¿Qué nos queda en Filipinas?

Estatua en honor a Felipe II en Manila.

Filipinas es a veces la gran olvidada del sureste asiático, porque está un poco más para allá que Vietnam, Tailandia, Camboya y otros populares destinos, o también porque su carácter insular dificulta viajar a ella y por ella. Además, el país, católico como los de Europa Occidental y colonizado durante siglos, no tiene ese halo exótico de templos budistas, ruinas selváticas y cosas así que atraen a los viajeros de esta zona, sobre todo a la península Indochina.

De todos modos, para nosotros los españoles e hispanoamericanos, Filipinas tiene un atractivo muy importante e injustamente olvidado: Filipinas fue una colonia española durante más de 350 años, una de las últimas que perdimos, así que estamos unidos a ella por la historia, incluso aunque en ella hubiera capítulos tristes y crueles. Filipinas es lo más cercano a nosotros que podemos encontrar en Asia, con el permiso de los restaurantes de paella de Sanlitun, y por eso es casi un pecado que un turista español no incluya Filipinas en sus itinerarios por Asia Oriental (o que cuando lo haga sólo sea para bañarse en sus playitas, por muy paradisíacas que sean, y lo son).

Por otro lado, está bastante extendida la idea de que en Filipinas no quedó apenas nada de aquella época colonial hispánica, ya que Filipinas fue en el siglo XX colonia estadounidense, o a que el idioma español no se implantó como en Latinoamérica. Y es cierto, Filipinas no está tan culturalmente entrelazada con nosotros como lo están españoles e hispanoamericanos. Pero no por eso debemos pensar que no hay absolutamente nada hispano en las islas bautizadas en honor de Felipe II: con interés y los ojos abiertos, cualquier turista español verá nexos comunes. Vamos a ver algunos ejemplos de herencias que quedaron:

1- Los nombres de la gente: Aunque hay algún que otro Michael o Lewis de la época estadounidense, los filipinos han mantenido la costumbre de utilizar nombres claramente españoles para bautizar a sus hijos, y los apellidos también suelen proceder de tierras ibéricas. No hay más que recordar a famosos personajes recientes de la historia filipina, como Imelda Marcos, Corazón Aquino o su marido Benigno Aquino para confirmarlo, y no son excepciones, la mayoría de la gente tiene nombres españoles. Se mezclan a veces con apellidos que sí suenan oriundos de Filipinas (por ejemplo, la expresidenta Gloria Macapagal Arroyo). Notaréis los que viajéis a Filipinas que allí todavía se usan muchos nombres que en España quedaron algo pasados de moda, al estilo de «Aniceto», «Romualdo», «Fulgencia» y cosas así. Otra circunstancia que me llamó la atención es ver algún nombre con un género poco habitual en España, del tipo de «Susano» o «Sonio».

Cartel de propaganda electoral.

2- Muchas palabras sueltas: El idioma oficial de Filipinas es el tagalo, una lengua que -sin tener yo mucha idea de filologías del Pacífico- suena parecido al malayo o a las lenguas de Indonesia, pero tiene la gracia de que de vez en cuando salpimenta las frases con alguna que otra palabra española que heredaron de los colonizadores. Los números, los meses del año, los días de la semana y muchas otras cosas provienen de la lengua cervantina. Más curioso aún, los filipinos escriben muchas de estas palabras prestadas a su bola, como a ellos les sonaron y adoptadas a sus reglas ortográficas. Así, por ejemplo, al automóvil lo llaman «kotse», al carro «karwaje», al avión «eroplano», o al desayuno «almusal». «Siguro» significa «tal vez», y para decir «seguro» lo que usan es «nakasisiguro». El español está todavía repartido en pequeñas píldoras del habla filipina, aunque debe reconocerse que cuando oyes conversar a los filipinos, lo hacen tan rápido que es raro que pilles al vuelo alguna de esas expresiones de castellano antiguo.

Una cosa graciosa que me pasó, al hilo de esto, es que cuando monté por primera vez en los jeepneys, los improvisados autobuses en Filipinas, no sabía como había que hacer para decirle al conductor que se detuviera con el fin de apearme, y tímido yo, me salté mi lugar de parada varios kilómetros. Cuando más apurado estaba, otro viajero gritó simplemente: «¡Para!», así, como suena.

