Pekín y Moscú, 300 años de fricción

En el mes de guerra ucraniana que llevamos ha habido muchos temores en Occidente (principalmente en EEUU) por una posible alianza entre Rusia y China. Es más, hasta ha llegado a haber miedo a que China invadiera Taiwán aprovechando el caos.

En realidad, Pekín está intentando, no sin dificultades, quedar al margen de esta guerra, que le pilla lejos y no en el mejor momento para luchar (ahora mismo, sin ir más lejos, está confinando su mayor ciudad por la COVID).

Los geopolitólogos que dan por hecha la alianza entre China y Rusia olvidan seguramente que Pekín y Moscú no han tenido un pasado común fácil: en los últimos 300 años han tenido varios encontronazos fronterizos, y en la segunda mitad del siglo XX a eso se añadió un fuerte enfrentamiento ideológico. En los años 60 del año pasado, los chinos temían más un ataque nuclear soviético que uno estadounidense, y los refugios nucleares que construyeron en Pekín, por ejemplo, buscaban protegerse de las bombas del país vecino más que de las de EEUU.

En 1969 incluso llegó a haber enfrentamientos armados, con tanques y fusiles, entre chinos y soviéticos. Un conflicto armado que no fue una guerra declarada, con apenas un centenar de muertos por cada bando, pero que como muchos otros en esa época podría haber escalado hasta algo peor, incluso una guerra nuclear como la que hoy en día vuelve a citarse en inquietantes declaraciones de líderes mundiales.

Voy a recordar hoy aquella «guerra» entre China y la URSS, o guerrita si lo preferís. Pero antes explicaremos los antecedentes históricos que la explican.

Conviene empezar diciendo que China y Rusia tienen 3.600 kilómetros de frontera: es la sexta línea fronteriza entre dos países más larga del mundo, aunque está dividida en dos tramos porque Mongolia se interpone (el occidental, en todo caso, mide menos de 100 kilómetros). La frontera entre China y la Unión Soviética aún era mayor, de unos 6.400 kilómetros. Eso ya nos permite adivinar que seguramente Moscú y Pekín han tenido problemas fronterizos durante su larga historia, aunque lo cierto es que tampoco han sido de la gravedad que en otras partes de sus países, seguramente porque la estepa siberiana no es la tierra más preciada para ninguno de los dos.

En el siglo XVII, cuando a Rusia llega la dinastía Romanov y éstos comienzan la gran expansión zarista hacia el lejano oriente, gobernaba en China la dinastía Ming, que poseía de forma más o menos formal territorios de lo que hoy es Rusia, en donde actualmente hay grandes ciudades como Jabarovsk o Vladivostok.

En 1644 hay un cambio dinástico en China y llegan los Qing, que vienen de Manchuria, justo la zona que estaba empezando a colonizar Rusia. Comienza a haber conflictos armados abiertos entre ambas partes, aunque no de gran escala, que se resuelven con el Tratado de Nerchinsk (1689) por el que la dinastía manchú, también en un periodo de gran expansionismo (en esa época conquistaron Tíbet y Xinjiang) consigue mantener el dominio de mucho más territorio en el noreste del que actualmente tiene China. A cambio, Rusia, que entonces estaba gobernada por Pedro el Grande e iba pronto a ser oficialmente el Imperio Ruso, se aseguraba el control de los alrededores del lago Baikal.

Pero en el siglo XIX llegan las Guerras del Opio, y Rusia se une a otras potencias occidentales para intentar sacar tajada territorial en China, cosa que logra aprovechándose de la debilidad de ésta y sus derrotas militares ante los ejércitos colonialistas. En 1858 China firma con Rusia el Tratado de Aigun por el que la frontera se desplaza al sur y ya llega hasta Javarovsk (ciudad fundada ese mismo año). En 1860 Rusia, Francia y Reino Unido obligan a China a firmar la Convención de Pekín: en ella Reino Unido logra Kowloon (la parte peninsular de Hong Kong), pero la mayor ganancia territorial fue para los rusos, que volvieron a desplazar la frontera nororiental hacia el sur hasta la zona donde hoy está Vladivostok, también fundada ese mismo año. Estos acuerdos están en la lista de decenas de «tratados desiguales» que China considera que le obligaron a firmar injustamente en esa época, y que siempre ha aceptado sólo a regañadientes.

Los tratados fijaban buena parte de la frontera oriental chino-rusa, y más tarde la chino-soviética, con arreglo a dos ríos: el Amur, y el Usuri, uno de sus afluentes. Ambos confluyen en Javarovsk.

