Lo de Colombia

He tenido que superar la cuarentena para viajar por fin a Latinoamérica, nuestra región hermana, pero por fin lo he hecho este mes, pasando dos semanas en Colombia. No tardé tanto en hacerlo por desinterés (muy al contrario, siempre quise ir), sino por lejanía geográfica. Ya sabéis que durante más de 15 años he vivido en China, y los viajes desde allí a América Latina eran escasos, caros y largos. Siempre dije que cuando regresara a España -o me acercara a ella- iría por fin a conocer la región latinoamericana, de la que además he tenido que escribir mucho como redactor de la Agencia Efe, y he tardado apenas medio año en cumplir mi promesa. No imaginé que Colombia sería mi primer destino latinoamericano, pero fui con amigos que ya habían estado en otros países de la zona y que tenían ganas de ir allí, y me pareció bien, dado que Colombia presume de ser el único país que aúna Andes, Caribe y Amazonas (aunque yo de estas tres maravillas sólo he conocido dos) y dado que a muchos españoles nos parece que tiene el mejor acento español de toda la hispanidad.

Chiva rumbera (autobús turístico que te lleva por la ciudad a ritmo de reggaeton). Símbolo perfecto para decir que en pocos viajes me he divertido tanto como en éste.

Suramérica está prácticamente en las antípodas geográficas de China, por lo que al menos en Colombia apenas he visto chinos, ni asiáticos, frente a la abundancia de ellos que hay en Europa, en Asia o en Estados Unidos. Pero para no traicionar el espíritu chino de esta web, colocaré las únicas tres fotos que he podido tomar en Colombia en las que se notara algo de influencia china en el paisaje (anuncios de móviles Huawei aparte):

Liberado pues de esas esclavitudes, paso a comentar algunas de mis impresiones en el viaje. La primera es que Colombia me recordó mucho a las Filipinas, por el verde de sus paisajes naturales, sus playas, sus colores, sus iglesias, sus olores y su calor. Ya en mis viajes filipinos imaginé que Latinoamérica podría ser parecida, y en tierras colombianas lo he podido confirmar: al menos hay gran parecido entre Filipinas y la Latinoamérica tropical. También tengo el pálpito de que si voy a Perú o Bolivia me parecerán el Tíbet, pero eso será otro viaje, si el destino lo quiere.

En segundo lugar, ha sido un placer, después de tantos viajes, llegar a un país alejado de España pero en el que se habla mi mismo idioma. Todos los hispanos somos conscientes de lo grande que es hablar una lengua tan extendida y variada, pero hasta que no vas a un lugar tan diferente y a la vez tan inteligible no te das realmente cuenta del alcance de ello. Y eso que me sorprendió muchísimo lo alejado que está el dialecto colombiano del español: tienen muchísimas más variaciones de las que imaginaba, casi da la impresión de que en cualquier circunstancia utilizan un sinónimo que los españoles entendemos pero que no usamos en las mismas circunstancias («cancelar» en vez de «pagar», «embriagar» en vez de «emborrachar», «abanico» en vez de «ventilador», y un larguísimo etcétera por el que me parece increíble que mis noticias las pueda entender un colombiano). Lo más traumático quizá fue comprobar que en Colombia, el país del café por antonomasia, para pedir un café tienes que decir «un tinto».

Variaciones aparte, es un placer poder manejarte en latitudes tan lejanas con tu idioma materno, puedes charlar con todo el mundo (aunque a veces cuando ellos hablan entre sí cuesta entenderles, sobre todo en el Caribe) y conocer muchas más cosas que cuando se viaja por otros lugares. Gracias, Cristóbal Colón, por equivocarte en tu búsqueda de las Indias.

La lengua española, y las iglesias quizá, son tal vez las mejores huellas del pasado español que tiene Colombia, e imagino que el resto de Latinoamérica, pero sin embargo, me sorprendió lo diferente que es ese país del nuestro. No es, como yo pensaba, una versión de España con ligeras variaciones andinas o tropicales: es una cultura muy pero que muy diferente a la nuestra, casi tan diferente como lo puede ser la filipina de la española. Hay un pasado común, y estatuas de los españoles que fundaron las ciudades en cada una de ellas, pero por lo demás Colombia, y seguro que otros países de la región igual, no es una «continuación de la cultura española», es algo totalmente nuevo para nosotros, menos familiar de lo que podríamos pensar, y yo creo que eso está muy bien.

