Tras las huellas de Don Pimpón

Hace un par de meses estuve en la India, pero no os he contado mucho de aquel viaje porque el año pasado, en mi anterior viaje a ese apasionante y ruidoso país, ya os di una paliza considerable. Esta segunda visita, que discurrió por Rajastán y el Punjab, he preferido llevarla con más discreción para no repetirme, pero al menos quería dejar constancia aquí de uno de los lugares visitados: quizá el menos espectacular, pero a la vez el más insólito.

Pero antes de presentarlo -algunos diréis “joder, vaya cambio de registro”- me gustaría que recordarais, aquellos que seáis de mi quinta o mayores, a ese personaje ochentero llamado Don Pimpón.

Don Pimpón el trotamundos era el principal amigo de Espinete en Barrio Sésamo, el programa que veíamos los niños de la EGB mientras merendábamos bocadillos de Nocilla o de chorizo (o de Nocilla con chorizo, como probé yo una tarde con pésimos resultados gastronómicamente hablando). Don Pimpón era un… ¿troll? ¿perro gigante? ¿bicho? que siempre contaba batallitas de cuando estaba en la India con su amigo el majarajá de Kapurthala.

Estoy seguro de que si eres de mi quinta, te sonará ese personaje, “el majarajá de Kapurthala”, aunque sólo era nombrado por Don Pimpón como un ser lejano y nunca apareció en nuestras pantallas. Parecía un ser inventado, una utopía…

Pues bien, realmente había un reino indio llamado Kapurthala, un pequeño dominio en el Punjab, estado del noroeste de la India, y tenía en efecto una familia de soberanos, de majarajás, como los llaman allí. Cuando la India era dominio británico, los conquistadores ingleses, para no tener demasiado en contra a la población local, permitieron que siguiera habiendo majarajás con sus presuntos reinos, aunque en realidad fueran vasallos de Londres y su poder fuera más bien simbólico y pomposo. Más o menos como ahora, donde sigue habiendo majarajás en muchas partes de la India, sobre todo en Rajastán, que para eso los tiene en el nombre (creo que “rajá” es traducible como “rey”, y “majarajá” como “gran rey”).

Los majarajás de Kapurthala eran unos de los que tenían un reino más pequeño en esa India controlada por los británicos, pero sin embargo, en España el nombre de su tierra adquirió cierta fama, la suficiente como para que los guionistas de Barrio Sésamo lo tomaran prestado. ¿Por qué fue así? Pues muy sencillo: a principios del siglo XX, el majarajá de Kapurthala de esa época, llamado Jagatjit Singh, visitó España, se enamoró de una bailarina de cabaret malagueña llamada Anita Delgado, y se casó con ella, la convirtió en majaraní (reina india). Para darle un toque aún más surrealista al asunto, los cabarets donde se gestó esta historia de amor eran frecuente punto de encuentro entre escritores españoles famosos de esa época, como Ramón María del Valle Inclán o Pío Baroja, que escribieron sobre este cotilleo del corazón en los periódicos e incluso ejercieron de celestinos para lograr mediante cartas escritas por ellos que el majarajá y la artista de reparto se casaran y se fueran a la India, como así ocurrió. Esta historia genial es contada maravillosamente por el escritor Javier Moro en su novela “La Pasión India“, que no os mentiré, fue una de las lecturas que más me animó a conocer un día el subcontinente de Gandhi.

Javier Moro es sobrino de Dominique Lapierre, otro famoso escritor de temas indios.
El majarajá de Kapurthala que se casó con Anita.

Hasta aquí el prologo que os pone en situación… en mi reciente viaje a la India visité, como os decía, el Punjab, sobre todo para ver Amritsar, la ciudad sagrada de la religión sikh (los sikhs son esos indios que siempre llevan turbante y casi siempre barba, practicantes de una religión diferente al hinduismo y el islam que predominan por India y Pakistán). Estando en Amritsar, miré un mapa y descubrí que cerca de allí, a unos 50 kilómetros, estaba Kapurthala. ¡Kapurthala, la tierra del amigo de Don Pimpón que se casó con una española! No me lo pensé dos veces: tenía que visitarlo, aunque no tuviera ni idea de qué habría allí ni si sería especialmente bonito o no. Kapurthala no está en los circuitos turísticos, pero me hacía mucha ilusión conocerla.

Contraté un conductor, muy extrañado de por qué iba a Kapurthala y al que casi le rompo la ventanilla de su desvencijado coche al intentar abrirla, y nos pusimos en marcha desde Amritsar. Al acercarnos a la pequeña ciudad kapurthalense, los árboles de las cunetas comenzaron a formar un bonito túnel de ramajes, señal de que nos acercábamos a un mundo mágico (o no).

Lo primero que vi de Kapurthala, aún en las afueras de su centro urbano, fue un bonito edificio de aires europeos pero en ruinas por dentro, así que unos señores que había allí cuidándolo me dijeron que no podía entrar. No sé muy bien lo que era, creo que la casa de algún ministro del majarajá o algo así.

En Kapurthala vería muchos más edificios con arquitecturas occidentales, porque el majarajá Jagatjit viajó mucho por Europa, sobre todo por Francia, y se trajo del Viejo Continente, aparte de una cabaretera andaluza, muchas ideas para embellecer la pequeña capital de su reino.

Ese primer edificio -este comentario va dirigido sobre todo a mis parientes- a mí me dejó muy loco, porque su puerta es casi idéntica a la de la casa de mi familia en el pueblo.

La puerta de nuestros dominios señoriales pirenaicos. Del majarajá del Sobrarbe, casi podríamos decir.