Hacer que las fronteras coincidan con ríos es bastante práctico para defenderlas y para que el vecino no te mueva la linde, pero trae un problema añadido en este caso: tanto el Amur como el Usuri son ríos muy anchos y tienen enormes islas en su curso que traen nuevos conflictos vecinales por ver quién las posee.

Isla Zhenbao, en el Usuri.

En este caso, para complicar las cosas, el Amur y el Usuri confluyen de forma muy caótica, hasta el punto que crean mediante canales naturales una veintena de islas. La más grande de ellas, llamada Heixiazi por los chinos y Bolshoi Ussurski por los rusos, tiene 350 kilómetros cuadrados, un área similar a la de La Gomera.

Mucho más al oeste, en la zona del Xinjiang, el Imperio Ruso también obligó a China desplazar la frontera hacia el sur, y los rusos, después soviéticos, en alguna ocasión llegaron incluso a apoyar a los uigures y otros pueblos de la zona en revueltas contra el dominio chino. No quiero liar mucho con historias de una frontera que hoy ya no separa a chinos y rusos, sólo mencionaré que en los años 40 hubo una efímera y soviética República del Turkestán Oriental con apoyo de Moscú, aunque con la llegada del maoísmo ésta fue absorbida por la República Popular China (ayudó mucho a ello que los líderes de aquel Turkestán soviético murieran en un accidente de avión en la URSS, cuando viajaban hacia Pekín para intentar negociar con Mao).

Una vez repasados los problemas territoriales históricos, vayamos a los ideológicos, que en los años 60 del siglo pasado eran aún más importantes. En 1953 muere Stalin, y Nikita Jruschov llega al poder en la URSS, criticando abiertamente la política de purgas masivas y terror social de su antecesor y empezando a considerar que Moscú no puede lograr batir al capitalismo occidental. Trae la desestalinización y la coexistencia pacífica, principios ideológicos que no gustan nada a Mao Zedong. No es que el Gran Timonel tuviera siempre una relación fácil con Stalin, pero las medidas tomadas por Jruschov le llevan a pensar que la URSS está mostrándose débil.

Mao se cabrea aún más cuando llega la revolución húngara de 1956 (que a sus ojos le confirma la debilidad de Moscú) y todavía más con la crisis de los misiles cubanos de 1962: Mao ve la media vuelta de los buques que llevaban los misiles al Caribe como un acto de cobardía soviético. Jruschov, por su parte, ve a Mao como un líder peligroso y poco menos que enajenado: un líder que emprende un programa económico desastroso (el Gran Salto Adelante), se enfrenta militarmente a la India (en 1962, poco antes de la Crisis de los Misiles), quiere un enfrentamiento directo con Occidente aunque vaya a llevar a la conflagración nuclear… Esta animadversión mutua no cambiará demasiado con la destitución de Jruschev en 1964 y la llegada de Leónidas Breznev al poder de la URSS: Mao lo consideraba «un Gobierno a lo Jruschev sin Jruschev».

En este contexto, Mao comienza a recordar en discursos públicos en los años 60 que Rusia le había quitado a China vastos territorios en los «tratados desiguales», llegando incluso a defender que la península de Kamchatka había sido china en tiempos (los mapas que hemos visto antes no lo indican así).

Ante todas estas tensiones y los reproches públicos mutuos, la URSS comienza esos años a aumentar su presencia militar en la frontera con China junto a los ríos Amur y Ussuri, algo que nos suena mucho estos días, pues lo vimos en los meses previos a la invasión de Ucrania. En 1968 había destinados en la zona fronteriza con China 375.000 soldados soviéticos (más incluso que los 200.000 que en los últimos meses Moscú ha llevado a la cercanía de Ucrania). China, a la que nunca le ha faltado personal, tenía en esa zona un millón y medio de soldados, y conviene recordar que pocos años antes se había convertido en potencia nuclear: su primera prueba de una bomba atómica fue en 1964.

Las tensiones políticas entre Moscú y Pekín empeoraron todavía más cuando en agosto de 1968 los soviéticos invadieron Checoslovaquia para aplastar la Primavera de Praga. Aunque Mao no era simpatizante del intento checoslovaco de independizarse un poco de la URSS, interpretó que Moscú estaba dispuesta a intervenir directamente en cualquier país comunista cuyo gobierno le pareciera demasiado «independiente», y en este sentido Pekín lo era mucho más que Praga. Los comunistas chinos se enfurecieron con la invasión rusa de Checoslovaquia, y Zhou Enlai, la mano derecha de Mao, la llegó a comparar con la que Hitler había perpetrado 30 años antes contra el mismo país.

