Médicos heroicos

Esta semana he gastado unos días libres que tenía, así que he estado un poco apartado de la actualidad, es decir, apartado del coronavirus de Wuhan, que sigue siendo el gran tema del invierno (en una semana, veo con tristeza, los casos se han triplicado, y ha habido varios cerca de aquí, los de unos ingleses en la zona del Mont Blanc).

Sí me he enterado, de todos modos, que ahora señalan al pangolín (ese mamífero que tiene como coraza y que se hace como una bola cuando le atacan) como el posible eslabón del contagio. El pangolín es una especie de plato de lujo entre millonarios chinos, y quizá alguien en Wuhan decidió probarlo, pero supongo que esto por ahora es sólo una teoría.

Obviamente también me he enterado, porque ha sido muy sonado, del fallecimiento del doctor Li Wenliang, uno de los primeros que informó de la aparición del coronavirus en pacientes que trató en Wuhan. Él mismo contrajo el virus cuando trabajaba en estos tratamientos, y murió el pasado jueves con tan sólo 33 años (sus últimas horas estuvieron llenas de confusión, unos medios dándolo por muerto y otros que no, algo que fue muy sospechoso y que aún no se ha aclarado del todo).

Su muerte ha sido recibida con mucha tristeza por los chinos y también con mucha rabia, al conocerse que hace mes y medio, después de avisar de la aparición de este nuevo coronavirus a unos amigos suyos a través de Wechat (el Whatsapp chino) el doctor Li fue apercibido por la policía y hasta tuvo que cumplimentar un informe en el que aseguró que no volvería a difundir «falsos rumores» (no tenían nada de falsos).

Es terrible que en un país como China espíen tus mensajes por el móvil, y que la policía le venga con «apercibimientos» a un doctor que está hablando precisamente de lo que sabe. Hay motivos para estar enfadado. De todos modos, me gustaría matizar que no creo que la mordaza que pusieron a Li favoreciera la expansión del coronavirus.

El mensaje de Li a sus colegas se envió el 30 de diciembre, y la Organización Mundial de la Salud sabe de la existencia de un nuevo coronavirus en Wuhan desde el 31 de diciembre, lo que significa, teniendo en cuenta la diferencia de horarios entre Wuhan y Ginebra (donde tiene su sede la OMS) que China tardó escasas horas en notificar a la organización internacional de la posible aparición del nuevo virus. Esto lo sé porque he tenido que consular muchas veces en el último mes la web de la OMS para documentarme sobre el origen de la enfermedad, y este mensaje aparece en las páginas dedicadas al coronavirus desde hace por lo menos dos semanas:

Lo que parece indicar que por una parte la policía hizo mal su trabajo, pero las autoridades sanitarias chinas sí hicieron bien el suyo, como creo que están haciendo desde hace más de un mes, con una cooperación y una transparencia que ya habríamos querido en 2002 y 2003 con el SARS (afortunadamente, como se ha podido comprobar, aquel coronavirus era mucho menos contagioso que el de Wuhan).

Por cierto, que en los tiempos del SARS también falleció uno de los primeros médicos que descubrió la existencia de un nuevo coronavirus en humanos y que él mismo contrajo mientras lo trataba. Fue el doctor italiano Carlo Urbani, quien en un hospital de Hanoi (Vietnam) diagnosticó a un paciente del centro hospitalario con un nuevo tipo de virus (que acabaría siendo el SARS), avisó a la OMS y empezó a tomar medidas de cuarentena y control que seguramente nos ahorraron a la humanidad muchos contagios. Desgraciadamente, contrajo el SARS, se empezó a sentir enfermo cuando volaba desde Hanoi a Bangkok para asistir a una conferencia, y acabó falleciendo. Recuerdo que nos contaron su historia en la charla que dio la Embajada española en Pekín en aquel entonces para que la comunidad hispana se tranquilizara un poco ante el pánico al SARS, pero lo cierto es que el caso nos dejó un poco aterrados.

Urbani, como Li, nos recuerda que doctores, enfermeras y trabajadores sanitarios son a veces la primera línea de frente contra las epidemias y las nuevas enfermedades, por lo que son un ejemplo de heroicidad injustamente olvidado.

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