Moscú-Huesca:
dos imperios, un camino

Os contaba en el anterior post que me encontraba en Rusia para vivir por primera vez un Mundial en directo y ver el España-Marruecos. Lo que no os conté, porque estaba a mitad de plan y no sabía muy bien cómo iba a continuar, es que la idea era ir desde allí a España por tierra, usando trenes, autobuses o cualquier cosa que no volara. Mi sueño desde que vivo en China ha sido viajar alguna vez desde mi Huesca natal a Pekín (o viceversa) de esta forma, pero el largo tiempo que entrañaría de momento me lo ha impedido, así que me he conformado por ahora con hacer a medias esta travesía: hace casi 10 años fui de Huesca a Estambul por tierra (volando luego de la ciudad turca a Pekín), y esta vez me he desplazado entre Moscú y Huesca, habiendo volado antes desde la capital pequinesa a la moscovita.

Ya os comenté mi llegada a Moscú, preciosa ella con sus cielos azules, sus rusas esbeltas y rubias, sus monumentos soviéticos y zarísticos y la animación que ha traído el Mundial, con aficionados llegados de todo el mundo, especialmente de Latinoamérica. No os dije en el anterior post que aproveché la estancia para visitar la momia de Lenin, para la que había que hacer una cola de una hora con esos hinchas de todo el mundo que os acabo de mencionar, pero tenía que hacerlo para completar mi “colección” de mojamas autoritarias, ya que antes vi la de Mao en Pekín, la de Ho Chi Minh en Hanoi, e incluso la de Ferdinand Marcos en su pueblo natal de Filipinas, que creo que ya no está. Estos cuerpos embalsamados no se pueden fotografiar, así que sólo os pongo una foto del piramidal mausoleo junto al Kremlin.

No sabía yo que detrás de ese mausoleo se conservan también las tumbas, ya sin momificar, de otros históricos líderes rusos, entre ellos nada más y nada menos que Stalin, que era el único que tenía flores.

En Moscú sólo estuve día y medio, pero puede contar casi como dos, porque el segundo día me desperté a las 3 y media, engañado por el jet lag y porque allí amanece a esa hora en verano. El segundo día, Moscú aún estaba más bonito que el primero, con un cielo azul salpimentado de nubecillas blancas.

Hacia el mediodía fui a la estación Belaruskaya para tomar el tren que la organización del Mundial me brindaba gratis para llegar a Kaliningrado, donde jugaban España y Marruecos. Ya había elegido precisamente ir a ese partido porque la ciudad estaba cerca de la Unión Europea…

El viaje en tren duró 20 horas, en las que crucé Bielorrusia y Lituania, aunque vi poco de ellas porque lo hicimos de noche. Por lo que pude ver, el paisaje, muy verde, se limitaba a bosques y prados, con apenas pueblos, ciudades o campos de cultivo con los que distraerse un poco del monótono verdor. Alguna dacha perdida, algunas florecillas de vez en cuando, pero poco más. El tren era comodísimo, la manera en la que los asientos se convertían en camas me pareció un prodigio de la ingeniería soviética (o rusa), tenía el compartimento de cuatro para mí solo y el vagón tenía un camarero que aunque no hablaba ni jota de inglés era muy amable y servicial. Dormí en el tren lo que no había podido dormir en el viaje en avión Pekín-Moscú o en mi noche moscovita que acabó a las 3 y media de la mañana. De Bielorrusia y Lituania lo más que pude conocer fue a sus oficiales aduaneros, que a la entrada y salida de sus países subieron al tren para revisar nuestras documentaciones (los lituanos con mucha más relajación y rapidez que los bielorrusos). También los rusos hicieron sus controles, así que en ese tren hube de enseñar mi pasaporte y mi Fan ID (la acreditación para ver el Mundial que hacía las veces de visado) por lo menos seis veces, ya perdí la cuenta.

Llegamos a la mañana siguiente a Kaliningrado, esa curiosa consecuencia de la Historia del siglo XX, y el día estaba gris, anticipando cómo iba a ser el partido de España. En los dos días que estuve allí, debieron caer siete u ocho chaparrones, y apenas vi el sol. Se ve que el clima del Báltico no es para tirar cohetes.

