Regreso a Asia
(pero cerca y poco tiempo)

Como os adelantaba de forma sibilina en el anterior post, he estado unos días en mi añorada Asia, aunque no en su parte oriental, sino en la occidental, concretamente en Israel y Palestina. Hace mucho tiempo que quería visitar esos lugares a veces yuxtapuestos, aunque el sempiterno conflicto que se vive en ellos no siempre invita mucho. En los últimos años parecería quizá que la situación está algo calmada entre israelíes y palestinos de Cisjordania (no así con los de Gaza), y desde Ginebra hasta Tel Aviv hay vuelos low cost, así que consideré que era una ocasión óptima para ir. Os contaré algunas de mis impresiones de un viaje corto (una semana) pero intenso.

Puerta de Damasco, una de las entradas a la Ciudad Vieja de Jerusalén.

Antes de empezar quiero aclarar que el pueblo judío siempre me ha parecido fascinante. Que una cultura tan pequeña en cuanto a número de habitantes -unos 15 millones actualmente en todo el mundo, kippa arriba kippa abajo- haya tenido tan larga historia, tan influyente, tan conocida en Occidente (por todo el tema bíblico) y tan teñida de sufrimiento y sometimiento (frente a egipcios, babilonios, griegos de Alejandro Magno, romanos, bizantinos, otomanos…) los hace únicos. Su historia de milenario exilio, en el que mantuvieron su religión y cultura contra viento y marea, no es menos apasionante y dura (expulsados de España, objeto de antisemitismo en Francia, víctimas de pogromos en Europa Oriental, del Holocausto en la Segunda Guerra Mundial, etc).

PERO…

Mi pasión por la historia judía no me hace aprobar todo lo que han hecho a los palestinos desde la creación de Israel en 1948: prácticamente encerrados en una gran prisión como es actualmente Gaza, o limitados en movimientos y posibilidades de desarrollo en Cisjordania, son actualmente los palestinos los oprimidos, y merecen el apoyo internacional que, por cierto, han brindado tanto China (que no reconoció a Israel como Estado hasta 1992) como España (uno de los países más propalestinos que hay, al menos socialmente). Me rechinan los dientes cada vez que pienso en cómo los británicos manipularon a los dos pueblos hace 100 años, prometiéndoles a los dos una nación a espaldas de los otros, mientras lo que querían era repartirse Oriente Medio con Francia a expensas del Imperio Otomano.

Y UN PERO AL PERO…

Mi conmiseración con los palestinos no significa que apruebe los métodos que han usado durante décadas para luchar contra la opresión, que van desde los actos terroristas (esa represión no justifica que mataran atletas israelíes en Múnich 72, o que pusieran bombas en autobuses públicos durante las intifadas, por ejemplo) al uso de civiles, niños a veces, como primera línea del conflicto para luego ser ensalzados como mártires.

Fragmento del Muro en la ciudad palestina de Belén.

Todo esto, tanto la larga historia de la zona como el largo conflicto palestino-israelí, son palpables con sólo visitar durante unos días unas tierras llenas de ruinas históricas y de nombres de lugares bíblicos que avivan nuestra imaginación. Campos donde los muros de piedra para los campos de olivos comparten espacio junto a otros muros de hormigón y alambradas, y ciudades en las que siempre ves soldados fuertemente armados, y muchas soldadas, de las fuerzas israelíes. En los días en que yo estuve me sentí muy seguro, nunca temí nada ni en la parte israelí ni en la palestina, aunque justo esos días había nuevamente hostilidades en Gaza y lanzamiento de cohetes por parte de Hamas hacia el sur de Tel Aviv. Creo que esos cohetes suelen ser siempre derribados por las defensas israelíes antes de que toquen tierra, pero por si acaso no visité la capital israelí, sino que me moví todo el tiempo por Jerusalén y sus alrededores.

Llegué sin embargo a Israel a través del aeropuerto de Tel Aviv, el Ben Gurion (bautizado como el primer jefe de Gobierno que tuvo el país), ya que el de Jerusalén no funciona desde principios de este siglo (coincidiendo con el inicio de la segunda Intifada) por problemas de seguridad, al parecer algún grupo armado palestino intentó lanzar cohetes contra aviones que despegaban o aterrizaban de él. De todos modos, Israel de este a oeste es extremadamente pequeño, entre Tel Aviv y Jerusalén no habrá más de 50 kilómetros, y ahora hay tren de alta velocidad desde las instalaciones aeroportuarias a las dos ciudades.