Colombia es un país que ha estado medio siglo en guerra, aunque yo creo que ha pasado página o está intentando hacerlo, y ahora quizá su principal tema de preocupación seguramente es la masiva inmigración venezolana que está recibiendo (superando ya los dos o tres millones), y eso es algo que un visitante puede palpar enseguida. En Medellín, o en Cartagena y Santa Marta (ciudades estas dos últimas relativamente cercanas a la frontera con Venezuela) vi cientos de venezolanos malviviendo en las calles: vendiendo piruletas, mendigando, haciendo artesanías con billetes de bolívar que ya no valen para nada… Me ha tocado escribir bastante de este tema en los últimos meses, y verlo en persona me ha impactado mucho, es terrible el éxodo de tantos venezolanos, y se nota el impacto social que causa esto en Colombia, donde vimos muestras de apoyo a estos migrantes de la nación hermana pero a veces también de rechazo.

Jason, un venezolano de Maracaibo que iba por la playa de Santa Marta con este fajo de bolívares para venderlos como souvenirs. Él mismo admitía que no valían un peso.

Pero conste que sólo estuve dos semanas en seguramente las zonas más visitadas del país, no quiero pontificar sobre Colombia sino únicamente dejar constancia de algunas de mis impresiones, que a lo mejor si un día vuelvo -espero que pronto- las matizaré o hasta refutaré.

Y ahora, más impresiones centradas individualmente en los sitios que visité:

MEDELLÍN: Espectacular metamorfosis de un lugar que de ser considerado uno de los más peligrosos de la Tierra en la época de Pablo Escobar (años 80 y 90) se ha convertido en una ciudad turística y agradable. Con una estructura casi surrealista, esos miles de casas de ladrillo rojo subiendo y bajando por un enorme valle andino (imagino que ciudades como La Paz o Quito serán similares en este sentido, pero Medellín es la primera que he visto). A la gente del lugar se la ve muy orgullosa y feliz de los cambios vividos por la capital antioqueña. Aunque tampoco hay que relajarse, aún vimos pobreza y gente un poco chunga en el centro de la ciudad (nos sorprendió que el centro fuera más desaconsejable de visitar que zonas de los suburbios, en otros países es al revés).

SALENTO: Por muy espectacular que sea Medellín, está bien salir de su vorágine para escaparse a un pueblecito como Salento, centro turístico del llamado Eje Cafetero, y que en este caso no me recordó a ninguna ciudad filipina, sino, ya ves tú que raro, a la ciudad laosiana de Luang Prabang, en cuanto a mezcla de colores coloniales con restaurantes chic y verde naturaleza en los alrededores. Es lo que tiene haber vivido en Asia, ahora acabas buscando referentes orientales para todo.

VALLE DEL COCORA: Excursión casi obligatoria cuando se va a Salento, y no es de extrañar teniendo en cuenta la inigualable belleza de sus verdes laderas y sus altas y delgadas palmas de cera. Vi allí y en otras zonas rurales de Colombia vacas para aburrir, diez veces más de las que he visto o creí que vería en Suiza. Cerca de Cocora está el Nevado del Ruiz, de infausto recuerdo en España (porque TVE hizo famosa a la pobre niña Omaira, cuya desgraciada muerte prácticamente en directo traumatizó a toda mi generación).

CALI: Seguramente el destino menos turístico de los que visitamos, pero no nos arrepentimos para nada de haber ido. Es curioso el gran contraste con Medellín: mientras en la capital de Antioquia todo el mundo está orgulloso y feliz de su ciudad, en Cali (Valle del Cauca) la impresión era de que su gente sigue convencida de que es un sitio peligroso, y alertan a los turistas de que tengan mucho cuidado al ir por la calle. La táctica de atraco más habitual, por lo visto, es el robo a mano armada desde una moto en la que un atracador conduce y el otro te apunta con una pistola, por lo que el alcalde ha prohibido a dos hombres montar juntos en estos vehículos. Caminando por la ciudad, cada vez que veíamos una pareja sobre una moto se nos encendía la luz de alarma, pero cuando se acercaban al final se trataba de un hombre y una mujer o de dos mujeres, así que la alarma quedaba siempre neutralizada. Pese a este miedo, no sé si justificado o no, Cali es la capital de la salsa, y el fiestón que allí vivimos en ¡un lunes! fue antológico.

