Otros traslados de restos

Como la mayoría, seguí la semana pasada con atención la exhumación de Franco, un acontecimiento ciertamente histórico en el que me ha sorprendido no que se molestara la ultraderecha, algo que entraba dentro de lo lógico, sino también la ultraizquierda, asegurando que lo del pasado jueves fue poco menos que un «funeral de estado» (no sé qué querían ellos, quizá sacar el féretro a patadas) mientras decían en el linchódromo de Twitter que España era un «estado fascista» (cuando para alguien es fascista todo lo que está ligeramente a la derecha de la CUP, ese alguien va a estar muy fastidiado toda su vida).

En fin, a veces molestar a todos los extremistas, e incluso dejar descontento a todo el mundo (porque se busca una solución intermedia y de consenso) puede ser precisamente el síntoma de que algo se está haciendo bien.

Seis días antes de esa exhumación se produjo en China otro traslado de los restos de un importante líder fallecido años ha, aunque en este caso las circunstancias fueron muy diferentes: si en el caso del Caudillo éste se encontraba en un lugar con mucha significación política y la familia no quería sacarlo de allí, teniendo al final que conformarse con llevarlo a un panteón familiar, en el caso chino la familia tenía en su casa desde hacía casi 15 años las cenizas del difunto, quería enterrarlas en un sitio con mucha significación política, y ante la negativa oficial finalmente las han inhumado en otro camposanto más discreto.

El líder al que me refiero es Zhao Ziyang, que fue primer ministro de China y secretario general del Partido Comunista en los años 80. Aunque el gran líder de la China de aquella época era Deng Xiaoping (en la sombra, pues apenas ostentaba cargos oficiales), Zhao fue un personaje muy importante en aquel entonces, y por ejemplo cuando viajó a Estados Unidos fue recibido de igual a igual por Ronald Reagan en la guaitjaus.

Zhao falleció en enero de 2005, a los 85 años, después de vivir una década y media olvidado y en el ostracismo, prácticamente en arresto domiciliario, por haber mostrado simpatía hacia los manifestantes de Tiananmen en 1989. Su última aparición pública es muy famosa: con un megáfono en mano y con ese fuerte acento de Henan que tenía, les dijo a los manifestantes que abandonaran la huelga de hambre que algunos habían iniciado, y les dedicó una famosa frase «nosotros somos viejos y ya no le importamos a nadie» que yo creo que dijo para intentar congraciarse con ellos y convencerles de que dejaran las protestas, pero otros interpretaron como un expreso apoyo al movimiento, con una retórica -la de que los jóvenes debían imponerse sobre los viejos- que recordaba a la Revolución Cultural.

Fuera como fuera, Zhao cayó en desgracia inmediatamente después de eso, hasta su muerte en enero de 2005. Al haber sido un destacado líder se celebró un funeral en su honor en el cementerio de mártires revolucionarios de Babaoshan, un lugar con fuerte connotación política en las afueras de Pekín, pero se ordenó gran austeridad (ni siquiera se permitieron coronas de flores) y tampoco se autorizó que las cenizas de Zhao fueran enterradas allí. La familia se las llevó a su casa en el centro de Pekín (casa a la que intenté acercarme sin éxito en los días posteriores a la muerte de Zhao, allá por 2005) y allí las ha tenido, intentando que con el tiempo las autoridades se flexibilizaran un poco y permitieran el entierro en Babaoshan. Como esa flexibilidad no llegó (de hecho creo que las autoridades chinas actuales aún son menos transigentes que las de la década pasada) finalmente los parientes han optado por otro cementerio de Pekín, menos cargado de historia pero quizá más tranquilo. El entierro se celebró el 18 de octubre, cien años y un día después de la fecha de nacimiento del propio Zhao, de forma discretísima.

Exequias en honor de Zhao en 2005.

Curiosamente, el viaje póstumo de Zhao ha sido opuesto al de otro líder famoso y reformista de la China de los años 80, Hu Yaobang, cuya muerte en abril de 1989 marcó el inicio de las protestas de Tiananmen (éstas comenzaron con una simple petición de jóvenes estudiantes para que su memoria fuera rehabilitada). Hu sí fue enterrado aquel año en Babaoshan, pero su familia logró permiso para que sus cenizas fueran exhumadas y reinhumadas en la ciudad de Gongqing, que el propio Hu había ayudado a fundar décadas antes. Esto lo conté ya hace un año, cuando con el inicio de la campaña de Pedro Sánchez por mover los restos de Franco di un repaso a dónde están enterrados algunos de los grandes líderes comunistas chinos del siglo XX.

