Océano Bélico

En 2013 se estrenó Pacific Rim, una película en la que el Océano Pacífico, que da nombre a la cinta, es atacado por unos monstruos alienígenas gigantes tipo Godzilla y donde países de la zona como Japón, Australia, China o Estados Unidos -hay una triste ausencia de Latinoamérica, pese a que el director sea el mexicano Guillermo del Toro- se unen para derrotar a los monstruos manejando robots igualmente gigantes. La película, en la que Santiago Segura juega un importante papel, tiene como escenario Hong Kong (donde me encuentro hoy, casualmente) y por tanto las aguas donde robots y monstruos se dan de leches son las del Mar de China Meridional. Se podría decir que Pacific Rim, que fue una película que gustó mucho en China y cuya proyección fue autorizada por la censura en los cines del país, simbolizó de forma muy gráfica el naciente interés de Estados Unidos, representada por su maquinaria de propaganda, que es Hollywood, hacia un mar conflictivo y deseado.

Más o menos por esa época en la que se estrenó la película (quizá un poco antes) un Estados Unidos que había declarado abiertamente que iba a desplazar su política internacional desde Oriente Medio hacia el Extremo Oriente comenzaba en la segunda de esas regiones unas estrategias que no le iban a hacer mucha gracia a China. La entonces secretaria de Estado Hillary Clinton -muy impopular entre los chinos, tanto que casi prefieren que Donald Trump gane en las próximas elecciones- y el propio presidente Barack Obama iban a visitar países de la zona, tales como Filipinas o Vietnam, para darles a entender que iban a recibir apoyo en sus reclamaciones de islas de ese mar igualmente reclamadas por China, como las Spratly o las Paracel (que algunos llamaron estos años, equivocadísimamente y para mi desespero, Paracelso). A raíz de estos apoyos de Washington, Vietnam y Filipinas comenzaron a reivindicar públicamente sus derechos sobre esas islas, y a acusar a China de apresar sus pesqueros o pescar ilegalmente. También hubo un aumento de la presencia militar estadounidense en Australia, tradicional aliado de la zona por la proximidad cultural aunque a veces olvidado por Washington.

China reaccionó a estos movimientos con gestos de fuerza. Levantó en una de las islas que controla una ciudad, Sansha, para dar fuerza a su presencia en los archipiélagos (durante casi toda la historia deshabitados, salvo destacamentos militares en las últimas décadas). También plantó una plataforma petrolífera muy cerca de las costas de Vietnam, y ha aumentado artificialmente algunas de las islas para instalar en ellas pistas de aterrizaje, algo que fue condenado por Estados Unidos (de forma un tanto hipócrita, porque también Filipinas, Vietnam y hasta Taiwán tienen pistas aéreas o instalaciones similares en islas en disputa de esa zona, algo que es posible que jamás mencione un medio de comunicación en inglés).

Una vez revueltas las aguas, Estados Unidos ha tomado más medidas, que han consistido, básicamente, en hacer que portaviones o acorazados de su flota en el Pacífico pasen por aguas en disputa, como medida de advertencia a China. También lo ha hecho con aviones, y en algunos de esos vuelos han llegado a participar generales americanos o hasta el secretario de Defensa Ash Carter. Otra medida ha sido la de intentar que el conflicto en el Mar de China Meridional, antes pequeño y desconocido para la mayoría de los mortales pese a que tiene décadas de antigüedad, se convierta en algo familiar: los políticos estadounidenses, desde secretarios a congresistas o senadores, hablan sobre el todas las semanas, aunque no haya en realidad muchas novedades que contar, lo que consigue sin embargo que el tema aparezca casi a diario en los medios y se convierta en un asunto que alarme a la opinión pública.

¿Qué hay detrás de todo esto? En primer lugar, lo que desde el fin de la II Guerra Mundial ha generado conflictos en todo el planeta: ya no se pelea por tierras, sino por recursos. En el Mar de China Meridional hay de momento sólo recursos pesqueros, pero se considera que en su lecho marino podría haber enormes bolsas de petróleo y gas, quizá las mayores del mundo. Sin embargo, de momento eso es sólo una posibilidad aún no probada, ni siquiera por la plataforma marítima que los chinos colocaron cerca de Vietnam y que hizo varias prospecciones. Por otra parte, no podemos olvidar los intereses de la industria armamentística estadounidense, un lobby con gran poder que ahora sueña con vender submarinos y cazas a Vietnam o Filipinas, aunque lo cierto es que por ahora no se ha oído hablar de grandes ventas de armamento a esos países.

