Sinibaldo el sinigual

Pekín en el siglo XIX.

Tal día como hoy España y China establecieron relaciones diplomáticas por primera vez, aunque ninguno de los dos países lo vaya a conmemorar, ni siquiera los comunistas chinos, que se pasan el día recordando cuántos años hace que cada país estableció lazos con ellos rompiéndolos con Taiwán. La razón de esta amnesia es que no estamos hablando de apertura de relaciones entre España y la República Popular de China nacida en 1949, ni siquiera entre España y la anterior República de China (1911-1949), sino entre el Estado español y el Imperio Chino de la dinastía Qing. Fue un 10 de octubre de 1864, el padre de ese acuerdo por parte española fue un catalán con el rocambolesco nombre de Sinibaldo de Mas, y este año, el del sesquicentenario de su muerte, se quiere recuperar algo su memoria con un libro que se presenta precisamente hoy, 164 años después de aquella primera oficialización de los contactos chino-españoles. En un año en el que se ha conseguido recuperar bastante la figura de otro pionero de los lazos entre España y China como es Diego de Pantoja (del que ya hablé en su día) se está intentando aprovechar para rescatar otras figuras de similar interés e importancia en el encuentro de ambos mundos, y Sinibaldo sin duda es una de ellas.

Sinibaldo, con ese nombre que parece sacado de la lista de los reyes godos y que yo hubiera rebautizado como “Chinibaldo” si hubiera vivido en aquella época, fue un peculiar personaje, que en una vida tristemente corta (vivió 59 años entre 1809 y 1868) hizo de todo, desde dedicarse a la pintura y a la entonces recién nacida fotografía a ser comerciante, diplomático, reconocido analista político del mundo colonial o hasta agente de inteligencia. En una China en aquel siglo golpeada por las Guerras del Opio, Sinibaldo -voy a saltarme las reglas periodísticas y aludiré siempre a él en este artículo por su rotundo nombre y no por su corto apellido- se hizo amigo de personajes de la corte de la dinastía Qing, de lords británicos que habían logrado poder en China tras la victoria de su país en las guerras opiáceas, logró que España abriera embajada en China no mucho más tarde que las grandes potencias europeas (pese a que en esa época llegábamos tarde a todo) y aún le quedó tiempo para escribir sobre el entonces aún desconocido gigante dormido asiático, así como de otras muchas cosas.

Sinibaldo nació a principios del siglo XIX en Barcelona, en una familia de clase media cuyo abuelo ya despuntó como fundador de la Escuela de Náutica de Barcelona. En la ciudad condal, donde por su condición portuaria llegaban más mercancías y noticias del mundo que a la España interior, el joven Sinibaldo seguramente alimentó sus primeros sueños de viajar y ver mundo. Probablemente influyó en él la figura de Ali Bey (alias de Domingo Badía y Leblich), otro barcelonés que en esos primeros años del siglo XIX viajó por Oriente Medio y se convirtió en todo un espía que murió como tal (envenenado por el contraespionaje británico en Damasco).

Su paisano Sinibaldo no tardó mucho en lanzarse por el Mediterráneo y más allá. Con un libro de los viajes de Ali Bey en su equipaje, y aún muy joven, apenas 23 o 24 años, ya recibió del Gobierno español el complicado encargo de investigar lo que entonces se conocía como el “mundo colonial”: visitar Oriente Medio, la India o China para ver cómo lo gestionaban las grandes potencias del momento, principalmente Reino Unido y Francia, aunque también estuvo en las Filipinas y analizó allí  las maneras coloniales españolas. Puede pensarse que Sinibaldo era muy joven para recibir este encargo tan importante, pero téngase en cuenta que el Gobierno español le pagaba poco y mal, era tratado como lo que hoy en día sería un becario sobrexplotado e infravalorado. Otra razón de que se encargara a Sinibaldo un viaje por el mundo colonial pudo ser la facilidad para los idiomas que éste mostró desde sus años mozos (se decía que hablaba hasta 20, lo cual quizá es algo exagerado, pero se defendía en muchas, entre ellas el árabe).

Aquel largo viaje ya tenía como destino final China, aunque finalmente Sinibaldo no llegó al país del Imperio Qing porque en su anterior escala en Filipinas enfermó y tuvo que regresar a España. Pero el periplo le dio para muchas aventuras, y le enseñó a espabilar cuando el Gobierno español, entonces con presupuestos aún más mermados de lo habitual debido a las guerras carlistas, le informó de que no le podía pagar. Para ganarse la vida, Sinibaldo tuvo que comerciar con cereales en el río Nilo, o hacer de retratista al óleo en la India británica.

