Rojeando

En tiempos de guerra necesitamos el cine de evasión más que nunca, y la gran factoría Disney lo sabe como nadie: durante la Segunda Guerra Mundial estrenó Bambi, Pinocho y Dumbo, y ahora a través de Pixar nos ofrece en su plataforma Disney+ su último largometraje animado: Turning Red, o simplemente Red en el mercado en español. Además de ser una maravillosa película, está muy relacionada con China, y vamos a contar aquí por qué.

Red está dirigido por Domee Shi, excelente animadora nacida en Chongqing cuya familia emigró a Canadá cuando ella era pequeña. Es su primer largometraje, pero antes hizo un corto maravilloso llamado Bao, con una historia que enlaza en parte con Red, y que le dio en 2019 un  Oscar al mejor corto animado.

En Red, la directora cuenta la historia de Mei, una chica de 13 años que en 2002 vive en Toronto con su familia emigrada de China y de repente un día descubre que puede convertirse en un enorme panda rojo. La directora, que en 2002 tenía 13 años y vivía con su familia china en Toronto, se basa obviamente en su infancia para contar la historia.

La película tiene muchísimos elementos orientales: la familia de Mei siempre está cocinando suculentos platos de la gastronomía china, están al cuidado de un templo local… y la madre de la niña, un personaje importantísimo en la historia, siempre viste qipao y, por encima de todo, es la típica «tiger mom» china: es muy exigente con Mei (aunque ésta es muy buena estudiante), le presiona muchísimo, y a la vez es superprotectora. Domee Shi tiene una madre así, como tantas chinas hijas de emigrantes en América, y la ha querido llevar a su historia, con sus luces y sus sombras.

La película ha dado mucho que hablar porque es muy femenina: ya no es que la protagonice una chica, algo ya totalmente normalizado en el cine actual, sino que trata temas como la menstruación o la atracción adolescente hacia los chicos que no son muy habituales en el cine, y menos en el supuestamente dirigido a todos los públicos. Lo hace con mucho humor y naturalidad, y Pixar una vez más ha demostrado valentía y audacia al hacerlo.

No es menos valiente dedicar por fin una película a los pobres pandas rojos, siempre tan olvidados al lado de su blanquinegros primos los pandas gigantes, aunque sean igual de monos que ellos.

La historia es hilarante y entretenida, y por supuesto, como no se puede esperar menos de Pixar, que parece que hoy me esté pagando por hacerle publicidad, en el apartado técnico se roza la perfección. No es ya sólo que cada pelo del panda rojo parezca de verdad, es que hay algunas escenas que copian y mejoran el mundo real. Yo en particular quedé embobado por una nada grandioso en la película pero con un trabajazo de diseño brutal: el momento en el que madre e hija van dentro de un coche por la noche. La iluminación cambiante, los brillos en las ventanas, son sencillamente sublimes.

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