Kaliningrado, antigua capital prusiana, la ciudad de la que nunca quiso salir Kant, quedó destruida y desgermanizada tras la Segunda Guerra Mundial, y hoy es un lugar curioso pero algo feote, con aceras rotas, bloques de pisos de estilo socialista y muchos atascos en los que participan automóviles de los años 80 y 90. Símbolo de ese pasado soviético es “el Monstruo”, un rascacielos abandonado en el centro de la ciudad que nunca se usó para nada pero se mantiene en pie no se sabe muy bien por qué. Lejos de esconderlo, los kaliningradenses organizaron a sus pies la típica Fan Fest con pantalla gigante para seguir los partidos si no se tenía entrada para el estadio.

Del pasado de Kaliningrado, teutón y prusiano (cuando se llamaba Koenigsberg), quedan algunas casas reconstruidas al estilo germano, la tumba de Kant en un museo con explicaciones sólo en ruso y alemán, y una catedral semejante a los Exin Castillos.

Pero lo mejor de Kaliningrado, sin duda, es que en la ría de la ciudad hay atracado un submarino que puedes visitar. Yo lo hice acompañado de numerosos hinchas marroquíes, imaginándome que era Sean Connery dentro del Octubre Rojo. Quedé espantado de la cantidad de válvulas, cables y cacharros en su interior, invadiendo todas las paredes.

Pero a Kaliningrado habíamos ido a ver fútbol, así que llegado el momento me encaminé al estadio Baltika, construido expresamente para el Mundial. Había muchos más seguidores marroquíes que españoles, y eso que su equipo ya estaba eliminado.

Muchos seguidores de España, además, eran en realidad rusos, o hasta chinos y japoneses, disfrazados para animar a un equipo que gracias a nuestros recientes triunfos tiene fans también fuera de nuestras fronteras, como los tiene Brasil, Argentina o Italia. Viendo cómo está la selección actual, espero que esos recuerdos de glorias pretéritas no se nos borren, porque Koke no es Iniesta, De Gea no es Casillas, Isco no es Villa, y no tiene pinta de que volvamos pronto a lo más alto.

Estos dos, por ejemplo, tienen pinta de eslavos, aunque si leen esto y me dicen que son de Jaén, avisenme y me corrijo.

El partido no os lo cuento porque ya lo visteis… tenía el asiento en uno de los fondos, muy bajo, casi junto a los fotógrafos, así que cuando jugaban en “mi” área veía todo bastante bien y cuando se iban a la contraria no me coscaba de nada. Vi a Iniestademivida en su penúltimo partido con la Roja, último como titular, definitivamente no el mejor que ha jugado pero yo le seguí con pasión.

Piqué, especialista en cagarla en momentos clave.
Hierro y Jamie Lannister
Leyenda
Conteniendo la respiración a la espera del VAR (que nos benefició)

Al día siguiente del partido madrugué para ver de qué forma salía de Kaliningrado y Rusia, pues aún no lo tenía claro… regresar a Moscú en tren no era la opción más apetecible, y además no había reservado billete, así que pensé en ir a la estación de autobuses y pillar un bus a la vecina Polonia, quizá con idea después de ir a Praga, a Munich… Sin embargo, mientras hacía una interminable cola para comprar el billete -los rusos son exasperadamente lentos a la hora de tramitarte cualquier cosa- escuché a los marroquíes que estaban delante de mí que se iban a comprar un billete a Berlín. ¿Berlín? Buena idea, una gran capital europea en la que no había estado todavía… así que les copié. El viaje Kaliningrado-Berlín fue bastante más incómodo que el anterior en tren Moscú-Kaliningrado, porque los aficionados marroquíes que ocupaban toda la mitad trasera del bus se pasaron las 14 horas largas de trayecto gritando, cantando, comentando el partido, fumando, bebiendo y, en resumen, dando por culo. No se durmieron hasta la última hora de viaje, los cabrones. Menos mal que estaba muerto de cansancio y que siempre llevo tapones para los oídos desde que descubrí que todos los chinos roncan en los trenes.