Sinibaldo sí consiguió llegar a China por primera vez en un viaje posterior iniciado en 1844, y ya en calidad de “agente comercial” de la Reina Isabel II, cumpliendo una estancia de tres años que finalizaría en 1846. Era un momento clave: dos años antes los chinos habían perdido la Primera Guerra del Opio, se les había obligado a abrirse diplomáticamente, y muchos países estaban inaugurando ya las primeras embajadas en Pekín, por lo que el barcelonés propuso a Madrid que hiciera lo mismo. El Gobierno español le nombró cónsul en Macao aunque con muy pocos medios (ni siquiera tenía un consulado), pero el viaje le sirvió para hacer sus primeras incursiones en territorio chino fuera de la colonia portuguesa de Macao, y también para hacer muchos contactos entre la comunidad lusa más influyente y también la del sur de China.

Entre 1848 y 1851 Sinibaldo llevó a cabo su segundo viaje a China, ya como ministro plenipotenciario (lo que hoy en día sería un embajador), aunque en ese momento el acuerdo de establecimiento de lazos aún no estaba firmado y el cargo sólo le daba competencia para dirigir las negociaciones. Unas negociaciones que se complicaron mucho porque China estaba más cerrada que en años anteriores a la diplomacia extranjera (o, visto de otra forma, estaba más crecida y empezaba a rechazar las imposiciones de la Primera Guerra del Opio para que se abriera al exterior). En este segundo viaje, y como muestra de lo difícil que se estaba poniendo China, se produjo un grave incidente (el gobernador de Macao, Joao Maria Ferreira de Amaral, fue asesinado por unos matones chinos que le cortaron la cabeza y la mano y se llevaron estas partes) y fue el mismo Sinibaldo, gracias a los contactos que llevaba cocinando desde su primera estancia china,  quien se ocupó de la negociación del retorno de esa cabeza y esa mano para que Ferreira de Amaral pudiera ser sepultado enteramente.

Fue en su último viaje a China (1864-68) cuando Sinibaldo lograría por fin el acuerdo de establecimiento de lazos: los chinos volvían a estar más “dispuestos” a ello, tras perder la Segunda Guerra del Opio entre 1856 y 1860. Sinibaldo consiguió el llamado “Tratado de Amistad y Comercio” entre chinos y españoles, que abría una página en la historia, algo olvidada por los dos países porque ambos tuvieron un siglo XIX para olvidar.

El tratado firmado en 1864 establecía que España no podría tener embajada en Pekín hasta tres años después, aunque se permitió a Sinibaldo viajar en ese trienio a la capital china -uno de sus grandes sueños- y codearse con personalidades como el Príncipe Gong (una especie de primer ministro imperial, cuyo domicilio palaciego puede visitarse hoy en día en el centro histórico de Pekín) o el jefe de las aduanas chinas, el irlandés Robert Hart, uno de los hombres más poderosos de Asia Oriental gracias al poder comercial que había conseguido Londres tras vencer en las guerras del opio.

Sinibaldo fue el principal representante de España en China antes de la apertura de relaciones y en los tres años de transición entre 1864 y 1867, pero cuando se abrió por fin la embajada española, no se sabe muy bien por qué, las autoridades españolas le ignoraron injustamente y comenzaron a buscar otro embajador residente en el gigante asiático (el primero sería Heriberto García de Quevedo, un descendiente de Francisco de Quevedo que llegaría a Pekín en 1868). Las malas vibraciones entre las autoridades españolas y Sinibaldo ya habían empezado antes, y éste decidió dejar la carrera diplomática, estando todavía en Pekín.

En esos momentos, se produjo uno de los momentos más curiosos de la vida de Sinibaldo: el antes citado Robert Hart le contactó para ofrecerle trabajo a sueldo del Imperio Qing. Se trataba de viajar a Portugal como agente secreto de China y ofrecer a los portugueses comprar Macao. Hasta se puso nombre en clave al encargo que se le hizo: la “Misión Emily”. Sinibaldo tenía buenos contactos con políticos lusos desde aquellas estancias en Macao en las que tuvo que negociar la devolución de una cabeza y una mano, así que aceptó. Fue así uno de los primeros extranjeros que trabajó como agente secreto de los chinos. Este episodio digno de novela de John Le Carré, sin embargo, fue desgraciadamente corto, porque el barcelonés falleció en el viaje de regreso a Europa, en Madrid, antes siquiera de llegar a Lisboa. No hubo polonio o venenos a lo Mata Hari en su café, que se sepa. Como Sinibaldo era el único con ese nivel de contactos en China y en Portugal, tras su fallecimiento la idea china de comprar Macao se desechó y ese territorio seguiría siendo portugués hasta hace bien poco (1999).