Lo primero que me sorprendió al llegar a Jerusalén es que absolutamente todo, no sólo su casco antiguo, está construido en blanca piedra caliza (o al menos las paredes exteriores de cualquier casa imitan la piedra), por lo que al menos la parte judía, que es la occidental, tiene un aspecto de gigantesca ciudad medieval muy curioso.

Vista desde las murallas. Como veis, piedra por paredes, techos, suelos… El desierto de Judea, que se extiende al este de la ciudad hasta el Mar Muerto, es muy pedregoso, así que no me extraña que haya tanto material para construir de forma tradicional. Al final resulta que el aspecto «Exin Castillos» de las casas en los belenes que ponemos en Occidente no estaba tan equivocado como yo creía.

Lo más impresionante de Jerusalén, obviamente, es su Ciudad Vieja, completamente rodeada por una espectacular muralla de la época otomana, y dividida en cuatro barrios (el cristiano en el noroeste, el árabe en el noreste, el armenio en el suroeste y el judío en el sureste). Mi hostal, en el que me alojé toda la semana, estaba en el barrio musulmán, al lado de una de las principales puertas de acceso a la Cúpula de la Roca y la Mezquita de Al Aqsa. Debido a su proximidad y a que la mayoría de las entradas a la mezquita están vetadas a los no musulmanes, todos los días tenía que pedir permiso a los soldados que hay en las inmediaciones de la mezquita para que me dejaran pasar hasta mi alojamiento (nunca me pusieron problema, pero el primer día me pusieron un poco nervioso).

La Ciudad Vieja, con la Cúpula de la Roca al fondo.

La Ciudad Vieja es algo para ver y no creer. Es mucho más pequeña de lo que pensaba, debe tener poco más de un kilómetro de norte a sur y otro de este a oeste, pero en ese espacio tiene suficiente para alojar tres de los lugares más sagrados para las tres religiones abrahámicas (el Muro de las Lamentaciones, la Cúpula de la Roca y la Iglesia del Santo Sepulcro). Aún le queda sitio para acoger la catedral de los armenios, las supuestas calles del Vía Crucis que recorrió Jesucristo hacia su muerte, iglesias luteranas, coptas, etíopes, mercados árabes, judíos y mixtos, sinagogas sefardíes, o restaurantes que sirven la exquisita pero poco variada comida local (shawarma, hummus y falafel). Un lugar fascinante en el que me quedaría meses, si no fuera porque los precios en su interior están algo inflados por el turismo de peregrinos y tienen niveles casi suizos.

Una familia latinoamericana hace penitencia en la Vía Dolorosa, el supuesto camino del Vía Crucis.

Al visitar Jerusalén entendí por fin un asunto que por mucho que me habían contado no acababa de imaginarme físicamente: el lío de la Explanada de las Mezquitas, situada sobre el Muro de las Lamentaciones, y el histórico problema de que el mismo sitio es ultrasagrado para los judíos (allí estaba situado el Segundo Templo, construido por un rey Herodes que los judíos tienen en mejor estima que los cristianos) y para los musulmanes, pues desde el lugar donde estuvo el templo, siglos después de que los romanos lo destruyeran, fue donde Mahoma supuestamente ascendió a los cielos en un caballo alado. Para colmo, en ese mismo lugar los judíos guardaban el Arca de la Alianza (el judío Spielberg, con sus pelis, ha ayudado a que a los de mi generación el pueblo judío les interese aún más) y donde supuestamente Abraham iba a sacrificar a su hijo Isaac hasta que dios le agarró la mano. Todas esas leyendas se concentran aquí, también al ladito del hostal donde me hospedaba.

La pasarela de madera que veis es por la que subimos los turistas para visitar la Explanada de las Mezquitas cuando no es tiempo de oración para los musulmanes, que es sólo a primera hora de la mañana y a la hora de comer. También vi a judíos subir por ella, pero en la explanada eran escoltados por soldados armados (cuando Ariel Sharon hizo eso mismo, desató la segunda Intifada).

Abajo, los judíos, en una zona para hombres y otra para mujeres (esta última más pequeña que la masculina) rezan fervorosamente, como tantas veces hemos visto en la tele, apoyando su cabeza con las piedras del templo, y dejando papelitos entre sus rendijas.

Sobre ellos (pero no el sábado, al ser Sabbath el día más sagrado de los judíos) oran los musulmanes en la mezquita de Al Aqsa, que los no musulmanes no podemos visitar, como tampoco podemos entrar en la vecina Cúpula de la Roca donde se encuentra la supuesta piedra en la que el caballo de Mahoma se apoyó para ascender a los cielos. Es algo que un siglo de conflicto nos ha ayudado a conocer a todos en Occidente, pero hasta que no estás allí no te haces una idea de cómo está concentrado tanto simbolismo religioso en un solo lugar.