En éstas llega al principal enfrentamiento armado entre soviéticos y chinos, el 2 de marzo de 1969, en la isla de Zhenbao, situada en el río Usuri. Las cifras varían según el bando, pero debió haber unos 60 muertos en cada ejército. No se sabe muy bien quién empezó y por qué: tres meses antes los soldados de ambos bandos en la zona se habían peleado con porras, y la cosa fue escalando hasta una escaramuza con fuego cruzado que duró un par de semanas.

Soldados soviéticos que participaron en la contienda.

En los últimos días, el centro del conflicto giraba alrededor de un simple tanque soviético T-62 que los chinos habían inutilizado y estaba en la isla: los soviéticos intentaron primero recuperarlo y luego destruirlo, pero al final los chinos lo impidieron, y ese tanque hoy día se exhibe en el Museo Militar de Pekín.

En agosto de ese mismo año hubo una escaramuza aún más pequeña en la frontera occidental chino-soviética, entre la región de Xinjiang y lo que hoy es Kazajistán. Los chinos perdieron 28 soldados, y los soviéticos dos.

La URSS intentó lograr apoyo internacional para culpar a China de estos enfrentamientos, y convocó una reunión de urgencia del Pacto de Varsovia para que hubiera una condena unánime a Pekín, aunque no la logró, porque la Rumanía de Ceaucescu se negó. Tampoco la logró a nivel de partidos comunistas del mundo, ya que algunos, entre ellos el PCE español, apoyaron a China y acusaron a la URSS de haber iniciado ella las escaramuzas.

«La isla de Zhenbao no será invadida» (Cartel chino de la época).

Este conflicto fronterizo, unido a años de distanciamiento ideológico, amenazaba con escalar hasta una guerra abierta entre China y la URSS, pero en ese momento se produjo un acontecimiento apaciguador: la muerte el 2 de septiembre de 1969 del líder comunista vietnamita Ho Chi Minh, al que tanto Pekín como la URSS habían apoyado en la guerra contra Estados Unidos, pese a llevarse mal entre sí. Los primeros ministros de China y la Unión Soviética acudieron al funeral, y aunque se esforzaron por no coincidir, los comunistas vietnamitas transmitieron a unos y otros mensajes de acercamiento. El 11 de septiembre, el primer ministro soviético, Alexei Kosiguin, hizo escala en Pekín cuando regresaba de los funerales, se reunió en el aeropuerto pequinés con su homólogo chino Zhou Enlai y ambas partes acordaron iniciar negociaciones para resolver las disputas fronterizas.

Muchos historiadores opinan que esta miniguerra entre China y la URSS fue una idea de Mao para mostrar a Estados Unidos que tenía la misma animadversión a Moscú que ellos: no sería entonces casualidad que muy poco después, en 1972, Richard Nixon haría su histórico viaje a China (del que hace poco se cumplió medio siglo), abriendo el camino para el acercamiento de los chinos a Occidente.

De hecho, las negociaciones fronterizas entre chinos y soviéticos se quedaron aparcadas, y no se iniciaron realmente hasta mucho después. En 2005, ya en la era Putin, el ministro de Asuntos Exteriores chino Li Zhaoxing y su homólogo ruso, Serguéi Lavrov (el mismo que dirige la diplomacia rusa en la actualidad) ratificaron los acuerdos que definitivamente ponían fin a la disputa de 1969.

En ellos se confirmaba la soberanía china de la isla Zhenbao, donde se dieron los mayores enfrentamientos, mientras que la isla Heixiazi quedaba definitivamente dividida y aproximadamente una tercera parte se la quedaban los chinos, como se veía en uno de los mapas del principio.

Como veis, China y Rusia (o su antecesora la Unión Soviética) han tenido muchos problemas en el pasado, así que no hay por qué considerarlos automáticamente como hermanos de sangre dispuestos en cualquier momento a ayudarse.

Por cierto, que en los años 60 Estados Unidos intentó meter cizaña en esos problemas: tanto John Fitzgerald Kennedy como su sucesor en la presidencia Lyndon B. Johnson llegaron a sugerir a la URSS que saboteara o incluso atacara militarmente el programa nuclear chino para que Pekín no se dotara de bombas nucleares, cosa que como hemos visto consiguió en 1964. Moscú rehusó la sugerencia de Washington.

La URSS y la China comunista en realidad no normalizaron del todo sus lazos hasta que Mijaíl Gorbachov visitó Pekín en mayo de 1989: curiosamente lo hizo justo cuando miles de estudiantes en la capital pequinesa pedían cambios políticos en la Plaza de Tiananmen. Pero eso es otra historia que contaremos otro día (o quizá no, porque ya lo hicimos hace años).

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