Ah, y en el sur de Filipinas, en la zona musulmana de Zamboanga, hablan un dialecto llamado «chavacano» que también mezcla español con palabras filipinas, pero frente al tagalo conserva mucho más vocabulario castellano, hasta el punto de que los españoles podemos entender mucho si lo oímos.

No debe olvidarse, por último, que en 1898, cuando EEUU nos quitó las Filipinas, el español era hablado por las elites de esas islas, y así por ejemplo el héroe de la independencia filipina, José Rizal (fusilado por los españoles) era un escritor en español, el idioma en el que compuso su famoso poema «Mi último adiós«, escrito poco antes de ser ejecutado.

3- La arquitectura: Filipinas es un país que ha sufrido centenares de terremotos, tifones y otros muchos desastres naturales que han dejado en pie muy pocos edificios antiguos, y encima ciudades como Manila fueron salvajemente bombardeadas en la Segunda Guerra Mundial por japoneses y estadounidenses. Sin embargo, aún quedan en pie por todo el país sobre todo muchas iglesias construidas por los españoles, que recuerdan más a los templos católicos de Latinoamérica que a los de España, pero en todo caso nos van a sonar familiares a los turistas hispanos. En Manila, el barrio de Intramuros, aunque está casi todo reconstruido, va a recordarnos a España más que ningún otro rincón de todo Oriente (es más, a mí me recordaba al País Vasco o a Navarra, ¿será porque las Filipinas las conquistó el guipuzcoano López de Legazpi?

4- La música y el baile: A ver, la música que más vais a oír si viajáis a Filipinas es el pop norteamericano más mainstream, muchas veces interpretado por excelentes bandas locales. Casi se podría decir que no hay música tradicional filipina, pero algo queda, y lo que hay suena tan español que os vais a quedar alucinados. Así me quedé yo, por lo menos, cuando en este viaje fui a cenar al restaurante Zamboanga, en el centro de Manila, donde te ofrecen una actuación de música tradicional, y tras una primera parte de música prehispánica (que sonaba muy parecida a la música javanesa o incluso a la balinesa) empezaron a cantar habaneras o hasta a bailar jotas acompañadas de repiques con castañuelas de bambú y acabando cada baile con un sonoro «¡Olé!». Todo ello con sonido de bandurrias.

5- La comida: La comida filipina tiene notables parecidos con la de otros países de la región: gusto por los sabores dulces y picantes, mucha carne a la brasa, fideos, arroz… Pero al mismo tiempo tiene claras herencias hispánicas. Que los principales guisos de carne se llamen, por ejemplo, «adobo» o «kaldereta», por ejemplo, no nos deja ninguna duda. O que les guste desayunar un embutido llamado «longganisa», regalar cajas de «ensaymadas», comer polvorones en Navidad o acompañar todo con un pan que ellos llaman «pandesal».

Restaurante de la cadena filipina «Kusina».

Uno de los postres que más me gustan de los filipinos es el «leche flan», dicho así, en ese orden, aunque también es bárbaro su «mais con yelo». Los calamares los llaman de la misma forma que nosostros, y los fríen a la romana, algo que en el resto de Asia raramente verás.

Ojo, que algunos dirán aquí: «Además los filipinos beben cerveza San Miguel», y es cierto, pero esa cerveza no fue desde España a las Filipinas, sino al revés: la crearon empresarios españoles en Filipinas.

6- Las barajas: Bueno, esto no es verdad del todo, los filipinos juegan a las cartas con barajas de póker, pero en mi primer viaje a Manila en 2006 descubrí en algunos puestos callejeros que vendían como una antigüedad barajas muy parecidas a las nuestras de Heraclio Fournier, con sus oros, copas, espadas y bastos. Esta vez intenté encontrarlas nuevamente para hacerme con una, y pregunté por ellas en varios sitios, pero lo cierto es que no las he vuelto a ver, así que no estoy seguro de que este punto sea muy destacable, aunque sí tiene su curiosidad.

Y eso es todo lo que he podido encontrar en los pocos días que estuve, que seguro que algo me dejo… En resumen, que alguna cosa dejamos de nuestra cultura en esas islas de playas tan pluscuamperfectas. A cambio ellos nos exportaron a Luis Eduardo Aute y a Isabel Preysler, pero en fin, esa es otra historia.

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