Ponte la mascarilla

A estas alturas ya podemos asegurar que por ahora la pandemia de COVID-19 ha sido mucho más grave en Europa y en América que en Asia, pese a que este último continente fue donde empezó la enfermedad (en China) y donde se identificaron los primeros focos de contagio fuera de territorio chino, en sitios como Japón o Corea del Sur. Incluso si no tenemos en cuenta a China, porque se sigue poniendo en duda la credibilidad de sus cifras, nos encontramos con que Japón ocupa el 23º puesto en número de casos, y Corea del Sur, que en su momento fue el segundo, ocupa el 24º. El siguiente país de la región, Singapur, está el 37º, aunque su población es mucho menor que la de los anteriores.

Varios factores pueden haber influido en esto. Por ejemplo, que los orientales no tienen la costumbre de saludarse con besos, abrazos o estrechamientos de manos, que son un importante medio de propagación del virus. También pudieron contar con la ventaja estacional: a ellos el coronavirus les llegó en enero y principios de febrero, los días más fríos del año en los que apetece menos salir, mientras que en Occidente ha llegado sobre todo en marzo, con algo mejor de tiempo y más gente en la calle, arriesgándose más a contraer la enfermedad.

Por último, seguro que ha influido, aunque la Organización Mundial de la Salud sea reacia a hablar de ello, el hecho de que en Extremo Oriente el uso de mascarillas entre la población es mucho más popular que en Occidente, lo que ha podido frenar bastante la expansión del virus.

Norcoreanos estos días en Pyongyang.

En Corea del Sur y Japón llevar mascarilla en zonas públicas ya era algo muy normal antes de que apareciera esta pandemia, sobre todo en el transporte público. Quizá sea porque son países muy densamente poblados donde tienen pasadas experiencias de epidemias que se extendieron rápidamente, aunque a mí me da también que en Japón, con tanto cerezo y tanto árbol floral que embellece sus calles, los alérgicos lo deben pasar fatal y también han contribuido a popularizar las mascarillas.

En China este tipo de protección se popularizó en 2003, con el anterior coronavirus que sufrieron, el SARS, y en la última década renació con fuerza por culpa de la contaminación de sus ciudades. En Pekín también ha sido durante mucho tiempo muy habitual llevarlas en primavera, por las tormentas de arena venida del desierto de Gobi.

Sea como sea, en esos países las mascarillas se venden como rosquillas, incluso en supermercados y tiendas 24 horas, por lo que enmascarar a sus millones de habitantes ha sido relativamente fácil en la actual emergencia sanitaria.

En Occidente, la OMS dijo que no hacía falta que la población general llevara mascarilla, pero me parece a mí que lo que querían decir entre líneas era «por favor, no vayan todos a ponerse mascarillas, pues no hay para todos y ante esta tesitura hay que guardarlas para médicos y enfermeras». De todos modos, en febrero ya estaban agotadas en las farmacias: al haber tradicionalmente menos demanda, también había menor oferta, y ha costado dios y ayuda traerlas desde China y otros países productores, ya sabéis las tristes peleas por equipamiento médico que ha habido entre países últimamente.

También pesó mucho en Occidente al principio el temor a que si llevabas mascarilla por la calle te tomaran por exagerado o hipocondríaco, aunque yo creo que eso a estas alturas ya no es un peligro, o debería ser la menor de nuestras preocupaciones.

En mi caso, seguramente por mi pasado pequinés, enseguida decidí llevar mascarilla siempre que saliera de casa, aunque tardé mucho en conseguirlas, porque las que tenía en mis tiempos de Pekín las tiré hace tiempo, pensando, iluso de mí, que ya no las volvería a necesitar.

A mediados de marzo, recordé que en mi cajón de recuerdos chinos tenía una mascarilla militar que me dieron los soldados chinos durante el terremoto de Sichuan de 2008, la saqué del olvido y la llevé unos días, aunque olía bastante a rancio.

Estaba entonces a la espera de que llegaran unas mascarillas que había encargado en una tienda de Ginebra, procedentes de Alemania, pero supongo que sabéis que ese país ha bloqueado desde hace semanas, por mucho que lo niegue públicamente, que salga de su territorio todo material de emergencia contra el coronavirus. Los germanos, siempre a la altura en las crisis. La tendera -que es china, por cierto- se hartó de esperar que en la frontera desbloquearan su pedido, buscó alternativas y finalmente consiguió de su país mascarillas médicas normales, de las de quirófano.

Con éstas me he apañado la mayor parte de este mes y medio de confinamiento, para sacar a la perra (soy de los pocos que lleva mascarilla en este tipo de paseos) y para ir al supermercado, donde sí hay más gente enmascarada. Al final la tendera chino-ginebrina ha conseguido mascarillas de las buenas, también venidas de China, que he estrenado hoy.

De todos modos creo que éstas me las reservaré para futuros viajes en avión, porque parece claro que los vuelos han sido los grandes transmisores del coronavirus por el globo y habrá que tomar precauciones durante un tiempo al tomarlos.

En la actual crisis vamos a tener que cambiar algunas de nuestras costumbres, y sería bueno quitarnos prejuicios y usar las mascarillas más a menudo, sin temor a que nos llamen hipocondríacos. Por ejemplo, cuando tengamos síntomas catarrales o gripales, para no contagiar el virus a los demás. Y en la actual situación, si se puede, porque aún escasean en muchos sitios, deberíamos llevarlas siempre que podamos. Recordando que hay que cambiarlas con frecuencia, quizá no tirarlas tras un sólo uso pero sí cuando las hayamos humedecido demasiado por dentro. Si aún no tenéis, no hace falta entrar en pánico, pero cuanto más gente las use, mejor.

Mi colega Adrián Foncillas, por cierto, recordó hoy en Twitter que uno de los inventores de las mascarillas médicas modernas fue un doctor chino, Wu Lien-teh, hace ahora más de un siglo. Wu nació en Penang (Malasia), isla aún hoy poblada mayoritariamente por emigrantes chinos, pero en 1907 comenzó a trabajar en China y en 1910 se le destinó a Harbin, ciudad del noreste del país, para investigar y combatir una misteriosa plaga de neumonía que estaba matando a casi el 100 % de los infectados. Fue entonces cuando desarrolló las primeras mascarillas clínicas, a partir de mascarillas de tela que ya se usaban en Occidente para prevenir contagios pero a las que añadió capas de gasa y algodón para filtrar mejor el aire.

Wu, a la derecha.

Su diseño fue exportado a Occidente pocos años después, con la terrible gripe de 1918, aunque parece que en el Viejo Continente se nos ha olvidado desde entonces su crucial utilidad. Volvamos a adoptarlas, al menos en ciertas circunstancias, aunque a veces oculten nuestras preciosas bocas y narices.

Dos franceses en campaña para promocionar el uso de mascarillas durante la gripe de 1918.

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