Aunque mi plan de viaje en Kapurthala era más bien un difuso “ir a ver qué había”, sí que abrigaba cierta esperanza en poder ir al antiguo palacio del majarajá, para ver si había alguna exposición sobre su vida y buscar alguna mención a su esposa española. El palacio además se nombra mucho en el libro de Javier Moro, tenía aires versallescos y era muy lujoso, según contaba Anita.

Muchas familias reales indias viven del turismo, han convertido sus palacios o castillos en lugares de peregrinaje y selfies, así que no era descabellado que pudiera visitarse el de los soberanos de Kapurthala. Sin embargo, oh desolación, el antiguo palacio del majarajá kapurthalino es hoy en día una escuela para niños que, al estar gestionada por el Ejército, es zona sensible y no se puede entrar. Sólo me pude asomar por la verja del jardín y ver de lejos las paredes rosadas del edificio, pero ni lo pude visitar, ni admirarlo, ni siquiera fotografiarlo, así que os tengo que poner una imagen que tomé prestada de internet:

Cerca de allí, en zona no militar, había un pequeño edificio llamado “Jagatjit Club”, mandado construir por el majarajá, al que si pude entrar, aunque sólo fugazmente, porque otro guarda de los muchos que había en ese tipo de lugares históricos me dijo que no podía estar demasiado. Dentro del club de estilo griego clásico había una especie de polideportivo con pistas de bádminton, poco más.

Poco indias os estarán pareciendo las fotos, y es que Jagatjit, como decía antes, sembró la ciudad de edificios afrancesados. Muchos de ellos son hoy día escuelas, y básicamente no pude entrar en ninguno, en todos me ponían pegas hasta para hacerles fotos, incluso explicándoles que era del mismo país que su antigua majaraní (de la que, seamos sinceros, nadie sabía nada ni se acordaba).

Si genera un fuerte contraste ver estos edificios europeos en el Punjab indio, más todavía puede sorprender que la principal mezquita de Kapurthala, construida también por orden del majarajá Jagatjit, es una copia de la gran mezquita de Marrakesch, de hecho se llama la “Mezquita Mora” (entendiendo como “moros”, sin el actual toque despectivo que puede tener esa palabra, a los musulmanes del Magreb). En sus viajes por Europa, el noble indio se dio alguna escapada por el Marruecos entonces hispanofrancés y quedó prendado, al parecer, de la ciudad roja. Es de los pocos lugares que vi que estaban bien mantenidos y que pude visitar por dentro:

No todo era importado de tierras lejanas, también vi en Kapurthala construcciones de estilo claramente indio, aunque la pauta era similar a los vistos antes: mal conservados, muchos en ruinas, todos cerrados al público, y sin ánimo alguno de ser aprovechados. Y eso que vi algunos bastante impresionantes, como esta especie de palacete…

… que parecía servir de ayuntamiento local, o comisaría de policía, o todo a la vez. En su exterior, lo que me pareció muy curioso, había decenas de notarios sentados al aire libre y ofreciendo sus servicios leguleyos.

En un parquecito de la pequeña ciudad encontré las tumbas reales, pero una vez más, estaban cerradas al público. Podría haber saltado fácilmente el murete que las rodeaba, pero pensé que mejor no me metía en líos. Sí vi de lejos las lápidas de algunas majaranís, pero en ninguna ponía “Anita Delgado”. La historia se me escurría una vez más de los dedos.

Por lo demás, Kapurthala era una ciudad india como muchas, llena de tráfico (un poco menos que en las grandes urbes del país, lo cual era de agradecer), alegre y tumultuosa. La gente me saludaba, algunos conversaban un poco conmigo (no vi ningún otro extranjero en las horas que estuve allí, no deben estar muy acostumbrados al guiri) y más de uno insistió en que le hiciera una foto, algo a lo que accedí de buen gusto porque los indios son la gente más fotogénica del planeta.

De todas formas, Kapurthala no es para nada un rincón aislado y remoto… El chófer que me llevó allí me contó por el camino que en Punjab ese lugar no es famoso por una tal Anita Delgado, sino por ser una ciudad de emigrantes a países como Canadá, donde el punjabí es la lengua más hablada después del inglés. Consecuencia de ello, en las calles kapurthaleñas vi muchísimos anuncios de MoneyGram y Western Union (servicios con los que la gente recibe el dinero que sus parientes en el extranjero les mandan para ayudarles). También había no pocas academias de inglés, y hasta una pizzería canadiense que en sus letreros invitaba a entrar y así “conocer el verdadero sabor del Canadá” (¿?). En fin, un lugar muy ligado al exterior, como pasa, por ejemplo, en muchos sitios de Filipinas, otro país de emigrantes.

Busto de Jagatjit en una rotonda de la ciudad.

La excursión a Kapurthala fue atípica, no sólo por encontrarme casi todo cerrado e inaccesible sino porque después de comer comenzó a caer un fuerte chaparrón y me tuve que ir de allí casi que por patas. No es que me empapara demasiado de la historia de Anita Delgado, aunque ya la conozco bien por la novela, y la verdad es que lo único que quería era poder ir para aseverar algún día que había estado en el mismo lugar por el que viajó Don Pimpón.

 

P.D: Es una pena terminar el post con un párrafo triste, pero creo que conviene incluirlo: Jagatjit y Anita, que tuvieron un hijo, se divorciaron, y ella volvió a España, aunque siempre tuvo buenos recuerdos de la India y de su exmarido. Jagatjit, que como buen majarajá tuvo varias esposas a la vez, se desposó más tarde con otra occidental, una búlgara llamada Eugenia Maria Grossupova que tuvo un final de lo más terrible y literario: se quitó la vida tirándose de lo alto del Qutub Minar, un famosísimo y altísimo minarete de la capital india, Delhi.

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