El caso de Franco nos podría mover a la reflexión de qué podría pasar, por ejemplo, con los restos de Mao, actualmente embalsamado en el centro de la Plaza de Tiananmen, si un día cambiara el tipo de régimen de China. Hay indicios que parecen indicar que podría seguir allí, como por ejemplo el hecho de que en la Plaza Roja de Moscú sigue Lenin igualmente embalsamado pese a que la Unión Soviética cayó hace casi 30 años. Además, como indiqué en el post de hace un año, el gran líder del régimen chino anterior al comunista, Sun Yat-sen, sigue descansando en un enorme mausoleo en su honor en Nanjing (aunque hay que decir que gobernó lo suficientemente poco como para no cagarla, y que el comunismo chino le respeta mucho).

Sin embargo, cerca de China hay un caso de país que sí actuó como ha hecho ahora España con Franco: Mongolia. En la época en que el país era comunista, en el centro de la principal plaza de su capital, Ulan Bator, había un mausoleo muy parecido al de Lenin en Moscú, en el que descansaban los restos de dos líderes comunistas fundadores del régimen y de nombres imposibles de escribir sin hacer cortapega para un no mongol (Damdin Sükhbaatar y Khorloogiin Choibalsan).

La plaza en la década pasada, con el mausoleo rojo y gris en el centro.

El mausoleo en el «Tiananmen mongol» se demolió en 2005, y los restos de los dos próceres fueron llevados a cementerios. El caso de Sükhbaatar debió ser especialmente engorroso para su familia, porque éste primero fue enterrado en un cementerio a su muerte en 1923, para ser más tarde llevado a la plaza en los años 50, y nuevamente regresó al cementerio del principio en 2005. Menudo mareo.

Hoy en día en lugar del mausoleo hay una estatua en honor de Sükhbataar (y como veis el sitio está irreconocible porque el edificio de detrás, que es el Palacio del Gobierno, ha sido restaurado).

Los chinos por ahora ni se plantean seguir el ejemplo mongol, y a la hora de tener sentimientos similares a los que en España tienen algunos al pensar en el Valle de los Caídos, quizá nos tendríamos que referir al Santuario Yasukuni de Tokio, aunque parezca que me vaya por las ramas.

Este lugar, situado en el centro de la capital japonesa, no guarda los restos de nadie polémico, pero los chinos, y también los coreanos, lo consideran un monumento infame porque en él se rinde homenaje, entre muchos otros, a 14 criminales de guerra de la época en la que Japón invadió buena parte de Asia Oriental. Por ejemplo, el general Hideki Tojo, quien como primer ministro japonés en la época de la Segunda Guerra Mundial fue considerado principal responsable de la muerte de millones de civiles y prisioneros de guerra, y fue ejecutado por ello. Yo pensé mucho tiempo que las cenizas de él y los otros 13 criminales estaban en Yasukuni, pero no es así: únicamente estas personas están «sacralizadas» en Yasukuni, no sé si el palabro valdría, en el sentido de que sus nombres fueron escritos mediante una ceremonia en un libro sagrado del templo, en el que hay 2,5 millones de nombres más (el santuario es una especie de lugar de homenaje a quienes murieron en los conflictos bélicos que Japón libró en los siglos XIX y XX, no sólo la Segunda Guerra Mundial).

No sé si borrar esos nombres de esa especie de «libro de almas» bastaría para calmar los ánimos de China y las dos Coreas, ni si se puede hacer, pero ahí dejo la idea. Hace años, cuando pensaba que había cenizas en Yasukuni y propuse sacarlas de allí, me cayeron algunos palos, igual el borrado de nombres no causa tanta controversia pero vaya usted a saber.

Nostálgicos japoneses en el Yasukuni.

Para terminar, os confesaré que yo, por interés histórico y os prometo que nada ideológico ni mucho menos necrofílico, he estado en muchos de los lugares mencionados: en el Yasukuni, en los mausoleos de Mao y Lenin, en la plaza de Ulan Bator (ya sin restos mortales en su centro) y hasta en el Valle de los Caídos. También fui a los mausoleos de Ho Chi Minh en Vietnam, de Suharto en Indonesia y hasta de Ferdinand Marcos en Filipinas. Por cierto, rocambolesca la historia de estos últimos restos: Marcos falleció exiliado en Hawai en 1989, pero no se autorizó el regreso de sus restos a Filipinas hasta 1993, y éstos permanecieron en una cámara refrigerada de una cripta familiar extrañísima (la que yo visité) hasta 2016, cuando fue enterrado en el Cementerio de los Héroes de Manila (supongo que la versión filipina de Babaoshan) tras largas negociaciones de la familia con el Gobierno y dos intentos fallidos previos de organizar ese entierro. Como veis, eso de «descanse en paz» es relativo.

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