Además de la clásica guerra de recursos y mercados, hay un claro conflicto por la hegemonía, muy interesante y que demuestra una vez más que aquellas teorías del Fin de la Historia que hubo tras la caída del Muro de Berlín estaban totalmente equivocadas, y a la Guerra Fría le seguirán nuevos conflictos tan malos o peores. Tras el fin de la Unión Soviética, Estados Unidos centró su política exterior en Oriente Medio, que ése sí es un indiscutible depósito de recursos energéticos. La presencia de Washington en una región tan compleja y conflictiva, donde el conflicto aumentó con la mayor presencia americana, obligó a los Estados Unidos a dedicarse casi exclusivamente a esa región en su política exterior. Ello quizá le distrajo del ascenso de China, que hoy día ya le mira de tú a tú como potencia mundial, y también de la conversión de Corea del Norte en potencia nuclear, rompiendo el equilibrio en Extremo Oriente.

Cuando Obama llegó a la presidencia de EEUU, su bandera en política internacional era cerrar la prisión ilegal de Guantánamo, un símbolo de que quería reducir la presencia de su país en Oriente Medio, en el momento en que su país ocupaba dos países (Irak y Afganistán). No sólo por razones humanitarias, que también las habría y seguramente le valieron el Nobel de la Paz aquel prematuro que le dieron, sino por reconducir la política exterior norteamericana al Pacífico, una región tradicionalmente interesante para Washington, ya desde los tiempos en que ayudó a Filipinas a «independizarse» de España (lo entrecomillo porque luego la ocuparon ellos). Tampoco debe olvidarse que para Estados Unidos el gran enemigo de la Segunda Guerra Mundial fue Japón, en esas aguas, y que por ellas navega su mayor flota naval.

En este sentido, es simbólico que los primeros acercamientos de la Administración Obama a Filipinas o Vietnam llegaran tras la muerte de Osama Bin Laden, en 2011. La muerte del líder de Al Qaeda fue interpretada desde Washington como signo de que se podía levantar el pie del acelerador que habían pisado a fondo en Oriente Medio especialmente desde los atentados de las Torres Gemelas. Lo que no sabían quizá por aquel entonces es que después de Al Qaeda llegaría el Estado Islámico, y que Rusia volvería a una región en la que no había estado apenas desde los tiempos de la invasión de Afganistán, esta vez en ayuda de los sirios… La historia se repite, y quizá ahora la excesiva atención de Estados Unidos al Mar de China Meridional le ha hecho olvidar un poco Oriente Medio, por lo que ahora es allí donde salen monstruos no tan gigantes como los de Pacific Rim pero igual de amenazadores.

Por supuesto, no voy a tratar a China como un sujeto meramente pasivo en este apasionante juego de poderes. Un régimen comunista como el actual, con un presidente tan conservador como está demostrando ser Xi Jinping, está utilizando el conflicto como excusa para aumentar el sentimiento nacionalista dentro del país, aunque lo cierto es que la mayoría de la ciudadanía china es totalmente ajena a la política, y le da lo mismo tanto lo que Pekín como lo que Washington estén pergeñando. En cambio, al presidente Xi sí que le sirve para que una institución tan poderosa como el ejército chino cierre filas en torno a él y le rinda pleitesía mientras China muestre de vez en cuando gestos de desafío hacia la todopoderosa Estados Unidos. Los órdagos que de vez en cuando se dan chinos y estadounidenses en el Mar de China Meridional, menos peligrosos que los que hay a veces en Oriente Medio pues en esta región se producen en un mar prácticamente deshabitado, ayudan a China a mostrarse fuerte con unos riesgos mínimos, llevando el conflicto a una dimensión de tensión permanente pero controlada que a la larga beneficia tanto a Estados Unidos como al régimen comunista chino. El problema es si un día de éstos llega un actor incontrolable (Corea del Norte es un gran candidato) que te rompe el equilibrio regional y todo se dispara. Esperemos que Extremo Oriente no se convierta este siglo en el desastre que ha sido Oriente Medio, por culpa de tantos intereses poderosos puestos en él.

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