CARTAGENA: Qué se puede decir de esta Perla del Caribe… los españoles dejaron una herencia de iglesias, castillos y casas señoriales con balcones de madera que no se puede dejar sin visitar, lo que unido al acento caribeño de sus locales (más parecido al cubano o al venezolano de lo que pensaba) o a su eterna música de fondo de salsa y reggaeton lo convierten en un sitio difícil de olvidar. Sin embargo, al ser el lugar más turístico de Colombia, la cantidad de vendedores que te acechan por las calles puede resultar siendo un poco agobiante. Entre eso y el calor húmedo caribeño, creo que no comprendí plenamente la espectacular belleza cartagenera hasta que ya lejos de allí he echado un vistazo a las fotos que hice del lugar.

SANTA MARTA: Una versión algo más tranquila de Cartagena -aunque no del todo exenta de vendedores callejeros-, también con su playa y su zona colonial. Estaban en las fiestas de la Virgen del Carmen (que por lo que vimos se venera mucho en toda Colombia), así que su noche fue también apoteósica. Es típico ir desde allí a los desiertos de la Guajira (ya muy cerca de Venezuela) o al parque nacional del Tayrona, pero no nos daba tiempo para tanto, el viaje ya casi tocaba a su fin, y hubo que conformarse por conocer la ciudad, que no es poca cosa. También hubiera molado ir a Aracataca, la patria chica de García Márquez, que no está lejos, pero también lo impidió la falta de tiempo. Cerca de Santa Marta hay manglares en la desembocadura del Magdalena (el río más grande de Colombia), y nos impresionó mucho una localidad en esa zona pantanosa con un nombre muy de novela de García Márquez, llamado Ciénaga, que nos pareció muy pobre y olvidado. Aquí a lo que me recordó fue a los pueblos de Camboya que malviven en chabolas flotantes a orillas del lago Tonle Sap, o que al menos vivían así cuando estuve allí hace 15 años. El sureste asiático, una vez más, me viene a la memoria.

GUATAPÉ: De vuelta a Medellín, inicio y final de nuestro viaje por cuestiones aeroportuarias, hicimos esta excursión muy típica para aquellos que quieren hacer algo en las afueras de la ciudad antioqueña, un sitio que quizá fuera de Colombia no es muy famoso pero que para los colombianos, por lo que vimos, es uno de sus lugares de turismo favoritos, algunos lo tienen por lo más bello sobre la faz de la Tierra. La pequeña localidad de Guatapé es famosa por sus divertidos zócalos en la base de sus fachadas y por tener más colores en sus paredes que un anuncio de pinturas Bruguer (muchos barrios de toda Colombia están pintados en vivos colores, pero Guatapé es el número uno en esto). La excursión no es del todo completa sin ascender el Peñol, una enorme roca que hay allí cerca (a la que han colocado escaleras como si se tratara de un monte budista chino) y desde la que hay una espectacular vista del embalse local, cuya infinitamente sinuosa orilla y sus decenas de islitas lo convierten en una visión casi extraterrestre, como ya nos avisó algún colombiano.

Podría contar muchas más impresiones, porque Colombia es impresionante, pero ya digo que no quiero sentar cátedra tras sólo dos semanas allí, y menos en una web teóricamente dedicada a China. En todo caso, quería dejar constancia de que me encantó, pese a que haya comentado aquí también puntos negativos (porque esto no es un folleto turístico). He tardado más de 40 años en conocer Latinoamérica: os puedo prometer que no esperaré a los 80 para regresar allí, si el bolsillo y la salud me lo permiten.

PD: Y como gran aficionado a los deportes celebro que en el mes en que estuve Colombia el país haya podido celebrar dos de sus mayores hazañas deportivas: un Tour de Francia (lo estarán festejando a lo grande todos esos ciclistas aficionados que vi escalar los Andes sin aparente miedo alguno a que los carros les arrollaran) y un torneo de dobles de Wimbledon. ¡A ver si la racha continúa!

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