Un olvidado desastre con 230.000 muertos

Siendo el país más poblado del mundo y uno de los más grandes, hasta la estadística condenaba a China, desde el principio de los tiempos, a ser uno de los países más golpeados por los desastres naturales. Los peores terremotos de la Historia, las peores inundaciones y las peores hambrunas ocurrieron aquí, algunos de ellos hace no tanto tiempo, en el pasado siglo XX.

Muchos conocen, por ejemplo, el terremoto de Tangshan, el peor del siglo pasado, en el que murieron 240.000 personas, ocurrido en verano de 1976 (pocos días antes de que yo naciera, si se me permite este inútil dato autobiográfico).

Lo que muchos no saben, ni siquiera en China, es que un año antes del archifamoso terremoto de Tangshan ocurrió no muy lejos de allí un desastre que causó casi el mismo número de fallecidos: me refiero al supertifón Nina, que afectó a zonas del norte del país poco acostumbradas a estas tormentas tropicales, derrumbó nada menos que 62 presas, y causó alrededor de 230.000 fallecidos. Sin embargo, muy pocos chinos saben algo de este tema. ¿Por qué?

En 1975 China aún se encontraba en plena Revolución Cultural, y si bien los años más salvajes de este experimento desastroso de Mao ya habían terminado, el país aún se encontraba en momentos de aislamiento internacional, censura total interna y grandes dificultades económicas. Por hacer comparaciones, la situación no debía ser muy diferente a la que hoy en día atraviesa la vecina Corea del Norte.

A esa China llegó, en el mes de agosto, el tifón Nina, uno de los muchos que azotan el país cada verano, y que ya había causado estragos en Taiwán, donde habían muerto una veintena de personas. Sin embargo, el tifón no fue especialmente dañino en la costa china, la zona del país donde estos tifones del océano Pacífico son aún potentes, sino cuando entró en el interior chino, chocó con un frente frío y se convirtió en lluvias torrenciales nunca antes vistas (hubo más de mil tormentas en los primeros días de ese mes, según cuentan).

La provincia central china de Henan, donde los tifones rara vez causan problemas, fue la principal receptora de estas lluvias. En algunas zonas llovió en un día toda el agua que había caído otras veces durante un año entero, más de 1.000 milímetros diarios (cuando en un año normal se pueden recibir en la zona 800 milímetros).

La situación se volvió especialmente complicada en la cuenca del río Huai, una corriente históricamente muy complicada. El Huai, situado entre el Yangtsé y el Amarillo, es un río indomable, que durante siglos se ha desbordado miles de veces, ha cambiado de curso decenas, y es tan intratable que ha habido épocas que ha desembocado en el mar, otras en que ha sido afluente del Amarillo, y otras (como en la actualidad) en el que ha alimentado al Yangtsé. El río tenía tan mala fama que Mao Zedong, en sus primeros años de gobierno, hacia los años 50, ordenó la construcción de decenas de diques para intentar controlar sus a menudo incontrolables aguas y las de sus afluentes.

Estos diques estaban construidos con los pocos medios de la China de aquel entonces: con materiales de mala calidad, poco pensados para durar varias décadas, y edificados sin considerar la posibilidad de que hubiera enormes lluvias como la de 1975, que en una zona como Henan pueden sufrirse sólo una vez cada 2.000 años. Como resultado de ello, el 8 de agosto (esta vez el supuesto día de suerte de la numerología oriental no cumplió su cometido) uno de los principales diques, el de Banqiao (en el pequeño río Ru, afluente del Huai) se rompió causando una gran inundación torrencial que se cobró la vida de unas 100.000 personas, sobre todo en la vecina ciudad de Zhumadian.

Fue un tsunami fluvial que, con olas de hasta 10 metros de altura y velocidades de unos 50 kilómetros por hora, derribó otras 61 presas y cinco millones de casas. Después, en semanas siguientes, otras 130.000 personas fallecerían por enfermedades y hambrunas derivadas de las inundaciones (el desastre causó la muerte de un millón de cabezas de ganado).

El hecho de que el desastre se produjera en los años de mayor aislamiento de China, y que en parte fuera culpa de la pobre construcción de diques, hizo que la catástrofe de Banqiao fuera casi totalmente silenciada. Hasta 1990 no se reconoció oficialmente su existencia oficial, hasta 2005 no se desclasificó la cifra de fallecidos, y aún hoy apenas se recuerda en los medios, en aniversarios conmemorativos o en libros de Historia. Muchos libros en China ocultan la cifra real de víctimas, «olvidándose un cero» y dejándola en unas 23.000. Un monumento conmemorativo en la zona habla simplemente de «miles de víctimas», sin especificar más.

Muchos otros errores previos al desastre se produjeron, lo que quizá influyó en el «olvido» al que fue condenada la catástrofe. En los días anteriores a la rotura del dique se pidió a las autoridades que abrieran parcialmente la presa para liberar algo la presión del agua, pero se hizo caso omiso, pensando que aguantaría y que esas liberaciones parciales ya causarían inundaciones. Un telegrama que definitivamente daba la orden de abrir la presa se perdió por el camino. Además, las evacuaciones se calcularon mal, pues el área que finalmente se inundó fue mucho mayor de la estimada.

El desastre de Banqiao, al menos, mandó un aviso al Gobierno de China sobre la existencia de cientos de presas y diques en el país que, lejos de proteger a la población de las perennes crecidas de los grandes ríos del territorio, la colocaban en aún mayor peligro. Aún hoy, después de que muchas de estas infraestructuras se hayan reforzado o reconstruido, se calcula que 30.000 de los 84.000 diques y presas construidos entre 1949 y 1999 en China no son seguros.

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