Nipones en Coria

El otro día quedé con un colega japonés y éste me preguntó si era verdad que en España había descendientes de japoneses con apellido «Japón». Le conté lo que sabía de la Embajada Keicho, origen de esa peculiar historia, pero hoy me he documentado un poco más sobre ella para contarlo aquí, saliéndome una vez más de la temática china pero yéndome a la japonesa, que cae cerca.

A principios del siglo XVII, un monje franciscano nacido en Sevilla y llamado Luis Sotelo llegó a Japón para intentar evangelizar esas islas, como muchos otros religiosos de la época. El cristianismo estaba perseguido en muchas zonas de aquel país, como muestra la película «Silencio» de Martin Scorsese, pero no en todas: Japón era un país muy dividido en territorios feudales, y en el norte de Japón, en la zona de Sendai, aún se permitía esta religión, así que Sotelo se fue hacia allí, haciéndose amigo del daimyo (señor feudal) de esa zona, gracias a que con sus conocimientos médicos había conseguido curar a una de sus concubinas favoritas.

Animado por el favor que le daba el daimyo, Sotelo propuso a éste una auténtica locura para esa época, y algo que pocas veces se hizo en Asia: enviar una misión diplomática a Europa para establecer relaciones comerciales y políticas con España, que entonces era el gran imperio del mundo, y con Roma, el faro espiritual. Sendai estaba entonces de capa caída económicamente porque había sufrido un tsunami (es la misma zona que arrasó otro famoso tsunami cuatro siglos después, el de 2011) y el daimyo pensó que podía ser una buena idea para reactivar la maltrecha economía local.

Se construyó por ello en Japón un barco replicando los galeones españoles, el San Juan Bautista (o Date Maru para los japoneses), y éste partió de Sendai en octubre de 1613. Una copia de ese buque puede visitarse hoy en día en el norte de Japón.

Aquella curiosa expedición se llamó la «Embajada Keicho», tomando ese nombre de la era en que entonces vivía Japón. Cada vez que Japón cambia de emperador se cambia la era, desde el año pasado están en la Reiwa, aunque la más conocida fuera del país es la Meiji (1868-1912).

Junto a fray Sotelo, dirigía la misión el samurai Hasekura Tsunenaga, muy importante para esta historia. Los samuráis en esa época ya no eran guerreros indómitos como en la época medieval, así que no os lo imaginéis con dos katanas y armadura todo el rato, más bien era un aburguesado noble al servicio del daimyo.

Hasekura Tsunenaga, retratado por un pintor francés durante su estancia en Roma.

El viaje de ida siguió la ruta del «tornaviaje» que Andrés de Urdaneta había iniciado medio siglo antes: en vez de ir a España por el Índico y el Cabo de Buena Esperanza africano, zona controlada por una Portugal que entonces ya no era aliada de los españoles, se cruzaba el Pacífico hasta Acapulco (el recorrido que desde Filipinas efectuaba el Galeón de Manila), luego se iba por tierra hasta Veracruz, en la costa caribeña mexicana, y de ahí se cruzaba el Atlántico hasta España, normalmente con escala en La Habana. Esta travesía le llevó a la Embajada Keicho un año: en octubre de 1614 llegaron a Sanlúcar de Barrameda, en la desembocadura del Guadalquivir, y desde allí remontaron el río hasta llegar a Coria del ídem, a unos 12 kilómetros al sur de Sevilla. Desde ahí, algunos barcos grandes tenían problemas para seguir navegando hasta la hoy capital andaluza, así que siguieron por tierra hasta la gran ciudad.

No se sabe muy bien por qué, si les gustó el sitio, si se enamoraron de alguna lugareña, o simplemente echaron raíces allí, pero lo cierto es que varios japoneses que formaban parte de la comitiva, se cree que entre seis y ocho, se quedaron a vivir en Coria del Río. Ellos, o sus descendientes, adoptarían el apellido «Japón», obvio indicador de su procedencia, y ese apellido es hoy día bastante habitual entre los vecinos del lugar (unas 1.000 personas lo llevan, de los 30.000 corianos que hay). También hay algún que otro apellido Japón en Sevilla capital y otras ciudades de la zona, como Dos Hermanas. En fin, de todo esto viene la especial relación entre Coria y Japón, inmortalizada por una estatua que hay en la ciudad sevillana en honor al samurai Tsunenaga.

No es la única del mundo: también hay otra en Cuba, por donde la Embajada Keicho también pasó, y otra en la ciudad italiana de Civitavecchia, escala previa a la llegada de esta misión a Roma.

El apellido Japón sonará a los españoles especialmente porque hace años había un famoso árbitro (famoso precisamente por su gracioso nombre) llamado José Japón Sevilla, que no es de Coria del Río sino de la ciudad que indica su segundo apellido. Este árbitro es, o ha sido, cónsul honorario de Japón en Sevilla, un cargo meramente simbólico pero al que él estaba condenado tarde o temprano dados sus apellidos.

Otro Japón destacado es el antiguo rector de Andalucía, Juan Manuel Suárez Japón, una de las personas que ha estudiado el origen de este apellido y su relación con la Embajada Keicho. A este estudioso lo podéis escuchar en un interesante reportaje que Radio Nacional de España hizo en 2013 sobre aquella misión que entonces cumplía 400 años, del que he tomado mucha información para este artículo de hoy.

La historia del apellido y sus implicaciones históricas inspiró una reciente comedia llamada «Los Japón», estrenada el pasado año (la première fue en Coria del Río, obviamente), en la que Dani Rovira y otros actores interpretan a una familia coriana que tiene que ir a Japón para ser entronizados emperadores porque el anterior soberano ha muerto sin descendencia y ellos son los parientes más cercanos que quedan. La hipótesis es bizarra, y dicen las críticas que el film no es muy allá, pero yo creo que algún día de éstos lo acabaré viendo, dado que actualmente está en Movistar.