Si creéis que ante tanto fervor judío y musulmán los cristianos están en Jerusalén en un segundo plano más discreto, os equivocáis de pleno: miles de peregrinos venidos de todo el mundo, la mayoría en grupos turísticos de países de los que nunca vi tours organizados hasta ahora (Ecuador, Kenia, Polonia, México, Filipinas, Brasil… cualquier país católico que te puedas imaginar) llenan las decenas de iglesias de Jerusalén y alrededores con sus rezos, sus cánticos, sus oraciones en voz alta y una religiosidad que yo creía olvidada en estos tiempos modernos.

Peregrinos rumanos entran como pueden en el lugar donde supuestamente nació Jesús, en Belén.

Cualquier pasaje del Nuevo Testamento en Jerusalén, Belén o cualquier lugar bíblico tiene su iglesia: la del lugar de la Última Cena, la del Huerto de Getsemaní, la del sitio donde los Pastores vieron la Estrella, la del lugar donde Jesús enseñó el Padrenuestro a los apóstoles, aquella dirigida donde estaba la casa de Caifás en la que Pedro negó y el gallo cantó tres veces… ¡cientos, y a veces una iglesia ortodoxa y otra católica se contradicen respecto a un lugar! En ellas te puedes encontrar desde popes ortodoxos barbudos y muy malcarados a monjes franciscanos con su hábito marrón y su cuerda pasando por monjas con guitarra, feligreses llorando de emoción o peregrinos con cruces a cuestas como en la foto de antes. El peregrinaje cristiano le da a Tierra Santa un toque aún más exótico y fascinante.

Lugar de la Iglesia del Santo Sepulcro donde supuestamente fue crucificado Jesucristo (por tanto, el supuesto Monte Gólgota, que otros textos sitúan en otro lugar de Jerusalén).

Mención especial merece la Iglesia del Santo Sepulcro, donde puedes pasarte tres horas de cola para lograr entrar en el supuesto lugar donde Jesús fue sepultado hasta que al tercer día resucitó. La iglesia, construida en tiempos bizantinos, se la reparten no sin peleas católicos, ortodoxos, y otras iglesias cristianas como la etíope, la armenia, la copta o la asiria, por lo que está llena de recovecos y rincones con iconografías muy diversas. Para añadir caos, tiene al ladito una mezquita, una iglesia luterana, y en sus techos una especie de campamento para los cristianos etíopes y un monasterio copto donde viven monjes en cuevecillas. ¿Cómo cabe todo en tan poco espacio? Milagros de quién sabe qué dios, o quizá de varios dioses.

Cúpula sobre el Santo Sepulcro.

Por si la Ciudad Vieja no hiciera volar lo suficiente la imaginación, al lado de ella hay dos montes de nombres igualmente evocadores a todos los antes mencionados (el Monte de Sión, desde el que los judíos rezaban en los siglos en los que no se les dejó entrar a Jerusalén, y el Monte de los Olivos).

Tumba de Oskar Schindler, en el Monte de Sión. Cerca de allí está la tumba del Rey David y el lugar de la Última Cena (aviso de que en muchos casos todo esto tiene que aceptarse con fe religiosa, porque no hay restos arqueológicos que lo demuestren).

Del Monte de los Olivos, que ya está en la zona de Jerusalén Este (y por tanto teóricamente ya es Palestina) quizá lo más espectacular es saber que según la creencia judía es allí donde un día llegará el Mesías, bajará por el monte y entrará en la Ciudad Vieja de Jerusalén por la Puerta Dorada de la muralla (que los musulmanes mantienen tapiada precisamente por eso). No sé si eso será el Apocalipsis, el Armageddon o el Día del Juicio, pero se supone que los muertos se levantarán de sus tumbas, y por ello en la zona hay un espectacular cementerio judío cuyos moradores tendrán quizá el honor de ser los primeros en resucitar.

El templete y otros del cementerio pertenecen supuestamente a históricos profetas y jueces judíos del Antiguo Testamento (es decir, de la Torá).

La Ciudad Vieja es una especie de zona neutral entre judíos y musulmanes, en la que lo mismo puedes comprar en las tiendas de souvenirs banderas palestinas en el barrio árabe como cuadros en los que en lugar de la Cúpula de la Roca los artistas han pintado el Tercer Templo que será construido con la llegada del Mesías. A su lado, tiendas cristianas venden banderitas con la cruz de San Jorge, el emblema de los cruzados que también contaron mucho en la historia de una ciudad tan intensa.

