a golpe de obús contra las almenas, y China acabó mordiendo el polvo en lo alto de su más grandioso monumento (tampoco pasa nada, mongoles y manchúes también lo sobrepasaron siglos atrás).

La toma de Rehe por los nipones supuso sin embargo cierta tregua para China, ya que Japón no volvió a avanzar hacia el sur hasta 1937, en lo que ya puede considerarse el prólogo de la Segunda Guerra Mundial en Oriente. Antes, en 1933, lo viejo y lo nuevo se habían enfrentado quizá por última vez: tanques contra espadas, blitzkriegs contra murallas milenarias.

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