No más China Girl

 

 

El fallecimiento de David Bowie nos pilló a todos ayer por sorpresa: no era tan mayor, no se sabía públicamente que estaba enfermo, acababa de sacar un disco… Ha sido una impactante noticia, aunque bueno, tal y como están los estándares en el mundo del rock y el pop, donde hay tantas muertes precoces y truculentas de grandes ídolos, casi se puede decir que Bowie se ha marchado con el paso tranquilo.

Os mentiría si os dijera que soy un gran fan suyo: en los 70 y los 80, sus años más gloriosos, yo aún era muy pequeño, y lo más que recuerdo de él en aquellos tiempos es verle haciendo de malo en “Dentro del Laberinto”, aquella versión gótica de los Fraguel que dirigió Jim Henson.

Bowie está en mi larga lista de clásicos de la música de los que, tonto de mí, me gustan mucho dos canciones pero no conozco o no aprecio demasiado el resto: en su caso son Space Oddity -la que le gusta a todo el mundo, vamos- y Modern Love, que me temo que es su éxito más facilón.

Sin embargo, creo que Bowie tiene derecho a este pequeño e indigno obituario en un blog sobre China teniendo en cuenta que una de sus canciones más famosas fue China Girl.

Lo más chino de la canción es su inicio melódico, inconfundiblemente oriental, y la presencia en el vídeo musical de una bella chica de rasgos orientales, la modelo neozelandesa Geeling Ng (quien ayer se sumó a las condolencias de todo el planeta).

En cuanto a la letra, allí ya hay más problemas: sí es cierto que en ella se nombra una y otra vez “China Girl”, que para eso la canción se llama así, pero la verdad es que tampoco está muy claro el significado de los versos. Hay quien dice que es un alegato contra el racismo del hombre blanco hacia los orientales, pero también hay quien ve en la expresión “China Girl” una metáfora de las drogas (heroína, opio) que Bowie en sus épocas más descarriadas tomaba para desayunar, almorzar, merendar y cenar (más algunas que se zampaba entre horas).

También merece la pena hablar aquí de los paseos de la discografía de Bowie por el budismo tibetano… no es que el cantante fuera un fervoroso seguidor del Dalai Lama, pero en sus años más camaleónicos probó todas las religiones y creencias posibles (por márketing o porque realmente quería hacerlo todo en esta vida, quién sabe) y hubo ratos en los que toco ser budista. En esos ratos salió la excelente canción Silly Boy Blue, en la que habla de Lhasa, el palacio Potala, las estatuas de mantequilla de los templos tibetanos… La canción es de los años 60, cuando los hippies estaban también en plena vorágine tibetano-hindú, pero Bowie se desmarcó de ellos. A él, contaba, la fascinación por el Tíbet le venía de antes, de cuando de pequeño leyó el libro “Siete Años en el Tíbet”.

Décadas después, en los 90, sacó precisamente una canción llamada como ese libro, Siete Años en el Tíbet, y cuya letra parece criticar la ocupación china en esa región del Himalaya, aunque lo hace con una lírica menos explícita que el “Aidalai” de Mecano, o que la pelicula homónima que apareció en el mismo año que el disco de Bowie, 1997. Una vez más, era época de tibetanismo en Occidente: el Dalai Lama, entonces recientemente galardonado con el Nobel de la Paz, había ganado muchos adeptos en el mundo del espectáculo, desde Richard Gere a Madonna. Pero, una vez más, David Bowie se desmarcó de esa moda: no era budista convencido, iba por libre, y su canción no formaba parte de una campaña, la compuso porque sí.

Para más inri, el cantante que ayer nos dejó hizo una versión de la canción anterior en chino mandarín, que interpretó con una dicción casi perfecta. Con ella me despido hoy, simplemente deseando que Ziggy Stardust esté en el espacio y nos mande algún mensaje al Ground Control.

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