Llegaron los Trump

La psicodélica imagen que abre el texto de hoy (que Donald Trump está usando para adornar su cuenta de Twitter, no sé durante cuánto tiempo) es una buena forma de ilustrar la breve pero intensa visita que el presidente estadounidense ha llevado a cabo a Pekín, desde el miércoles hasta el viernes. Una visita que se produce un año después de que Trump ganara las elecciones estadounidenses: aquí mismo estábamos hablando de ello hace exactamente 365 días. Abro un paréntesis para comentar que entonces los diarios llegaron a hablar de apocalipsis tras la victoria: llevamos un año y Trump ha dicho muchas barbaridades, ha cometido algún error, pero no más que la media de los líderes políticos mundiales, y que yo sepa el mundo aún no ha implosionado. Qué quieren, veo más peligro con Puigdemont.

La visita de Trump ha sido un huracán informativo: es increíble cómo se analiza cada frase, cada gesto, cada fotografía de él o de la bella Melania. Debe ser agotador ser presidente estadounidense, salvo que pases olímpicamente de toda la prensa, que no descarto que Donald lo haga.

Muchos de los análisis de la visita han girado en torno a la parte aparentemente más ligera de ésta, la de la tarde del miércoles, cuando, nada más aterrizar en el Aeropuerto de Pekín, el Cadillac de Trump y Melania -más conocido como “La Bestia”-, escoltado por casi 100 vehículos de su comitiva, se dirigió a la Ciudad Prohibida, el antiguo palacio de los emperadores chinos, donde les esperaban Xi Jinping y su esposa Peng Liyuan. Los cuatro pasaron la tarde tomando té, viendo por el móvil vídeos de la nieta de Trump -Arabella- cantando en mandarín, conociendo unas pocas de las 9.999 habitaciones del palacio, soportando escuchando ópera china y cenando en el mismo recinto imperial, algo que ningún líder extranjero había conseguido hacer desde que se instaurara el régimen comunista. Ese especial recibimiento, que no habían tenido antes Obama, los Bush, Nixon o Reagan, prueba, más que el poder de Trump, el de Xi Jinping, que ante el presidente de EEUU decide darle la bienvenida no en el Gran Palacio del Pueblo, sino en la residencia del emperador.

Hubo algunos guiños más en esa simbólica visita palaciega, como el hecho de que Xi, Trump y las primeras damas tomarán el té en el Salón del Tesoro, un edificio bastante moderno del palacio (data de principios del siglo XX, ya en el final de la era imperial). Esta estructura se construyó con el dinero que ahorró el Imperio Qing cuando Estados Unidos le condonó parte de la deuda exterior. Su elección podría ser un velado mensaje para que EEUU le “perdone” a China el fuerte superávit comercial que los chinos tienen con los estadounidenses, pero nunca lo sabremos. También fue notorio el hecho de que Xi llevara a Trump a soportar escuchar la ópera pequinesa a otra estancia de palacio llamada el Salón del Cultivo Mental. A todo esto y a mucho más se ha sacado punta en diarios y redes sociales.

Tampoco nos dejamos de enterar de que Melania, con los tacones de aguja ultrafina que podéis admirar en la foto anterior, pasó un mal rato al caminar por los irregulares adoquines de la Ciudad Prohibida. Y ha pasado más desapercibido, pero me causó una fuerte carcajada, una escena emitida por la tele estatal china en la que Trump, hablando con Xi en el palacio, señalaba el suelo y preguntaba si todo aquello “era original”. Tal vez estaba sacado de contexto, pero podría parecer que Donald no se acababa de creer que la Ciudad Prohibida era realmente antigua y quizá pensaba que era un decorado de cartón piedra.

Después llegaron millonarios acuerdos por valor de 250.000 millones de dólares (el equivalente al PIB anual de Chile, aunque algunos ven las cifras con escepticismo), muchas discusiones sobre Corea del Norte, lucha antidrogas o comercio… todo aparentemente en un tema muy distendido, porque Trump, tan ogro en otras ocasiones, se deshizo en elogios hacia Xi en sus intervenciones públicas en Pekín, elogios que a veces rozaron el piropo de enamorado. Por ejemplo, Trump llegó a decir que albergaba “un sentimiento increíblemente cálido” hacia el presidente chino: si eso no es que quiere temita, que baje dios y lo vea.

Cualquier día se tuercen las cosas entre China y EEUU por culpa de Kim Jong-un o de cualquiera de los muchos asuntos que tensan a menudo las relaciones de las dos superpotencias, pero saber que los dos hombres más poderosos del mundo se llevan bien al menos hoy da cierta tranquilidad. Con lo revuelta que está estos días la sección de Nacional en los diarios españoles, está bien que al menos la Internacional nos dé un cierto respiro.

4 Comentarios

  1. Me encanta la primera foto. Ahí va mi análisis de simbolista amateur: veo un modo sutil de transmitir el transfondo no individualista de una cultura al máximo representante del occidente individualista. Si en USA se hubieran hecho una foto con mucha gente dudo que hubieran envuelto los mandatarios de un modo tan literal.

    También creo que el hecho que Xi haya compartido con Trump espacios y espectáculos tradicionales chinos tiene que ver con la reivindicación que nos explicabas el otro día de su puesta en valor de la cultura milenaria como una base del poder chino hoy.

    En el fondo la diplomacia consiste en el arte de la seducción: desde el autoconocimiento y la autoestima, transmitir al otro tus valores e intereses. Para ello hace falta un reconocimiento del otro y la comprensión de sus propios valores e intereses. Es decir: seducir al interlocutor para conseguir tus objetivos sin tener que utilizar la fuerza.

    A veces no se reconoce al interlocutor, ya que, total, es un puro vasallo por derecho de conquista. En lugar de la seducción, la fuerza. En ese caso no podemos hablar de diplomacia.

  2. Lo que siempre me ha maravillado es cómo puede Xi seducir con el discurso gris y repetitivo que tiene (él y todos los líderes comunistas chinos). Supongo que ayudan cuestiones anecdóticas como la visita a la Ciudad Prohibida. En fin, sabe más él que yo.

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