¿Qué pasa -otra vez- en Hong Kong?

(El texto de hoy también lo tienes en versión podcast).

En las últimas semanas se han vivido las mayores manifestaciones de la historia de Hong Kong, que en una de las jornadas de protestas, según los convocantes, han concentrado a dos millones de personas. La vecina China, como suele ocurrir en la excolonia británica, está en el punto de mira de los manifestantes. ¿Qué está ocurriendo? Vamos a intentar explicarlo.

Antes de comenzar, hay que explicar o recordar el especial estatus de Hong Kong frente a China. Desde su retorno a la soberanía china en 1997, el territorio goza de una amplia autonomía en todos los ámbitos salvo en política exterior (no puede tener embajadas hongkonesas en otros países, por ejemplo) o en defensa. Para el resto, casi goza de independencia: está separado del resto de China por fronteras y aduanas, tiene como idiomas oficiales el inglés y el cantonés (en China es el mandarín), goza de una libertad de prensa y expresión que no hay al otro lado de la frontera, posee selección de fútbol y ésta a veces juega partidos oficiales contra la china, etc.

Esta amplia autonomía también permite a los hongkoneses estar relativamente «protegidos» del sistema policial y de justicia chino, que no tiene las garantías a las que estamos acostumbrados en otros lugares (aunque ningún sistema sea perfecto). En China se puede detener a una persona y tenerla aislada 40 días sin informar de ello a su familia, se le pueden aplicar delitos tales como «subversión» por expresar ideas políticas diferentes a la del régimen imperante, o la defensa del detenido ante un juicio es muy débil (la tasa de veredictos de culpabilidad se dice que es del 99,9 por ciento, aunque hay que decir que en la vecina Japón les ocurre lo mismo). En Hong Kong no se puede decir que haya una democracia (hay elecciones pero sólo se puede elegir un tercio de los diputados locales), aunque al menos hay más Estado de Derecho en lo que a política de interior se refiere. El Gobierno local es nombrado en la sombra por Pekín, y tiene mucha influencia de éste, pero se le permite algo más de moderación. Por ejemplo, los líderes de la Revolución de los Paraguas de 2014, que pedía una verdadera instauración del sufragio universal en el territorio, han sido ciertamente objeto de numerosos juicios y han atravesado un interminable calvario de visitas a los tribunales, pero al menos pocos de ellos han ido a prisión, y los que lo han hecho recibieron penas cortas y la opción de tener libertad condicional.

Este contexto sirve para explicar las protestas de este año 2019 en Hong Kong, originadas por el plan del Gobierno local de aprobar una ley de extradiciones (la Fugitive Offenders and Mutual Legal Assistance in Criminal Matters Legislation) que muchos temen podría servir para que Hong Kong extradite a China a personas críticas con Pekín, desde políticos de partidos prodemocracia o independentistas a activistas de derechos humanos (muchos de ellos lideran las ONG que denuncian violaciones de las libertades fundamentales en la vecina China).

La idea de hacer la ley, curiosamente, no surgió por problemas judiciales o políticos entre Hong Kong y China, sino entre Hong Kong y Taiwán, a raíz de un sangriento suceso ocurrido en la isla taiwanesa el pasado año. Una joven pareja de hongkoneses -él de 19 años, ella de 20- viajaron el pasado año a Taiwán para celebrar San Valentín, pero la escapada romántica acabó en tragedia. Las discusiones durante el viaje comenzaron cuando ella se compró una maleta rosa en Taiwán, lo que obligaba a rehacer el equipaje y creó las primeras disensiones. La discusión, cual bola de nieve en una ladera cuesta abajo, se agrandó hasta que la chica le espetó al chico que estaba embarazada -al parecer era cierto, de cuatro o cinco meses- y que el padre era otro. Hasta tenía un vídeo de ella y su amante practicando sexo, y se lo enseñó al chaval. Éste, en un ataque de ira, la estranguló, metió el cadáver en la maleta rosa de la discordia, tiró ésta cerca de unas vías y regresó a Hong Kong solo.

El asesinato estremeció tanto a Taiwán como a Hong Kong, lugares con una bajísima tasa de crímenes, pero planteó además problemas jurídicos, dado que Hong Kong y Taiwán no tienen tratado de extradición y por tanto el chico no puede ser llevado a la isla para ser juzgado por el crimen, cosa que debería hacerse al haber sido cometido allí y no en Hong Kong. El presunto asesino sigue en Hong Kong y de hecho al final sólo se le ha podido acusar de malversación de dinero, al haber usado la tarjeta de su novia tras asesinarla, y de momento únicamente se le ha podido condenar a un año y cinco meses por ese delito.

Las autoridades de Hong Kong utilizaron este caso como argumento para proponer una nueva ley que autorizaría la extradición -examinada caso por caso- de sospechosos hacia países o territorios con los que la excolonia no tenga tratados de extradición. China es uno de ellos, como resultado de la amplia autonomía negociada a cambio de volver a su soberanía en 1997, y también lo es Taiwán, en este caso porque Hong Kong no puede tener acuerdos de éste ni de ningún tipo con la isla, que China no reconoce como un Estado (recordemos que Hong Kong no tiene independencia de Pekín en asuntos exteriores).

