Trincheras en el librecambismo

El tema del año en China, por mucho que me duela porque no es en absoluto de mis favoritos, es sin lugar a dudas la guerra comercial con Estados Unidos, en la que las dos principales potencias económicas están enzarzadas desde hace por lo menos dos meses. Esta guerra sin disparos -ojalá todas fueran así- consiste básicamente en la imposición mutua de aranceles para intentar frenar las exportaciones del oponente a su mercado. Nadie puede negar que quien ha empezado el lío ha sido Washington, por la convicción que tiene Donald Trump de que el déficit comercial que Estados Unidos sufre con China está acabando con los empleos de los estadounidenses y con su industria, y que la única manera de pararlo es limitando mucho las importaciones procedentes de la “fábrica del mundo”.

La guerra comercial ha producido un nefasto efecto en la información que hay sobre China: algunos medios en inglés, que mal que nos pese son los que dictan de lo que se habla y de lo que no, calculo que dedican entre un 60 y un 70 por ciento de sus noticias a la guerra comercial desde principios de año, reduciendo la diversidad y amenidad de las noticias procedentes de esta latitud. Y el problema es que gran parte de esas noticias de la guerra comercial -casi siempre ilustradas con fotos de contenedores portuarios, los van a oxidar de tanto usarlos- no son informaciones sino predicciones: hablan de cómo creen que va a afectar en el futuro la guerra comercial al sector agrícola estadounidense, al sector tecnológico chino, al sector textil indio, a la enseñanza de inglés en China, a los expats de un sitio en el otro, a las fábricas de anzuelos con lombriz del Paraguay, y así hasta la extenuación.

Turras aparte, no se puede negar que esta guerra comercial es algo muy importante, quizá incluso un conflicto que podría cambiar el curso de la Historia. Tal y como iban las cosas antes del enfrentamiento arancelario, China iba a superar a Estados Unidos como la principal economía mundial en cuestión de cinco o diez años (si no lo había hecho ya). Japón perdió el segundo puesto global a principios de esta década cuando fue superada por los chinos, y no ha levantado demasiada cabeza desde entonces. EEUU, hegemónico desde hace casi un siglo, se está resistiendo a esa realidad como un gato panza arriba, y los tarifazos de Trump son parte de los esfuerzos denodados de Washington por no ser superada por Pekín. El problema es que algunos observadores de ésos que hacen predicciones en los miles de noticias que hay sobre el tema señalan que los aranceles sólo acelerarán el fin de EEUU como primera potencia económica mundial… aunque también hay otros miles de noticias-predicciones que apuntan a lo contrario, y otros cientos señalan que todo quedará igual.

De todos modos Estados Unidos no debería olvidar, aunque tenga un presidente ciclotímico y partidario del enfrentamiento constante, que China es un país cuatro veces más poblado que el suyo, que en renta per cápita está a un nivel sensiblemente inferior y que no siempre la cantidad es mejor que la calidad. Por mucho que China vaya a superar a EEUU en PIB, la calidad de vida de muchos estadounidenses es mejor que la de muchos chinos, y son más los del país asiático que quieren emigrar al norteamericano que los componentes del colectivo opuesto.

Paralelamente a esta guerra comercial, hay creo yo este año cierta “guerra tecnológica” entre EEUU y China, menos abierta pero también muy importante y posiblemente con muchas consecuencias (de todos modos podríamos encuadrarla como un frente de la guerra comercial). Desde mediados de esta década, China ya tiene gigantes tecnológicos (Tencent, Baidu, Xiaomi, Alibaba) de un tamaño similar o incluso mayor que los estadounidenses (Amazon, Apple, Google, Microsoft). La tecnología es el sector dominante del siglo XXI: quien domina en ella en los mercados domina el mundo, y por eso la Unión Europea y Japón, pese a ser ricos, no están teniendo la proyección comercial internacional de EEUU, China o casi diría que Corea del Sur o Taiwán.

En esta tesitura, descubrimos que la propaganda prochina y la antichina están obsesionadas en 2018 con este asunto: los medios oficiales chinos, con Xinhua a la cabeza, dedican la mitad de sus informaciones diarias (las llamo informaciones pero no merecerían tal categoría) a lo avanzada que está China últimamente en temas como la inteligencia artificial, la robótica, los sistemas de reconocimiento facial, los big data o la conducción autónoma, por poner los ejemplos más claros. Raro es el día en que no aparecen en las noticias chinas media docena de artículillos sobre el uso de reconocimiento facial para cazar ladrones, la apertura de un nuevo centro de investigación de big data o la implantación de robots en los lugares más inesperados, desde tiendas a cines u hospitales.

Al mismo tiempo, la prensa extranjera, anglosajona sobre todo, ha iniciado una propaganda similar pero en sentido contrario, ensalzando lo supuestamente “orwelliano” de la tecnología china: que si toda la región de Xinjiang es como un capítulo de Black Mirror, que si el reconocimiento facial va a quitarle la poca libertad que les queda a los chinos, o que si el software de Huawei o ZTE en otros países tiene línea directa con el mariscal del Ejército de Liberación Popular.

No es baladí el hecho de que el Gobierno chino haya expulsado a una periodista extranjera este año, de la web Buzzfeed -no precisamente mi fuente de noticias favorita, dicho sea de paso-, por internacionalmente premiados reportajes en los que informaba pormenorizadamente del uso de alta tecnología de vigilancia para supuestamente controlar los movimientos de todas las minorías musulmanas de la región de Xinjiang. Esas críticas son, por lo que se ha visto con la reacción china, lo que ataca la línea de flotación de la nueva economía nacional, y ahí podría residir la razón de que Pekín expulsara a la reportera (aunque el régimen comunista chino nunca da razones de sus expulsiones, y aunque éstas se disfrazan de “no renovación de visado”, para que el expulsado no tenga que irse aceleradamente y tenga tiempo de liar el petate).

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