Un congreso enmascarado

Simbolizando cierto regreso a la normalidad, o cierta entrada en la «nueva normalidad», China ha celebrado en los últimos días su sesión anual del Legislativo, una cita que todos los años comienza el 5 de marzo y dura unos 10 días pero esta vez se retrasó al 22 de mayo debido al coronavirus y se acortó ligeramente para durar una semana.

La que es la principal reunión política del año tiene mucho de ritual repetitivo, no es fácil distinguir las que se celebran un año y los anteriores, pero en esta ocasión vivimos unos tiempos insólitos, así que por una vez ha habido muchos cambios. Aparte de la nueva fecha y duración que ya hemos visto, en casi todas las reuniones, incluidos los plenarios en la sala grande del Gran Palacio del Pueblo, casi todos los asistentes llevaban mascarilla, excepto los miembros del Politburó del Partido Comunista. ¿Será que la vacuna ya se ha descubierto y sólo hay para ellos?

Otra novedad por fuerza mayor fue que los periodistas que este año han cubierto el evento fueron muchos menos que en años anteriores. El Gobierno chino ha cribado mucho más, y a los que sí les dio acreditación les obligó a hacerse la prueba del COVID-19 antes del entrar en el Gran Palacio del Pueblo y permanecer en minicuarentena mientras se conocía el resultado.

Más novedades: en el primer día de asamblea es costumbre que el primer ministro chino, actualmente Li Keqiang, lea un largo discurso de una hora en el que la prensa suele fijarse únicamente en un número: la previsión de crecimiento que el régimen comunista emite para China en el año corriente. Algo muy de economías planificadas, y que la República Popular China suele situar entre el 6,5 y el 8 por ciento. Sin embargo, en esta ocasión Li optó por no fijar un objetivo, y es la primera vez desde 1990 que China no se atreve. En el primer trimestre de 2020 el país asiático experimentó su primera caída del PIB desde 1976, así que no es de extrañar.

Aparte de todo esto, la asamblea ha destacado porque en ella se ha aprobado una Ley de Seguridad para Hong Kong con la que China responde a la inestabilidad social que ese territorio ha vivido desde mediados del año pasado. La pandemia y los confinamientos dieron cierta tregua en ese conflicto, pero los hongkoneses han vuelto a protestar estos días, precisamente ante el debate de esa ley en Pekín, y nuevamente hemos visto penosos episodios de violencia tanto por parte de la policía hongkonesa como de los manifestantes más radicales. Precisamente la violencia de algunas protestas, que es innegable y condenable, ha sido la excusa usada para dictar esta ley que no sé muy bien en qué se traducirá, pero quizá acabará procesando a voces críticas de Hong Kong por delitos tales como «subversión» o «traición» similares a los que en el resto de China suelen usarse contra voces disidentes.

Esta nueva ley ha coincidido con la sorprendente decisión de Estados Unidos, o al menos a mí me ha sorprendido, de dejar de considerar a Hong Kong una región autónoma de China y por ello dejar de concederle ciertos beneficios comerciales y aduaneros que hasta ahora le reconocía. Esto puede empeorar aún más la situación económica de un Hong Kong donde precisamente la dificultad de encontrar trabajo decente y, sobre todo, una casa sin precio prohibitivo, fue lo que empujó a muchos jóvenes hongkoneses a tomar las calles el pasado año.

Vista la decisión de Donald Trump me cuesta una vez más ver que la estrategia del movimiento democrático en Hong Kong esté siendo la acertada, como creo que tampoco les salió bien la Revolución de los Paraguas de 2014. En aquel entonces, recordemos, ellos pedían sufragio universal con candidatos independientes, Pekín les ofrecía sufragio universal sin candidatos independientes, y al final acabaron sin sufragio universal.

Si a esto se le añade una ley más dura contra las protestas y el riesgo de perder el estatus de centro económico y financiero de Asia (China hace años que promociona Shanghai, mucho más fácil de controlar) vemos claramente que Hong Kong sigue cuesta abajo y sin frenos. Y la ayuda que puede conseguir de Estados Unidos, como era de esperar, a quien menos les va a ayudar es a ellos mismos.

Qué, chavales, ¿os ha gustado la manera en la que Trump os ha «liberado»? Y suerte que no está Bush hijo en la Casa Blanca, que ése aún «liberaba» peor…

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