¿Por qué no te agrada Agra?

Este blog, dedicado principalmente a China, se está tomando un paréntesis para hablar principalmente de su vecina la India, el otro gigante asiático. ¿Durante cuánto tiempo? Hasta que deje de salir este mensaje.

Varios extranjeros con los que he hablado durante el viaje a la India del pasado febrero, de ésos que han estado en ese país muchas veces o que prácticamente viven en él, me comentaron que nunca habían estado en Agra ni tenían intención de hacerlo. Demasiado obvio, supongo: es la ciudad del Taj Mahal, demasiado turístico, demasiado típico y tópico.

Yo no pienso igual, a mí me gusta ver los lugares famosos -a veces, sólo a veces, un sitio es visitado por millones de personas porque es condenadamente bonito-, y no dudé para nada en que Agra fuera mi segunda etapa en el viaje a la India, y más estando a sólo dos horas y media en tren de Delhi. No me arrepiento en absoluto: me gustaron muchísimas cosas de Agra.

¿Que hay muchos turistas en el Taj Mahal? Pues sí… pero la inmensa mayoría son INDIOS, tan fotogénicos como el propio Taj Mahal o incluso más. Turistas indios vestidos con sus mejores galas: saris, turbantes, joyas, velos, barbas y bigotes repeinados. Puede que el Taj Mahal lo tengas muy visto de las fotos, pero hay gente que lo visita a la que jamás te has imaginado. Es un ambiente tan entretenido que fui dos veces: un día por la mañana, y al siguiente al atardecer.

El mismo gentío multicolor se puede contemplar a apenas unos kilómetros de allí, en el Fuerte de Agra, mucho mejor conservado y mucho más lujoso y estupendo que el Fuerte Rojo de Delhi. Perdí la cuenta de los palacetes y jardines que había allí dentro, aunque nada me gustó tanto como las murallas y las puertas del castillo, con ese fuerte color de arcilla que tanto se ve por todas partes en la India. Además, entre el Taj y el fuerte me llevó un camellero llamado Rahul (el nombre que más oí en la India) más majo que las pesetas, o las rupias. Con apenas 14 o 15 años era condenadamente gracioso al contar sus problemas con las cinco novias que tenía, y que no sabían ninguna de la existencia de las otras cuatro.

Monumentos aparte, el casco antiguo de Agra -¡aún más caótico que el de Delhi!- me encantó porque escondidos entre la polución, la roña de muchas paredes, los bosques de cables sin orden ni concierto y el enloquecedor tráfico, había retazos de belleza: ventanales morunos, casas de colorines, balcones de épocas legendarias… Ah, y por fin esas vacas callejeras causando atascos y durmiendo en las cunetas, ¡por fin vacas en la India, después de no haber visto casi ninguna en Delhi!

Tampoco ocultaré que en Agra había mucho cazaturistas pesado, que los hombres orinaban sin pudor en cualquier pared o que vi gente paupérrima, viviendo en tiendas de campaña hechas con plásticos en las cunetas. Los mismos indios me lo dijeron: “Cuando vuelvas a tu casa cuenta lo que has visto: lo que te ha gustado, y lo que no”. Y yo cuento que Agra, al menos a mí, me dejó muy buen recuerdo.

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