Táchese el castillo que no proceda

En mi primer viaje a Japón, en 2008, me quedé con las ganas de visitar algún castillo de los muchos que tiene ese país, esos lugares donde uno se imagina a los ninjas y a los samuráis haciendo de las suyas. En el segundo viaje a tierras niponas, el mes pasado, mis deseos por fin se cumplieron y pude ver no uno ni dos, sino tres castillos, ya que los había tanto en mi primer destino (Osaka) como en el último (Hiroshima), y entre esas dos ciudades me detuve en Himeji, donde está el que tal vez sea el más famoso castillo de Japón.

El castillo de Osaka es quizá el menos llamativo de los tres, y es una reconstrucción, o más bien una re-reconstrucción, ya que el edificio original se quemó a mediados del siglo XVII, se restauró en el siglo XIX, y volvió a ser destruido en la Segunda Guerra Mundial, por los bombardeos estadounidenses. El castillo actual se terminó en 1997 y su aspecto es un poco cartonpedresco, pero al ser el primero que visité, no pude compararlo con otros y me quedé contento con la visita. En su interior tiene una detallada exposición dedicada a la vida del hombre que mandó construir el castillo, un tal Toyotomi Hideyoshi que por lo visto fue un personaje muy importante en la Historia de Japón, el que reunificó el país en el siglo XVI tras una era de reinos divididos que luchaban unos contra otros.

El castillo de Himeji es bastante más imponente, y es el edificio original, no una reconstrucción, algo de lo que muy pocos castillos japoneses pueden presumir, debido a los avatares que sufrieron en la historia, especialmente los bombardeos en la Segunda Guerra Mundial. Himeji es espectacular por fuera pero también por dentro, ya que su interior es todo de madera. El castillo es tan impresionante en sí mismo que apenas hay nada en su interior, ni exposiciones ni casi carteles explicativos, ya es suficiente con darse un paseo por dentro y fuera para ver su gran valor.

Finalmente, el castillo de Hiroshima, la ciudad de la que hablé en el anterior post, es también digno de visitarse. Está en el centro de la ciudad, muy cerca de los memoriales por la bomba atómica, así que, como os podéis imaginar, el castillo original estaba también en el área donde esa arma nuclear causó los mayores daños, y el edificio quedó destrozado. La réplica se construyó en 1958, en ella se muestran imágenes y objetos de la ciudad antes de 1945 -decididamente, una fecha tan señalada para su historia como lo puede ser para nosotros el nacimiento de Cristo- y desde su último piso hay una bonita vista de la ciudad.

Esta semana, en una de sus noches, soñé que estaba escribiendo este post -yo qué sé, los sueños van por libre- y mi yo del sueño se puso a escribir también, no sé por qué razón, sobre el castillo de Aínsa, que no está en Japón sino en Huesca, al lado del pueblo de mi padre. No sé si los sueños son premonitorios, pero éste desde luego lo va a ser por decisión mía, ya que voy a hablar brevemente de ese lugar aunque no venga a cuento en esta entrada. A menos que inventemos que Águila Roja estuvo en todos estos lugares…

El Castillo de Aínsa es un poco feíllo, la verdad, sobre todo al lado del resto del casco antiguo del pueblo, que por cierto, está en la lista de los Pueblos Más Bonitos de España, gracias sobre todo a su bella plaza medieval. No es, decía, el castillo lo más atractivo de Aínsa, pero al menos sirve para recordar que un día la zona fue fronteriza entre cristianos y musulmanes, en una época en la que esas tierras eran un “país” (bueno, en aquella época se hablaba de un “condado”) llamado Sobrarbe, palabra que hoy día da nombre a la comarca donde está Aínsa,en el norte de la provincia de Huesca.

Hale, sueños cumplidos, tanto los que tenía acumulados de viajes anteriores, como los que mi cerebro pergeña mientras duermo.

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