Más de mil años opositando

Dado que España es un país tan apasionado por el funcionariado, y que durante generaciones muchos adolescentes y jóvenes españoles han tenido como gran sueño el aprobar unas oposiciones y así sacarse un empleo de por vida, creo que no estaría mal recordar que China fue el gran inventor de este tipo de exámenes para entrar en el servicio público, hace la friolera de 1.300 años. Y ya que estamos, recordaremos cómo fueron durante siglos estas pruebas en el Imperio del Centro.

La idea de someter a ciertos test a quienes entraran a trabajar en la corte imperial u otras instancias de la antigua China es bimilenaria: ya en las más antiguas dinastías, como la Han, se conocen este tipo de prácticas. Sin embargo, su adopción a lo bestia llegó a finales del siglo VII de nuestra era, durante la dinastía Tang, que para los chinos es tenida como uno de sus periodos de mayor esplendor cultural. Fue una emperatriz, Wu Zetian (690-705), quien empezó a utilizar a gran escala los exámenes imperiales, los llamados keju.

La idea de los emperadores era que trabajaran para el Estado los mejores y más inteligentes, en lugar de los recomendados o los hijos de los poderosos: crear esa meritocracia con la que tanto se suele relacionar a la China de ayer y de hoy, aunque a veces puede ser un mito y en ese país también puede haber inútiles en lo más alto, como en todas partes.

Sin embargo, el emperador y su corte también instauraron los keju con otra intención: la de quitar poder a la aristocracia, permitiendo que entraran en la corte, los ministerios y otras instituciones estatales personas de otros estamentos, como comerciantes o hasta campesinos (aunque algunas profesiones, como la de carnicero, tuvieron prohibido acceder a estos exámenes en muchas épocas).

Desde ese siglo VII, y hasta principios del siglo XX, los exámenes imperiales cambiaron poquísimo: se hacían normalmente cada tres años, había de tres niveles (local, provincial y de la corte) y para ellos se preparaban miles de jóvenes, cuyo mayor sueño era sacarse el jinshi, el aprobado que les daba acceso a los cargos imperiales. Aunque las posibilidades de éxito eran escasas (en las épocas más chungas sólo obtenían plaza funcionarial uno o dos de cada cien) muchos de estos jóvenes pasaban gran parte de su vida estudiando para ellos: era normal que quien los aprobara lo hiciera ya con más de 30 años, que en aquel entonces era una edad más avanzada en la vida que ahora.

Los aspirantes tenían que estudiar principalmente escritura, literatura y básicamente memorizarse miles y miles de páginas de clásicos confucianos. Con mucho esmero, porque equivocarse en un simple trazo al escribir un carácter en el examen podía invalidar todo el ejercicio. Los exámenes eran conocidos como baguwen («ensayo de ocho partes»), y solían durar tres días y dos noches, así que imaginad la turra que acababan escribiendo en ellos. Pasaban tantos años leyendo y estudiando textos confucianos, que los estudiantes de oposiciones imperiales acababan teniendo una forma de hablar y de ser diferente del resto de los chinos, estaban encerrados en su mundo clásico.

Los examinados pasaban todo ese tiempo en unos cubículos aislados del resto del mundo: entraban en ellos temblando de los nervios, y salían aturdidos por el esfuerzo mental que habían puesto durante la prueba.

Recreación actual de los cubículos (el niño de la izquierda debe ser muy precoz para estar ya examinándose).
Ruinas de antiguos cubículos que aún se conservaban hace unos cien años.

Dada la dificultad de los exámenes y el jugoso premio que esperaba a quienes los aprobaran, había tramposos que intentaban sacar buena nota mediante chuletas, como las que tú hacías de pequeño. Algunas de ellas aún se conservan, son obras confucianas en miniatura que intentaban esconder bajo la ropa y que eran auténticas obras de arte. Los examinados, en todo caso, eran cuidadosamente cacheados antes de entrar en sus cubículos, donde les esperaban tres días muy difíciles (se dieron casos de examinados fallecidos durante la prueba).

Chuleta del siglo XIX.

