Mohammed Alita

¿Qué tal estáis? Yo, como bien habréis notado, llevo unos días algo ociosos en el blog y también fuera de él, ya que disfruto de unas inusuales vacaciones novembrinas. O no tan inusuales, pues el año pasado también las tuve, y en las dos ocasiones mi destino han sido las Filipinas, con el objetivo claro de huir de los primeros fríos pequineses y buscar el solaz de las paradisíacas playas de la excolonia española (el año pasado estuve en Boracay, esta vez fui a El Nido).

Le he tomado cariño a las Filipinas, país que ya he visitado en tres ocasiones. Cierto es que su capital, Manila, es algo dura de soportar, con sus eternos y ruidosos atascos, pero ello se compensa con el hecho de que la gente del país es magnífica, sus playas son las mejores que he visto en mi vida, y ese poso de cultura hispana que tiene el archipiélago (como ya expliqué el año pasado) me hace a veces pensar que estoy en una segunda casa (o tercera, pues la primera sería España y la segunda China).

En aquel post del año pasado que os acabo de enlazar cité varios ejemplos que demuestran que Filipinas tiene todavía cosas que la vinculan aunque sea un poco con España, y también con Latinoamérica. Quizá podría haber añadido otro punto, aunque quizá no sería demasiado positivo para ninguno de los lugares comparados: el gusto de Filipinas, como en España, por los espectáculos en los que mueren animales. Sin embargo, en las islas bautizadas en honor del rey Felipe II no hay corridas de toros, que yo sepa, sino que el espectáculo por excelencia, casi su deporte nacional (con el permiso del baloncesto y del boxeo de Manny Pacquiao) son las peleas de gallos, que si no me equivoco también gustan en algunos países latinoamericanos.

Esta foto y las siguientes las tomé en la televisión de mi hotel, ya que en este viaje descubrí con gran sorpresa que las peleas de gallos se televisan, y es más, es posible que haya un canal dedicado íntegramente o casi íntegramente a ellas (al menos vi que en ese canal se podían ver estas peleas avícolas tanto por la mañana como por la noche, no sé si entre medias había más aún).

Los presentadores del canal, que entrelazaban con gran soltura frases en tagalo y en inglés, como se suele hacer en muchos programas filipinos de radio y televisión.

Si me sorprendió no es porque sea especialmente antigallino (esta palabra la acabo de inventar tomando como modelo el término “antitaurino”, tan de moda), sino porque las peleas de gallos no son precisamente un show que dé para mucho espectáculo en la pequeña pantalla.

Por lo que pude ver, las peleas duran como mucho 20 segundos: a los dos o tres picotazos, ya hay uno de los gallos que se rinde, quedándose agachado y paralizado, o peor aún, muerto, y con una competición tan fugaz, ni hay tiempo para analizar los lances de cada bicho, ni de sacar conclusiones sobre sus técnicas, ni nada de nada. Es un combate de lo más insulso, en el que seguramente el único interés está en apostar por uno de los dos gallos, cosa que hacen con gran pasión los espectadores de estas peleas.

La liga nacional de peleas de pollos tiene su propio logotipo y todo

Quizá otra cosa que hace atractivo esto de las peleas de gallos en Filipinas es que es un deporte bastante abierto a la población en general, en el sentido de que debe ser relativamente sencillo poner uno de tus animales a competir, aunque sea en ligas locales. Esto me lo imaginé porque entre pelea y pelea televisiva, en el canal éste ponían anuncios en los que ofertaban a los telespectadores medicinas especiales para convertir a un gallo en una máquina de matar.

Los anuncios eran fascinantes, de puro cutres: los pollos a los que se les inyectan estas medicinas -que me temo que son doping puro- no son precisamente los actores más expresivos del mundo animal, así que para mostrar que con los fármacos anunciados habían logrado mejorar su rendimiento se les ponían capas de supermán, se trucaban brillos asesinos en los ojos o les mostraban peleando con onompatopeyas semejantes a los de la antigua serie televisiva de Batman.

En fin, que me pasé un buen rato viendo un show televisivo de lo más friki. Aunque después, mirando la versión filipina de CNN, vi algo todavía más raro: un líder corrupto de Filipinas (el máximo representante de la policía nacional, o algo así) que estaba acusado de corrupción y anunciaba públicamente que estaba dispuesto a ir a la cárcel. En esto sí que no se parecen los filipinos a su antigua metrópolis española.

¡Sé el primero en comentar!

Deja un comentario

Tu dirección de correo no será publicada.




Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.