Sin embargo, en Hong Kong amplios sectores de la sociedad se declararon en contra de la iniciativa legal desde que se comenzó a hablar de ello el pasado mes de febrero (las primeras protestas, aunque no tan multitudinarias como las de junio, se remontan a marzo). Para muchos, el asesinato en Taiwán se ha usado como una excusa para intentar reducir la independencia hongkonesa en materia de justicia e interior, abriendo la puerta a que China, con un sistema policial muy temido y rechazado por los hongkoneses, lo pueda aplicar ampliamente en la excolonia. De ahí las protestas, que el pasado 9 de junio reunieron según los convocantes a un millón de personas y el 16 de junio a dos millones (más o menos una de cada cuatro personas de la ciudad). Este último número batía el récord de 1,5 millones de manifestantes que tenía una protesta en la ciudad, la que el 21 de mayo de 1989 hubo en apoyo de los estudiantes que entonces se concentraban en la pequinesa plaza de Tiananmen.

Hong Kong, 16 de junio de 2019.
Misma ciudad, 21 de mayo de 1989.

Las grandes concentraciones han dejado momentos inolvidables, como el de la muchedumbre abriéndose en plan Mar Rojo para dejar pasar a una ambulancia que tenía que atender una emergencia.

Además, en ellas se ha adoptado un curioso himno, la canción cristiana en inglés Cantemos Aleluya al Señor, al parecer no tanto porque los manifestantes sean muy píos (no creo que todos sean cristianos) sino porque al parecer si cantan eso la protesta puede ser considerada legalmente una «reunión religiosa» y eso dificulta a la policía el uso de medidas antidisturbios u otras acciones para desalojarla. Pese a esta peculiar treta, algunas protestas sí han sido reprimidas por la policía con gas lacrimógeno o balas de goma, aunque más que las multitudinarias de los últimos domingos lo que se ha reprimido ha sido intentos de manifestantes de bloquear edificios gubernamentales.

Hay que decir que las protestas han conseguido parcialmente su objetivo, ya que se ha paralizado el proceso de debate y voto de la ley de extradición, que estaba estos días siendo revisada por el legislativo local (el llamado LegCo). La jefa ejecutiva del territorio, Carrie Lam, ha tenido que salir públicamente pidiendo perdón por los casos de brutalidad policial, ha asegurado que la extradición no se concedería nunca en casos políticos, pero ello no ha arredrado a los manifestantes, que amenazan con volver a las calles si la ley no se retira del todo.

Las protestas son consecuencia del creciente temor que hay en algunos sectores de Hong Kong a que China esté planeando una progresiva asimilación del territorio, eliminando poco a poco su autonomía, un plan que quizá podría haberse acelerado a raíz de la Revolución de los Paraguas de 2014, que China manejó con relativa calma -no se inmiscuyó demasiado y dejó que la policía hongkonesa la gestionara- pero que vio con desagrado. Desde entonces ha habido indicios preocupantes: aparte de la maraña de juicios en la que se ha envuelto a los líderes del movimiento, causaron pánico las desapariciones de personalidades de la ciudad que de repente reaparecieron en territorio chino y en manos de la policía de allí (algunas de ellas eran responsables de una librería de Hong Kong famosa por publicar libros muy críticos con el régimen chino). Más recientemente, los sectores más críticos con Pekín no vieron con buenos ojos que la ciudad estrenara una red de alta velocidad Hong Kong-Pekín o un gigantesco puente que une ese territorio con Macao y con las costas chinas, porque ven estas megaobras como caballos de troya de Pekín (en el caso del tren, por ejemplo, la nueva estación de tren-bala de Hong Kong ya se rige con ciertas normas de seguridad chinas que en Hong Kong no harían falta). La ley de extradición ha sido la gota que ha colmado el vaso.

A veces los problemas políticos tienen una vertiente económica menos llamativa pero a lo mejor más importante, porque el dinero lo puede todo: en este caso, recordemos para empezar que Hong Kong, y también la cercana Macao, son una especie de «Andorras» para China. Con una economía mucho más liberalizada, a veces ejercen de paraísos fiscales de algunos chinos, sobre todo de aquellos que quieren tener parte de sus ahorros fuera de su país por si acaso (a veces porque el origen de esos ahorros no es lícito, como ocurre en Andorra). La nueva ley de extradición podría permitir, al parecer, bloquear ese dinero por orden de Pekín, así que también algunos temen por su sustento.