El barrio judío es un poco la zona «pija» y más nueva, aunque en su favor hay que decir que el barrio árabe es el más grande de todos, y que el carácter pijo de la zona judía está un poco favorecido por el hecho de que todas sus casas fueron destruidas en la Guerra de los Seis Días y es el más reconstruido, por tanto tiene un aire de sitio nuevo y hípster. El barrio cristiano destaca por tener crucifijos en muchas de sus puertas, que dan un poco de canguelo, y tiene en lo alto de una de sus casas una misteriosa bandera española que creo que pertenece a un supuesto Colegio del Pilar, llevado por religiosos españoles, aunque no lo pude encontrar, sólo vi la bandera desde lejos.

En fin, pasear por la Ciudad Vieja y sus alrededores es ser zarandeado por la historia y la religión constantemente, algo que al menos en mi caso me flipa. Si uno necesita descansar de todo ello, aunque encontrará otras historias y otras religiosidades, puede irse a zonas como el barrio ultraortodoxo judío de Mea Shearim, lleno de judíos ashkenazis, donde la gente sigue vestida como en la Polonia o la Ucrania de hace 100 años. Dan ganas de cantar «Si yo fuera rico», o de tararear la banda sonora de La Lista de Schindler, aunque creo que a los ultrarreligiosos vecinos de la zona no les gustaría mucho, la verdad.

Jerusalén está rodeada por todas partes menos por una por territorios palestinos, así que en cualquier excursión que hagas a los alrededores vas a visitar zonas en conflicto, aunque actualmente la situación allí esté relativamente tranquila. Prácticamente todos los lugares que visité fueron palestinos (Jericó, Ramallah, Belén, Hebrón), con la excepción de Masada y el Mar Muerto, aunque para ir a ellos también tuve que atravesar territorio palestino.

Quizá de todos esos lugares el que más me llamó la atención fue Hebrón, otro sitio muy cargadito de historia. La ciudad, cuyo nombre ya suena muy hebreo y abrahámico, es supuestamente el lugar donde Abraham, nacido en Mesopotamia, compró un terrenito y fundó en él el pueblo judío (que el pueblo surgiera de una compra y no de una conquista es muy simbólico en una cultura tan tradicionalmente comerciante). En Hebrón está por ello la supuesta tumba de Abraham, la de su hijo Isaac, y la de su nieto Jacob, junto a las esposas de los tres, pero esta tumba se la reparten a medias judíos y musulmanes: yo no pude ver, por ejemplo, la de Isaac, que está en el trozo islámico, ya que fui en viernes, día de rezo para los musulmanes. Si hubiera ido en sábado me hubiera perdido la de Jacob. La de Abraham se puede ver desde los dos lados.

Hebrón tiene una parte antigua muy bonita, una especie de Minijerusalén junto a esa tumba de los patriarcas y matriarcas, pero es una ciudad llena de tensiones que hoy en día aún se pueden palpar porque hay varios asentamientos ilegales judíos en su interior (bueno, desde esta semana Estados Unidos ya no los considera ilegales, ni éstos ni otros de Cisjordania). En consecuencia, hay mucho soldado israelí, calles tapiadas o cortadas, torretas militares de vigilancia con bocas de fusil asomando de sus ventanucos, y niños árabes que te intentan explicar, haciendo «pum pum» con sus manos cerradas en forma de pistola, cómo a uno de ellos le dispararon los soldados israelíes.

Soldados en las calles ocupadas, a las que yo como turista pude entrar sin problemas, pero que básicamente están vetadas para los palestinos.

Quizá el lugar de Palestina que vi más relajado fue su capital de facto, Ramallah, donde lo más turístico es la Tumba de Arafat. El centro de la urbe, boyante de comercios y con algún barrio de los alrededores muy elegante, no se parece en nada a la idea de «ciudad en guerra» que muchos tenemos al oír la palabra Ramallah. A mí me recordó mucho a los centros urbanos de las ciudades chinas, en contraste con un Jerusalén Oeste que me pareció mucho más europeo.

Una curiosa zapatería de nombre español en Ramallah.