Sinibaldo tuvo una vida viajera y aventurera, que merece ser más recordada de lo que actualmente es. Como pasaba con Diego de Pantoja, quizá influye en el olvido el hecho de que no haya muchos retratos o fotos del personaje: apenas dos, el que ilustró arriba este artículo y otro que se encuentra en el Archivo de Gandía y que se salvó por los pelos de ser destruido. Hace unas décadas familiares de Sinibaldo (descendientes de una de sus sobrinas que heredó los documentos del tío, ya que él murió sin hijos) encontraron en una casa familiar en Gandía un montón de papeles viejos, los llevaron a un ropavejero, y fue éste el que entendió que podían ser interesantes históricamente y avisó a las autoridades antes de convertirlos en pulpa de papel. Bendito ropavejero.

Es una pena, por ejemplo, que el artículo de la Wikipedia sobre Sinibaldo -muy confusamente escrito, aunque ya sabemos que en general la Wikipedia en español deja bastante que desear- esté ilustrado no con uno de estos dos retratos, sino con un cuadro pintado por Sinibaldo que en realidad es de otro personaje, lo cual se presta a equívocos. Los mismos que había sobre la imagen de Diego de Pantoja hasta que llegó por fin un retrato suyo, aunque fuera pintado 400 años después de su muerte.

Sinibaldo, por otro lado, ha sido más conocido por los historiadores en las décadas pasadas por sus ideas políticas que por su papel en el acercamiento entre China y España. En particular, Sinibaldo fue uno de los mayores defensores en el siglo XIX del iberismo, la ideología que proponía una unificación de España y Portugal. Se dice que Sinibaldo hasta diseñó un escudo y una bandera para ese nuevo Estado ibérico que imaginaba, e incluso presentó propuestas de matrimonios dinásticos entre Borbones españoles y Braganzas portugueses.

Bandera ibérica propuesta por Sinibaldo, que mezclaba el rojigualdo español con el azul y el blanco, colores entonces del Reino de Portugal.

Sinibaldo dijo en sus escritos que se fijaba precisamente en el ejemplo chino para proponer esa unión ibérica: él veía que China estaba unida pese a las diferencias culturales e idiomáticas entre sus regiones sólo para poder seguir siendo un Estado fuerte, y sugería que españoles y portugueses dejaran a un lado también sus identidades nacionales para crear un nuevo país capaz de competir con las potencias europeas que entonces les estaban superando en plena Revolución Industrial.

El catalán escribió muchos análisis políticos de aquella época colonialista, y le gustaba mucho poner y quitar fronteras: también proponía darle la independencia a Filipinas pues consideraba que no era bien administrada y no estaba siendo bien aprovechada, o sugería vender Cuba a los estadounidenses para poder sacar un mínimo provecho de ella antes de perderla de malas maneras, como ocurriría 30 años después de que Sinibaldo falleciera. Se le hizo poco caso, muchas de sus aventuras quedaron a medias, pero no por ello deja de ser un personaje fascinante y memorable.

Como os anticipaba al principio de este texto, hoy mismo uno de los historiadores que más saben de Sinibaldo, David Martínez-Robles, presenta un nuevo libro sobre esta figura, titulado “Entre dos imperios. Sinibaldo de Mas y la empresa colonial en China, 1844-1868”, de la mano de la editorial Marcial Pons. Si quieres saber más de “Chinibaldo”, corre a la librería.

4 Comentarios

  1. Hola. Muy interesante, no recuerdo haber oido hablar de él.
    Y éso que vivió 159 años 😉
    Es una pena que a personas como Sinibaldo, no se les dé la importancia que tienen.
    Gracias por contárnoslo.

    P.D.: ¿Sigues en China o ya estás por estas tierras, aprovechando los Pilares?

    • Con la de veces que he repasado este texto… bueno, corregido, ¡gracias!

      PD: Sigo en China, y procuro pasar por Zaragoza en épocas no pilarescas, que son muy agobiantes.

  2. ¡Excelente reportaje!
    Al hilo de Ali Bey, hay un documental en RNE muy bueno sobre su vida (seguro que ya lo habías oído). Para el resto, es más que recomendable.

    • Pues sí, porque me los he escuchado todos, aunque no me importaría escuchármelo otra vez porque no me acuerdo mucho de su historia… lo haré mañana mismo, que tengo un largo viaje de tren que hacer.

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