Otra trampa que intentaban algunos era el soborno (aprovecharé para poner aquí el maravilloso palíndromo «son robos, no solo son sobornos»). Si examinados o sus familias conocían a los examinadores, podían intentar comprar su nota, y los más ricos en más de una ocasión lo conseguían. El imperio sin embargo hacía lo posible por evitarlo con un sistema realmente extenuante: cuando los examinados terminaban su prueba, la entregaban no a los correctores, sino a unos copistas que copiaban A MANO esas larguísimas pruebas, haciendo tres copias de cada examen, en las que sustituían el nombre del examinado por un número. Esas copias eran entregadas a un primer corrector, que así no podía verse influenciado ni por el nombre ni por la caligrafía del examinado. Este corrector ponía nota, pero ésta era evaluada por un segundo corrector y luego por un tercero (por eso lo de las tres copias), para que la nota fuera lo más objetiva e impersonal posible.

Estos exámenes eran algo tan importante en la antigua China que tenían un halo casi religioso: de hecho, quien los gestionaba era el llamado Ministerio de Ritos, el mismo que administraba las ceremonias religiosas. Hasta había un «dios opositor», Zhong Kui, originado según la leyenda de un examinado que hizo un examen casi perfecto en la China antigua, fue suspendido injustamente, se quitó la vida de la rabia, y fue convertido por los cielos en una deidad protectora.

Como ha pasado en tantas sociedades, las mujeres no podían acceder a estos exámenes imperiales, aunque al menos en la literatura china se han escrito relatos y novelas sobre alguna mujer, no se sabe si sacada de la vida real, que se disfrazó de hombre para participar en ellos, un poco a lo Mulan pero no para ser soldada sino con el sueño de ser funcionaria.

El sistema de oposiciones chino fue usado como modelo por los países occidentales, que empezaron a implantar a gran escala exámenes de acceso a empleos públicos en el siglo XIX. Justo en ese siglo, en China muchos intelectuales empezaban a decir que los keju eran una de las principales razones de que el país estuviera tan atrasado con respecto a Occidente: habían creado una maquinaria estatal donde los funcionarios se sabían de memoria las Analectas, pero apenas sabían de matemáticas o ciencia.

También estaban muy preocupados los críticos del keju por la gran tasa de suspensos, que generaban una sociedad de estudiantes frustrados que podía ser una olla a presión. Uno de esos examinados sin éxito fue tristemente famoso: Hong Xiquan, quien tras suspender por tercera vez el examen imperial tuvo una grave crisis nerviosa de la que salió convencido de que era el hermano menor de Jesucristo. Con esa creencia, y dotes de liderazgo con las que atrajo a millones de chinos, abanderó la Rebelión Taiping, que a mediados del siglo XIX causó en China un conflicto en el que murieron entre 20 y 30 millones de personas, una cifra de víctimas comparable a la que toda Europa tuvo en la Primera Guerra Mundial.

Los exámenes imperiales se abolieron en 1905, en los años finales de la dinastía Qing (última de China, y caída en 1911). Fue un muy publicitado intento de reforma y modernización que no bastó para que el imperio cayera. Pese al fin de la China imperial, siguió habiendo oposiciones en la posterior República de China (1911-1949) y en la subsiguiente República Popular, sólo faltaba.

En China, en todo caso, se suele considerar como gran «heredero» de los keju el examen de acceso a la universidad (lo que en España ahora se llama EBAU y en mis tiempos Selectividad). Estos exámenes se llaman en el país asiático gaokao, y su importancia en China sigue siendo tal que cada año, cuando empiezan, van a las portadas de todos los periódicos. Los jóvenes del gaokao ya no se examinan encerrados noche y día en cubículos, pero seguro que sienten los mismos nervios que durante siglos tuvieron millones de opositores al keju.

6 Comentarios

  1. Muy cerca de la casa de mis suegros, en el FuziMiao de Nanjing, está el Museo de los Exámenes Imperiales. Esa zona de Nanjing también albergó el 江南贡院. Me resultó interesantísimo ver los cubículos, los exámenes escritos por los «opositores» del pasado… La próxima vez que regrese al Museo podré entenderlo todo mucho mejor gracias a este artículo. ¡Gracias!

    • La foto que he puesto de los cubículos en ruinas, de hecho, se tomó en Nanjing. Imagino que la ciudad fue durante muchas dinastías uno de los principales centros culturales del país y por tanto lugar importante de exámenes, aunque la capital imperial fuera Pekín. De ahí quizá que hayan puesto allí el museo, que seguro es muy interesante.

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