No es la primera película española inspirada por la Embajada Keicho, porque hace años, en 2005, Baltasar Pedrosa dirigió una hoy casi desconocida cinta de dibujos animados, al estilo anime nipón, llamada «Gisaku» y que también habla de enviados del Japón feudal a la España imperial.

Coria del Río -mi colega japonés pensó al principio que se llamaba «Corea del Río», para liar aún más las cosas- lleva en los últimos años con orgullo y buen humor su peculiar vínculo con el Lejano Oriente, y prueba de ello es que en esa localidad puede comprarse y beberse «sake de Coria», que en vez de ser aguardiente de arroz como el habitual en Japón es licor cremoso de arroz con leche, más español y dulce. Lo sé porque unos amigos sevillanos de mi familia lo trajeron de regalo y lo he podido probar durante mis vacaciones oscenses.

Ya hemos contado mucho aquí, pero aún queda retomar un poco la Embajada Keicho y explicar qué fue de aquella misión japonesa después de pasar por Coria.

En Sevilla, el samurai Tsunenaga y su séquito fueron alojados con todo lujo, gracias seguramente a que Sotelo era sevillano, en el Alcázar de Sevilla, últimamente conocido sobre todo por haber sido escenario del reino de Dorne en Juego de Tronos. Allí pasaron un mes, pero cuando en la ciudad empezó a haber quejas de que estaban siendo un gasto suntuario para las arcas municipales, partieron hacia Madrid, donde llegaron a ser recibidos por el rey Felipe III.

Meses más tarde, en un itinerario que incluiría escalas en Daroca, Zaragoza o Fraga (esto lo pongo por ser yo aragonés), acabarían en Roma, donde se entrevistarían con el Papa del momento, Pablo V. Luego regresarían por el camino inverso, pasando otra vez por España, Cuba y México, hasta Japón, en una expedición que duró siete años, desde 1613 hasta 1620.

Tsunenaga y Sotelo, inmortalizados en una pintura del Palacio del Quirinal romano (actual residencia del presidente italiano).

Lo cierto es que la expedición fue un fracaso, por numerosas razones. En primer lugar, España y Roma entendieron pronto que el samurai Tsunenaga no representaba a Japón entero (un país, como he dicho antes, que no era en realidad un país, sino un territorio muy dividido y aún feudal), por lo que pensaron que pocas cosas podían acordar con él y no le hicieron mucho caso. Para colmo, justo en esos años de estancia de la Embajada Keicho en Europa se estaba recrudeciendo la persecución y matanza de cristianos y misioneros en Japón, por lo que no era precisamente el mejor momento de entablar relaciones.

Japón de hecho estaba entrando en una era de aislamiento que duraría más de 200 años y no finalizaría hasta la Era Meiji que antes mencioné, a finales del siglo XIX, cuando los japoneses entendieron que tenían que occidentalizarse un poco para seguir el ritmo de los tiempos (cuando hayáis acabado de ver «Silencio» de Scorsese, poneos «El último samurai», con Tom Cruise, que os cuenta algo de aquel tiempo).

No acabarían tampoco muy bien los protagonistas de la misión: el samurai Tsunenaga murió apenas dos años después de regresar de ella, en 1622, y Sotelo, empeñado en volver a Japón a evangelizar pese al recrudecimiento de las persecuciones, fue quemado vivo en 1624 en la zona de Nagasaki, donde tantos otros misioneros murieron, y es hoy considerado mártir por la Iglesia Católica.

Pese a los escasos frutos del viaje (quitando los sembrados en Coria), lo cierto es que España y Japón decidieron sacar del relativo olvido aquel acontecimiento y en 2013 y 2014, en conmemoración del 400 aniversario de la partida de la misión de Sendai y su llegada a Coria del Río, ambos gobiernos celebraron el llamado Año Dual España-Japón, en el que se celebraron numerosas actividades culturales entre ambos países, un poco como cuando China y España celebraron en 2018 el Año Pantoja, del que ya os hablé entonces.

España y Japón, sin embargo, no tuvieron relaciones diplomáticas oficiales hasta 1868, año en el que curiosamente ambos países estuvieron inmersos en sendas revoluciones: los japoneses entraban entonces en la Era Meiji que ya hemos mencionado, y España vivía la «Revolución Gloriosa». Mientras los nipones estaban restaurando el poder del emperador, que durante siglos había sido una mera figura simbólica ya que el que mandaba de verdad era el shogun, los españoles echaban a la reina Isabel II y proclamaban la efímera I República. Hoy día, son dos países que sienten extrema simpatía por sus culturas, especialmente entre sus generaciones más jóvenes.

PD: La figura de Hasekura Tsunenaga y su viaje por el mundo inspiró la novela «El Samurai», escrita en 1980 por su compatriota Shusaku Endo, por si queréis ahondar en este tema. Endo, que era católico, también fue el autor de «Silencio», novela que inspiró la película homónima de Scorsese que ya ha asomado la cabeza en este texto varias veces.

Actualización (21-8-2020): Ya he visto la película de Los Japón, y por vuestro bien os recomiendo que no la veáis. Horrible, incluso para los bajos estándares de la comedia española. Chistes de gente que confunde el wasabi con espinacas y se echa chorros de agua de los retretes japoneses en la cara: ése es el nivel. Con ver los primeros minutos, en que se cuenta de forma muy resumida la historia de Tsunenaga con voz en off de Juan Echanove, es suficiente.

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