Visitar todos estos lugares fue mucho más sencillo de lo que esperaba, basta con tomar autobuses públicos (aunque para ir a los sitios palestinos tomas buses de las redes árabes que salen de Jerusalén Este, y para ir a Masada y otros lugares israelíes los tienes que tomar desde la estación israelí de Jerusalén Oeste). Sólo en un caso (Belén) crucé físicamente con el bus el infame Muro, en el resto de ocasiones lo que hubo fueron largos rodeos a éste y peajes de seguridad en las carreteras de acceso a Jerusalén, mientras mi Google Maps se volvía loco si le pedía por ejemplo que me calculara la distancia más corta entre Jerusalén y Belén andando. Tenía entendido que en esos controles de seguridad podías pasarte horas, pero fue sólo cuestión de minutos: soldados israelíes, como siempre armados con metralletas o subfusiles, subían al autobús y miraban tu pasaporte. A los palestinos les hacían bajar, los turistas no teníamos que hacerlo, pero nos íbamos todos juntos y tampoco a ellos les costaba mucho tiempo el trámite. Tampoco fue muy grave la seguridad del aeropuerto, que me habían dicho que era terrible: el último día fui con cinco horas de antelación al vuelo, de tanto que me habían asustado, y cuatro de ellas me las pasé en la sala de espera, habiendo superado ya todos los controles.

¿Muro de Berlín? No, muro de Belén.

Curiosa fue la mencionada excursión a Masada, porque muchas de las paradas del autobús por la desértica parte palestina eran en asentamientos ilegales y antiguos kibbutz. Lugares muy militarizados pero con supermercados, chalets aparentemente lujosos… todo ello en el desierto y a menos de 400 metros bajo el nivel del mar, ya que el Mar Muerto es el lugar más bajo de la superficie terrestre, como sabréis.

Ein Bokek, playa del Mar Muerto en la zona israelí. Por experiencia: no te bañes si tienes una herida en cualquier parte del cuerpo: la sal multiplicará por cien tu dolor.

Cabe mencionar que los palestinos en general se mostraron más simpáticos hacia mí como turista que los judíos, pero algunos de ellos escondían bajo su simpatía interés por ser mi guía o venderme algo, cosa que a veces acepté. Es un poco lo de todos los sitios: cuanto más desarrollo hay en un lugar, más te ignoran sus habitantes, y mientras Israel ya está desarrollado, Palestina, que tampoco está en su parte cisjordana tan mal como uno pudiera pensar, está económicamente peor (algunos dirán que por culpa del bloqueo israelí).

Teleféricos al Monte de las Tentaciones de Jericó, donde supuestamente Jesús fue tentado por el diablo. Esos teleféricos parten desde las ruinas de la supuesta ciudad más antigua del mundo (10.000 añitos que han dejado de ella poco más de una pila de ladrillos mal puestos).

Una semana no santa pero sí epatante, la que he tenido en Israel y Palestina, lugares a los que espero volver, porque aún me queda conocer Galilea, al norte, donde se supone que Jesús vivió su infancia y comenzó sus prédicas, así que seguro que hay más iglesias extrañas y monjes curiosos.

Os animo a ir si podéis al menos una vez en vuestra vida, aunque consultando antes el periódico para ver si en ese entonces judíos y filisteos están tranquilos o han reanudado sus milenarias disputas por una tierra de olivos tan pequeña como deseada. Shalom y Salaam.

PD: Os recomiendo la lectura del cómic Crónicas de Jerusalén, de Guy Delisle (al que ya cité en la web por sus dibujos de China, Corea del Norte y Birmania). Leerlo hace años avivó mis ganas por visitar Tierra Santa, y releerlo después de este viaje me ayudó a entender cosas que vi y no entendí a primera vista.

4 Comentarios

    • Te aconsejo que lo hagas lo más lejos de Navidad o Semana Santa que puedas… (salvo que te quieras saltar toda la parte de visitas a lugares del Nuevo Testamento). En todo caso, es un viaje muy enriquecedor. Quizá no son los monumentos más espectaculares, pero la carga de historia y religión es tal que te abruma.

      Por cierto, se me olvidó comentar que Jerusalén me recordó algo a Varanasi, otra ciudad sagrada para tres religiones (en este caso hindúes, budistas y jainistas) y que también tiene una fuerte presencia de militares armados en sus callejuelas, sobre todo cerca de las mezquitas.

    • La objetividad es difícil en un conflicto tan larvado y sensible como éste, y con tantas implicaciones mundiales, pero bueno, por lo menos manifiesto simpatía a priori hacia las dos culturas y les deseo de que algún día puedan convivir. En realidad ya lo hacen, en la Ciudad Vieja ves a judíos y musulmanes caminar por las mismas calles (aunque rara vez creo que se hablen). Ahora es cuestión de ver si pueden seguir haciéndolo y mejor.

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