Las protestas de 2019, como las que hubo en 2014, deben ser además entendidas en un contexto de crisis similar al que en otros lugares del mundo ha traído movimientos populistas, así como protestas tales como Occupy Wall Street o el 15-M: la globalización y la crisis financiera de 2008 han beneficiado a la China comunista, pero Hong Kong, más dependiente de las finanzas internacionales que Pekín, sí la sufrió duramente y aunque se ha podido recuperar, lo ha hecho como el resto del mundo, a trompicones y dejando sobre todo a los jóvenes en situaciones precarias, sin acceso a las mismas condiciones de trabajo o de vivienda que las que tuvieron generaciones anteriores. Mientras, algunos chinos del otro lado se hacen ricos, y compran para hacer negocio las viviendas que en Hong Kong se han vuelto prohibitivas para la misma población local. El conflicto social ha aumentado, y ha favorecido la llegada de movimientos políticos populistas que reivindican una lucha contra el sistema que, en su caso, es una lucha contra el Gobierno de Hong Kong pero también contra el de China. De ese descontento han nacido partidos u organizaciones que incluso piden la autodeterminación de Hong Kong para independizarse de China, como Demosisto (fundada por Joshua Wong, que con apenas 18 años fue uno de los líderes de la Revolución de los Paraguas) o el Partido Nacional de Hong Kong, creado por el también joven político Andy Chan. Este tipo de partidos están o bien siendo ilegalizados o bien muy limitados en su participación política, pero son síntomas de que algo pasa.

Estos movimientos contestatarios, todo hay que decirlo, han venido acompañados de algún que otro episodio xenófobo hacia los chinos, sobre todo los turistas que visitan cada vez en mayor número Hong Kong (a veces identificables porque van en ruidosos grupos turísticos y no muy pulcros, espero que me permitáis esta incorrección política para intentar explicar cómo los identifican). El mencionado Andy Chan, en un polémico discurso que dio el pasado año en el Club de la Prensa Extranjera de Hong Kong y que escuché en streaming, llegó a decir cosas que sonaban ya a trumpismo o lepenismo, del tipo «los millones de inmigrantes chinos tratan de cambiar nuestro país» o «van a sustituir el cantonés por el mandarín».

Por cierto, ya que he hablado de este discurso, vale la pena recordar que de resultas de que el Club de la Prensa Extranjera lo acogiera el pasado año, el Gobierno de Hong Kong «expulsó» al periodista que ejerció de presentador de Andy Chan, Victor Mallet, del Financial Times (vicepresidente de un club que es toda una institución en la ciudad desde los tiempos en que por él pasaban los corresponsables americanos en la guerra de Vietnam). No es que lo expulsara a patadas, simplemente no le renovó la visa necesaria para trabajar en el territorio, un truco también utilizado por China en su territorio contra periodistas extranjeros incómodos. Otra señal de que China está aumentando la presión sobre Hong Kong y exportando a ella sus métodos contra la disidencia.

Pekín siempre aplica la táctica del tiempo y el «ya se cansarán» para sus conflictos, y con Hong Kong parece especialmente decidida a aplicar esta estrategia. Pero quizá el tiempo aquí no ayude, sino que empeore las cosas, porque los hongkoneses temerosos de Pekín sienten que tienen un reloj de arena del que los granitos van cayendo inexorablemente hacia el abismo: según el tratado que China y Reino Unido firmaron para que el segundo devolviera Hong Kong a la primera, la amplia autonomía hongkonesa, el famoso «un país, dos sistemas», sólo se aplicará durante 50 años, por lo que caduca en 2047, muy a punto para que China celebre con ese «total regreso» el centenario de la República Popular (2049).

Seguramente los hongkoneses de 1997 pensaron que para esas lejanas fechas China sería ya un sistema político más democrático y aceptable para ellos, y los chinos por su parte consideraron que a mitad de este siglo los hongkoneses habrían ido poco a poco asimilando la forma china de hacer las cosas. Acercándonos ya al ecuador de ese plazo, no parece que ni a unos ni a otros les estén saliendo los planes bien.

4 Comentarios

  1. Prolijo y bien explicado. Al fin entendí. Qué triste siendo todos chinos que el comunismo los tenga tan rígidamente divididos.

      • Un post muy interesante y esclarecedor, gracias.

        Respecto a los comentarios, creo que el comunismo no los divide, sino que los intenta unir. Lo que los divide diría que es haber experimentado un sistema liberal en sólo una de las partes, precisamente.

        La unidad puede estar muy bién si las mayorías respetan las minorías, y supongo que el miedo a perder ese respeto puede estar detrás de las manifestaciones millonarias (salvando las distancias, en Barcelona empezaron con el fallo del Constitucional).

        Franco ya recomendaba en su momento no meterse en política, pero si no nos implicamos a menudo la termina haciendo el más fuerte. Mejor tomársela un poco en serio por si acaso.

        • Bueno, un poco sí, pero sin llegar a convertirla en lo más importante (salvo que se sea político profesional). Creo que la borrachera de política que en España hemos vivido en los últimos años ha traído bastantes consecuencias negativas, incluida la división de la sociedad, no sólo la española sino -aún más- la catalana.

          El comunismo es internacionalista, por tanto enemigo del nacionalismo, aunque su versión china, bastante adulterada como bien sabemos, sí considera la nación china como algo cuasisagrado y que debe «proteger», incluso a los chinos de ultramar los considera parte de su gran familia. Quizá se debe a que China se sabe la única guardiana del comunismo (o lo que queda de él) con pequeñas excepciones como Cuba o Corea del Norte (aunque ahora que Trump ha pisado suelo norcoreano quién sabe qué será de este último ejemplo)

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