En Berlín estuve un día y medio, suficiente para ver lo que un turista dominguero necesita ver: Alexanderplatz, los trozos que quedan del Muro, la puerta de Brandenburgo, el Bundestag… Descubrí con gran felicidad que en Berlín hay muchas Ofos y Mobikes chinas, y la ciudad es totalmente plana como Pekín, así que fui en Mobike desde Alexanderplatz hasta mi hotel en la estación de autobuses de Kaisersdamm, a unos 10 kilómetros. Berlín no me parece tan espectacular como otras ciudades europeas -pondría en el top a Roma, París, Londres, Budapest, Estambul y Moscú- pero su interesantísima historia reciente de ciudad dividida le da un gran atractivo. Descubrí, no lo sabía hasta ahora, que en la partición los comunistas se quedaron la parte más bonita de la ciudad, yo pensaba que el centro histórico se había quedado en Berlín Occidental pero no fue así.

Brandenburgo seguía teniendo un “muro” como antes de 1989, pero esta vez de plástico, al parecer porque organizaban un concierto o algo así en el parque de detrás.
Éste sí es el muro que dividió la ciudad entre los 60 y los 90, cerca del famoso Checkpoint Charlie.

En Berlín estuve poco, pero lo suficiente para vivir allí la histórica y humillante eliminación de Alemania en el Mundial, a manos de Corea del Sur. Lo vi en una terracita con la Puerta de Brandenburgo de fondo, mejor sitio imposible. Me sorprendió la calma con la que se lo tomaron los germanos, ni una palabra de protesta o queja… Y después, hasta cachondeíto, con coches pitando por las avenidas como si hubieran ganado algo, o hasta haciendo sonar a todo trapo el Gangnam Style. Confieso que sentí algo de pena, porque la selección de Alemania es un país que nos ha acompañado en los éxitos de España (le ganamos en la final de 2008, en la semifinal de 2010…).

Desde Berlín, era ya mucho más fácil ir a España y las opciones eran muchas, gracias sobre todo a una empresa de autobuses llamada FlixBus que ha tejido una red inmensa de líneas por todo el continente… Opté por ir a Lyon, que ya quedaba a medio camino entre Berlín y Huesca. Pero el trayecto era largo: había que hacer un breve trasbordo en Karlsruhe, y el segundo bus paró en todas las ciudades suizas que pudo: Basilea, Berna, Lausana, Ginebra… De Suiza, país que atravesé de noche y en el que nunca hasta entonces había estado, sólo tengo el recuerdo de que me pillé los dedos con la puerta de un baño durante una parada de escasos minutos en Basilea, en medio de la madrugada. Pillados los dedos en Suiza: parezco Bárcenas o Urdangarín.

En Lyon sólo estuve un día pero muy largo, el suficiente para patearme toda la ciudad, que me pareció salida de un libro de Dan Brown, con sus pasadizos secretos y sus muros pintados de forma hiperrealista para engañar al visitante. Bonita ciudad a orillas del Ródano y el Saona, a veces se entiende que los franceses sean un poco arrogantes porque tienen mucho de lo que estar orgullosos.

De Lyon, otro autobús que llegó dos horas tarde y en el que había overbooking -el conductor me coló por ser español como él, os lo voy a confesar- me llevó en otro agotador viaje nocturno hasta Barcelona, que incluyó desayuno en la estación de autobús de Figueres. Os confieso cierta emoción al cruzar la frontera pirenaica, algo diluida por pensar que si tuviera a Puigdemont al lado él me hubiera dicho que aún no estaba entrando en España. De Barcelona vi poco, porque en Sans enseguida encontré billete de bus a Huesca y sólo tuve el tiempo justo para comer, o para ver desde el autobús que Barcelona sigue llena de balcones con esteladas, contrarrestadas un poco por divisas de España, de Tabarnia, o de países latinoamericanos (se ve que los inmigrantes han decidido que ellos no van a ser menos y también van a mostrar su orgullo patriotero). En el bus de Barcelona a Huesca, nueva emoción al descubrir que han inventado ya los autobuses con pantalla en el asiento para ver la película que quieras, como en los aviones. También emoción al entrar en Aragón, y al poner el pie en mi Huesca natal, después de una semana dando tumbos desde las estepas rusas. He llegado a la capital altoaragonesa cientos de veces, pero cuando se hace tras un trayecto tan largo la sensación es mucho más especial. Ojalá un día pueda hacerlo desde Pekín, pero necesitaría un tiempo que no siempre abunda.

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